Periodismo

4 de septiembre de 2018  

La entrevista es un ajedrez arduo. Esa dificultad se acrecienta cuando se trata de conversaciones en torno de la política. Los manuales del oficio enseñan que debe encontrarse el necesario equilibrio para ser punzante a la hora de indagar a los funcionarios, sin soltar la presa, aunque guardando siempre las buenas formas y el respeto. No es tan fácil que ocurra: con excesiva frecuencia se cede a la complacencia o a la ferocidad. Sabemos de qué hablamos. Por fortuna, también hay casos en los que, no importa qué lectura ideológica se haga de los hechos, es un placer escuchar una entrevista en su punto exacto de tensión.

Un muy buen ejemplo sucedió esta misma semana, durante la gira de tres días que realizó por África la primera ministra británica Theresa May. En una entrevista televisiva, a solas, el periodista Michael Crick, de Channel Four, quiso saber qué había hecho personalmente la premier del Partido Conservador para contribuir con la liberación de Nelson Mandela durante el gobierno de Margaret Thatcher. May se defendió señalando que en todo caso lo importante era lo que había hecho Gran Bretaña. Crick insistió, atacó, raspó. Lo hace con indeclinable elegancia: un lord.

Es el triunfo del periodismo.

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