Trabajar y aprender

Diana Fernández Irusta
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4 de septiembre de 2018  

Viernes por la noche. Hizo frío el viernes pasado en Buenos Aires. El aire entumecía, la ciudad latía exhausta. La semana había sido agotadora, y ni falta hace explicar por qué.

Pero hete aquí que en esa noche destemplada, al cabo de días extenuantes, un grupo de personas se reunía, en el Centro Cultural Recoleta, para sumergirse durante dos horas en una película de esas que no lo piden todo aunque pareciera que sí: una película que -lo sabían quienes iban a verla- demandaría concentración, disponibilidad de tiempo, suspensión de la conexión con otra cosa que no fueran las imágenes que, a su ritmo, se proyectaban sobre la pantalla. Mucho, para la era de la dispersión vía teléfono celular y la adrenalina vía eficacia narrativa de las series. Ahí estaba, de todos modos: un grupo de personas asistiendo al cierre del ciclo de películas del realizador norteamericano James Benning organizado por el Departamento de Cine de la UTDT. Porque el circuito de la cultura tiene esas cosas, y esos curiosos y ese gusto por lo que puede ser experiencia, o rito, o búsqueda, o simple, gratuito y a veces enigmático disfrute.

Benning tiene algo de mito entre quienes frecuentan el llamado cine experimental. Sus películas invitan a experiencias inmersivas en un sentido fuerte: cámara fija, planos largos, ninguna peripecia o esquema narrativo habitual. Puro registro del entorno natural -a veces, también humano- y un gesto que a algunos nos recuerda ciertas sentencias de Jean-Luc Godard. Como aquello de que "Una imagen/ no es fuerte/ porque es brutal o fantástica/ sino porque la asociación/ de las ideas es lejana/ lejana y justa", que el francés escribió en el poema-ensayo "JLG/JLG Autorretrato de diciembre".

Tuve la oportunidad de hablar con James Benning hace un tiempo y me sorprendió la cercanía de su estilo, lo cálido de su palabra y sus gestos. Antes de dedicarse al cine, este director de 75 años estudió matemática. Y algo de la "belleza y abstracción" -como él lo definió- del universo de los números subyace en sus películas. Les otorga ese juego, el de la "asociación de ideas lejana y justa" que tanto ha reivindicado Godard.

El film que un grupo de personas se reunió a ver el viernes pasado en la Capilla del Centro Cultural Recoleta se llama Ruhr. Fue realizado en 2009, y significó dos primeras veces para un director que ya tenía un considerable camino recorrido. Fue su primera realización digital (nada menor, en un cineasta devoto de la textura y materialidad del fílmico) y, también, la primera vez que filmaba fuera de los Estados Unidos.

Ruhr fue realizada en la región alemana que lleva ese nombre: territorio industrial, con historia ligada a la explotación del carbón, cuenca minera. Difícil no pensar en todas esas capas de sentido al mirar la película. Difícil, también, no recordar que Benning nació en el seno de una familia de migrantes de origen alemán. Raíces humildes. Un origen que seguramente se le habrá hecho presente cuando miró, con el ojo de la cámara, el paisaje obrero del Ruhr. "En mi casa no había ni arte ni libros -rememoró alguna vez quien hoy es docente universitario y referencia del más sofisticado circuito del cine-. Pero debo decir que crecí en medio de un enorme amor, ellos me dieron una enorme confianza en mí mismo".

En Ruhr, como en ninguna de sus otras películas, no hay alegorías ni metáforas fáciles. Sí hay algo así como la voluntad de captar una sustancia, las huellas de un lugar, de quienes lo habitan, y la época que los atraviesa. A través de detalles más o menos laterales, Benning fue encontrando, hace unos diez años, el rostro del paisaje industrial -o lo que queda de él- en el siglo XXI. Suerte de meditación con concepto, la película invita a ver lo que la rutina oscurece. "Trabajo duro y aprendizaje": de eso, aseguró en una entrevista, se trata su cine. De eso, quizás, se trate casi todo.

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