(Des)encanto: un viaje paródico a la Edad Media con el sello del padre de Los Simpson

Beansie, la princesa que quería beber
5 de septiembre de 2018  • 00:15

(Des)encanto (Disenchantment; EE.UU. / 2018). Serie animada creada por Matt Groening y Josh Weinstein. Edición: Chris Vallance, Jonathan Polk, Paul Calder. Dirección artística: Marliyn Frandsen. Música: Mark Mothersbaugh. Voces: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John DiMaggio, Tress MacNeille, Jeny Batten. Dirección: Wesley Archer y Frank Marino. Disponible en Netflix. Nuestra opinión: buena.

Después del presente eterno de Los Simpson y las imágenes anticipatorias que proponía Futurama, Matt Groening lleva su persistente viaje paródico al pasado. Como se sugiere desde un título quizá demasiado explícito, Disenchantment - (Des)encanto- se propone como una deconstrucción de un universo amplio que no se agota en la puesta en escena de una serie de peripecias medievales ambientadas en el reino de Dreamland. Otra palabra bien explícita.

Aunque la estética elegida para la narración nunca se aleja de los escenarios prototípicos de la Edad Media, la trama recorre un rango histórico un poco más amplio con alusiones a leyendas de la Antigüedad y menciones a todo tipo de relatos fantásticos. Todas ellas adquieren sentido pleno cuando atraviesan el tamiz de la mirada contemporánea de su autor, algo tan habitual en Groening como la costumbre de rematar cada acción con algún chiste satírico planteado en clave visual.

La puesta en escena es atractiva. Hay una deliberada intención de marcar el contraste en cada escena entre un fondo que se mantiene fijo y un primer plano de movimientos constantes y variaciones permanentes en la acción. La protagonista, una princesa de 19 años rebelde, decidida y con debilidad por el juego y la bebida llamada Bean, tiene la clásica fisonomía de los personajes de Groening.

Trailer de (Des)encanto - Fuente: YouTube

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En Bean queda representada la característica imagen de los personajes prototípicos de Groening, siempre dispuestos a patear un tablero que los demás se empecinan con sus comportamientos poco edificantes a mantener inalterable. Pero a diferencia de Los Simpson, aquí las acciones y los choques entre personalidades diferentes se desarrollan sin ese genuino espíritu revulsivo que le podría dar a este ejercicio irónico la eficacia buscada.

Tal vez Groening y su socio en esta aventura, Josh Weinstein, eligieron tomarse su tiempo y darle prioridad en los primeros episodios a la construcción de los personajes centrales y sus relaciones (siempre movedizas entre la alianza táctica, el cálculo y la traición), lo que obliga al televidente a seguir con atención la continuidad de los episodios. Cada episodio nuevo remite directamente al anterior.

Así las cosas, los personajes se reiteran en la definición de sus respectivas identidades, debilitando los momentos más definitorios y de pura acción. De todas maneras, a Groening y a su equipo les sobra ingenio para sorprendernos siempre con algún giro inesperado y dibujar de un modo divertido y siempre original la curiosa relación entre Bean y sus compinches más cercanos: un elfo descarriado y un bicharraco con aspiraciones demoníacas.

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