Un default falso y un ajuste verdadero

2 de septiembre de 2018  

Los que vieron a Mauricio Macri en las últimas horas escucharon cierta autocrítica sobre la historia de su gobierno. El Presidente acaba de terminar su semana más difícil desde que está al frente del Estado. Deslizó que cuando llegó se entusiasmó con el crédito internacional que le permitía una política demasiado gradual en la reducción del monumental gasto público que heredó.

Quizá la cosas habrían sido de otro modo si la crisis de estos días hubiera sucedido en enero de 2016. No habría ninguna duda de que el legado de Cristina Kirchner fue mucho peor que lo que escribió en sus prolijos cuadernos un remisero obsesionado. El gradualismo funcionó mientras no hubo sorpresas en el mundo. El macrismo confió en ese mundo sin sorpresas. Un funcionario sincero lo explicó de esta manera: "Hicimos con el déficit kirchnerismo con buenos modales". El mundo cambió con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Ahora Macri debe hacer, en el año que le queda de mandato, lo que no hizo en los tres años anteriores.

No sería justo ignorar los efectos de la crisis internacional. Ninguna empresa latinoamericana consiguió un dólar de crédito en los últimos cinco meses. Si se leen los diarios internacionales, todos ellos hablan de la crisis que afecta a las economías emergentes. Desde Rusia hasta Brasil, pasando por Sudáfrica, Turquía y, desde ya, la Argentina. El país tuvo un espacio propio en la prensa extranjera solo el viernes pasado, después del jueves negro que llevó el dólar a casi 41 pesos. El país no tiene más crédito que el que le da el Fondo Monetario. Los mercados se cerraron a cal y canto para la Argentina. Influye su crítica situación macroeconómica (indomables déficits fiscal y de cuenta corriente), pero también algunos datos políticos. Detrás de Macri no hay nada o, lo que es peor, está el pasado de la década kirchnerista. No todo el peronismo es kirchnerista (y hay peronistas serios), pero eso no pesa en el trazo grueso de los mercados internacionales. Christine Lagarde se lo dijo al propio Macri cuando este le requirió su opinión sobre las razones del elevado nivel del riesgo país de la Argentina. "Su país declaró un default hace 16 años. Es poco tiempo para el mundo", le respondió, implacable. Lo que no dijo Lagarde es que aquel default se anunció en medio de una increíble fiesta política, y que luego el gobierno de los Kirchner se ufanó de haberles sacado el 70 por ciento del capital a los acreedores.

La política de déficit cercano a cero que el Gobierno anunciará mañana es una decisión política muy arriesgada. Puede tener consecuencias electorales, pero ya no quedan atajos si se quieren reabrir los créditos para las empresas privadas. Si el Fondo se compromete a respaldar el cumplimiento de los vencimientos de deuda hasta diciembre de 2019, el gobierno no necesitará dinero adicional. Es probable, entonces, que los mercados reanuden los créditos a las compañías privadas.

De todos modos, el severo ajuste por venir se hará más por los ingresos que por los gastos. Subirán impuestos a las empresas, tanto industriales como agropecuarias, en un país que ya tiene una presión impositiva enorme, casi incomparable en el mundo. Será otra ruptura de las reglas del juego. Pero la opción que tiene es peor: el gasto social consume más del 70 por ciento del presupuesto nacional. ¿Está en condiciones, acaso, de bajar ese gasto después de la ordalía de violencia que hubo en diciembre pasado por un leve retoque a los aumentos de los jubilados? ¿Podría hacerlo en un país con un tercio de su población bajo la línea de la pobreza, en la etapa inicial de una recesión de duración incierta y con un satelital nivel de inflación?

Habrá también recortes importantes en los gastos del gobierno nacional y de las provincias. Rogelio Frigerio está negociando con el peronismo responsable tener acordado un presupuesto casi sin déficit el 15 de septiembre, quince días antes del plazo para presentarlo ante el Congreso. Ese presupuesto deberá ingresar al Congreso arropado por un acuerdo previo con cierto peronismo, porque se propone tenerlo aprobado a mediados de noviembre, un mes y medio antes de la fecha habitual de su sanción. Al final, y aunque le cueste, Macri aceptó que hay que negociar con los que tiene enfrente y no con los que él quisiera. Franjas importantes del peronismo aceptaron, a su vez, que deben hacerse cargo de lo que ese partido hizo en el gobierno. No importa si fueron kirchneristas o no. Los dos Kirchner asumieron aupados por todo el peronismo.

El supuesto default es una patraña de sus opositores o una frivolidad de sus amigos (o examigos). No hay ninguna posibilidad de que eso ocurra. El default de 2001 empezó cuando el Fondo Monetario le negó a De la Rúa un desembolso de 2000 millones de dólares. La mayoría de las empresas argentinas estaba en deuda y los bancos tenían depósitos en dólares que no existían. Ahora, el Fondo acordó adelantarle todos los dólares necesarios para que el Gobierno cumpla con sus compromisos financieros hasta 2020. Las empresas no tienen deudas y los bancos son entidades solventes. ¿Dónde está el parecido entre ambas situaciones? El Presidente cometió un error cuando distribuyó por YouTube un mensaje anticipando un acuerdo con el Fondo que todavía no se había firmado. Los argentinos deberían dejar de reinventar lo que ya está inventado. Todos los gobernantes del mundo (Trump, Macron, Merkel o May, por ejemplo) se paran frente a un atril para contarles a los periodistas las cosas importantes de sus administraciones. Las redes sociales son una herramienta alternativa, pero nunca la primera. Ese video le costó a Macri, incluso, un momento tenso en la conversación con Christine Lagarde, porque esta le reclamó que hiciera público lo que todavía no estaba definitivamente cerrado. Fue un debate entre la seriedad de Lagarde y la ansiedad de Macri.

El peronismo que odia a Macri (por razones personales o ideológicas) aprovechó también ese video para anunciar que el país estaba en default. No era cierto. Otro peronismo, que podría caer en las investigaciones por la causa de los cuadernos, agita el fantasma del estallido social. El Gobierno sigue las versiones, pero no tiene nada comprobado. Y el cristinismo residual maniobró el viernes en las redes sociales para provocar una corrida bancaria. No logró nada. Si el peronismo puede hacer todo eso en las redes sociales, ¿dónde están los famosos trolls que supuestamente controla Marcos Peña?

Peña se irá del Gobierno cuando se vaya Macri. Cualquier otra especulación es un error. Peña es un politólogo. ¿Qué responsabilidad personal tendría en una crisis económica? Ni siquiera la estabilidad de Nicolás Dujovne está en discusión por ahora. La renuncia de Peña es un rumor que agitan las viudas del macrismo; los exfuncionarios que se fueron y que culpan al jefe de Gabinete de sus despidos. También se excitan con esa versión los que trabajan para debilitar a Macri. ¿Qué mayor síntoma de debilidad daría el Presidente si dejara ir al funcionario en el que más confía, la principal cabeza de su proyecto político? Macri nunca imaginó un gobierno sin Peña.

Los empresarios se quejarán. El próximo martes le pedirán en la Unión Industrial reglas del juego estables y un protocolo de transparencia que deje atrás las prácticas corruptas. Los empresarios, o algunos de ellos, necesitan sacarse ese sayo de encima. También es cierto que los exportadores, sean agropecuarios o industriales, tendrán mayores ingresos con el nuevo nivel del dólar, si es que el dólar se estabiliza. Un dólar espasmódico no le conviene a nadie. Muchos menos a una sociedad que quiere creer desesperadamente que el futuro será como era.

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