Los comedores en el conurbano empezaron a recibir no solo niños sino a familias enteras

En el comedor Angelitos de Pie, de Villa Inflamable, la demanda de las familias se multiplicó en los últimos meses
En el comedor Angelitos de Pie, de Villa Inflamable, la demanda de las familias se multiplicó en los últimos meses Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez
La nueva postal se refleja en las últimas semanas, advierten Barrios de Pie y otras organizaciones
Marcelo Veneranda
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2 de septiembre de 2018  

El primer golpe en la puerta de chapa no tarda en llegar. El olor a frito de las sartenes de pollo y papas y el humo de la leña ardiendo confirman lo que todos saben en este rincón de la Villa Inflamable, en Dock Sud: que es mediodía y ya está listo el almuerzo en el comedor "Angelitos de Pie". Que más vale apurarse.

En cuestión de minutos, la puerta de chapa repiquetea y más de 30 chicos se desparraman en dos mesones. Uno, bajo techo. El otro, bajo los nubarrones que amenazan. El humo de los fogones lo cubre todo.

No están solos: en el último mes, los grupos de tres, cuatro o cinco hermanitos empezaron a llegar de la mano de sus padres y abuelos. El comedor, que nació como un meredero y luego ofreció un almuerzo a la semana, ahora funciona de lunes a sábados. La situación se replica en todo el conurbano bonaerense: no hay mejor indicador de la crisis.

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"Empezamos con la copa de leche, la merienda, pero los chicos se quedaban al lado de la puerta hasta el mediodía, a ver si les podíamos dar algo para comer. Así que una vecina puso la olla, otra los platos, la leña y así convertimos esto en un comedor", recuerdan Claribel Barral (47) y Yessica Amaya (23).

"Doña Claribel", como la llaman los chicos, llegó hace siete años de Perú a la Inflamable, la villa tóxica que se levanta en medio del Polo Petroquímico Dock Sud. Yessica llegó hace seis meses. El comedor que levantaron porque "les venían a golpear la puerta" es uno de los 25 centros que tiene en Avellaneda la organización Barrios de Pie, brazo territorial de Libres del Sur.

Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez

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Se convirtió en un trabajo de tiempo completo. La mañana, para prepara la comida. La tarde, para peregrinar en busca de donaciones. Los domingos, para buscar leña. "Ahora, por ejemplo, tenemos que salir a pedir porque no hay nada para el lunes. El sábado es un buen día para las verdulerías: tiran cosas que todavía están buenas", dice Yessica. Golpeando puertas llegaron hasta la pollería de Juan Porta, en Mataderos. A 16 kilómetros. Porta se convirtió en el padrino del comedor.

Igual siguen peregrinando porque nunca alcanza. Del Municipio que comanda el kirchnerista Jorge Ferraresi, reciben, una vez por semana, cuatro pollos, tres kilos de papas y zanahorias y cinco de naranjas y manzanas. El Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que conduce Carolina Stanley , envía, una vez al mes, alimentos secos. Duran horas. Todo lo demás se colecta.

"Empezamos con 40 chicos y este mes llegamos a 70, más los padres y abuelos", cuenta Lorena, una de las coordinadoras de Barrios de Pie. Creció en la Inflamable pero se fue hace ocho años, cuando no aguantó más las secuelas en su familia de los metales pesados y restos de petróleo que fluyen por las napas.

Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez

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Según el Icepsi, el instituto de investigación que depende de Libres del Sur, el índice de malnutrición alcanza al 45,7% de los niños de entre 6 y 10 años del conurbano. Son valores similares a los de 2014 y 2015. Lo que cambió es la cantidad de gente que llega a los comedores: la muestra pasó de 13.654 niños y adolescentes en 2017 a 23.168 este año. "Ese es el punto: cada vez llega más gente que hasta hace poco tenía trabajo o le alcanzaba para comer", dice Jorge Ceballos, de Libres del Sur.

En los Angelitos, la puerta de chapa sigue repiqueteando.

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