El espíritu del fútbol está en jaque

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Entrenadores y futbolistas tienen su parte correspondiente, por lo que dicen fuera de la cancha y lo que hacen dentro
Entrenadores y futbolistas tienen su parte correspondiente, por lo que dicen fuera de la cancha y lo que hacen dentro Fuente: AFP - Crédito: Andre Penner
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1 de septiembre de 2018  • 23:59

El fútbol sudamericano vivió un par de semanas difíciles, turbulentas en los despachos y en los estadios, preocupantes si se extiende la mirada a largo plazo. Y sin embargo, aunque suene paradójico, también esperanzadoras si logramos capitalizar lo sucedido para iniciar cambios profundos e imprescindibles, en todos los niveles y en todas aquellas personas que, de uno u otro modo, formamos parte de este mundo. Porque lo que está en juego es nada menos que el espíritu del fútbol.

Llevamos demasiado tiempo escuchando mensajes perniciosos y confusos -"No me importa cómo jugamos, lo que quiero es ganar", por ejemplo-, instalados con el objetivo de dividir a la gente en exitosa y no exitosa, en triunfadores y perdedores. Cuando a esto se le añaden partidos que se definen 3-0 en un escritorio la cuestión empieza a tornarse peligrosa.

Al menos entre nosotros, el fútbol es un bien social que debería hacernos felices. Pero para que eso sea posible necesitamos dignificarlo, y es una tarea que nos compete a todos, porque todos -dirigentes, técnicos, jugadores, periodistas, hinchas-, en mayor o menor medida colaboramos para empujarlo al lugar donde se encuentra.

Hechos como los ocurridos en estos días, con resultados que cambian en los despachos, decisiones discutibles e incidentes en los estadios no son nada novedosos, pero ahora resultan mucho más visibles, y los errores exponen de manera brutal a quienes los cometen.

Quiero ser concreto: si un futbolista está inhabilitado y juega, su club está sacando una ventaja y eso está mal hoy, mañana y dentro de cuatro semanas. Por supuesto que habrá que preguntarse por qué llegó a jugar. Ahí entran las responsabilidades del propio protagonista -nadie se olvida de una expulsión, porque es uno de esos momentos de tu carrera que te quedan marcados como experiencia dura y como aprendizaje-; del club que no averiguó a fondo los antecedentes del jugador que acaba de incorporar, y desde ya, del organismo encargado de cuidar y comunicar con eficacia que este tipo de situaciones no ocurran. Pero la solución del problema debe ser obsesivamente rigurosa, coherente y tratar a todos por igual.

El fútbol necesita reglas que no puedan interpretarse de dos o tres maneras diversas, de acuerdo a la conveniencia del momento, porque se corre el riesgo de beneficiar a una parte, por lo general la más poderosa, y se afecta a uno de los ejes que mueve la maquinaria: la pureza amateur de creer que en este juego cualquiera puede ganarle a su rival. Personalmente considero que esta pureza siempre va a existir, pero no podemos permitir que se la ponga en duda porque es una manera de habilitar al hincha -que es quien sostiene el fútbol incluso como negocio- a indignarse y adquirir un comportamiento acorde a lo que sucede. A ver fantasmas, a desconfiar, a perder de vista el gusto por el juego...

Todos tenemos que cambiar y hacer autocrítica desde el sitio que ocupamos. Los dirigentes que ocupan la cima de la pirámide actuando como tales y no como hinchas, entendiendo que la formación y la educación también forman parte de sus obligaciones. No se le puede dar carácter institucional a mensajes que, dentro de ciertos límites, pertenecen al ámbito de la calle. Ocurre algo semejante con los periodistas, porque también participan de esa tarea formativa y deberían opinar con responsabilidad y sin ninguna camiseta puesta, viendo el fútbol en modo "macro" y no hablando de su club en primera persona.

Entrenadores y futbolistas tienen su parte correspondiente. Por lo que dicen fuera de la cancha y lo que hacen dentro. Yo también como jugador me dejé llevar alguna vez por las influencias y perdí el control en el transcurso de un partido, pero es necesario esforzarse por impedir que eso suceda. Y por supuesto, los organismos que rigen a todos los demás, como la FIFA o la Conmebol, que deben ser los primeros en elevar la vara, tener reglas claras, ser transparentes y evitar cualquier suspicacia.

El fútbol, en todo caso, no es un ente abstracto que flota en el aire. El fútbol son personas. Elegir a las más idóneas para tomar decisiones en cada ámbito es también una de las principales tareas pendientes.

Ojalá que lo vivido en estos últimos días sirva para reflexionar y empezar, todos, a trabajar en ese sentido. El camino contrario no ofrece ninguna salida.

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