Griezmann y Messi, esos perdedores que se caen del planeta

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
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3 de septiembre de 2018  • 23:59

Los tribunales de premiación se habían olvidado de los futbolistas argentinos. El país, desplazado del eje, desacreditaba las conquistas ajenas como todo perdedor resentido. Consuelo pobre, al menos en 1999 Gabriel Batistuta había quedado cuarto en la elección del Balón de Oro, detrás de Rivaldo, Beckham y Schevchenko. En aquellos años de consagraciones de Figo, Michael Owen, Nedved, Ronaldo y Ronaldinho, los mejorcitos criollos, alternativamente, fueron Redondo, Crespo, Verón, el 'Piojo' López, Aimar, Saviola, Roberto Ayala, Riquelme. aunque ninguno figuró jamás ni entre los diez primeros. Hasta 2006. Cannavaro se alzó con el Balón, pero con poco más de una temporada en Barcelona se anotaba un tal Lionel Messi en la 20° posición, con un voto. El elegido había llegado. El rosarino quedó tercero en 2007, segundo en 2008, escaló a la cima en 2009 y luego reinó en otras cuatro galas.

Por primera vez en 12 años no estará en la terna final. Ganó la Liga de España, la Copa del Rey, la Supercopa española, se llevó el Botín de Oro europeo y fue el máximo asistidor del continente. Si se trata de un premio individual, es incomprensible su ausencia. Una distinción que se denomina The best y no incluye entre sus candidatos a Messi huele a ofensa. Pero ser el mejor futbolista del planeta no transforma automáticamente a Messi en el rey de cada temporada. Muchos podrán argumentar que es imprescindible ganar. El Mundial, la Champions League..., cuentas pendientes de Messi en el ejercido 2017/18. Entonces, ¿por qué figura el egipcio Mohamed Salah? Y se enciende el debate. MVP de la Premier League, mejor futbolista africano y finalista con Liverpool de la Champions suponen insuficientes pergaminos. No ganó nada, para los devotos de las controversias vacías. La polémica Messi-Salah, en realidad, es la discusión preliminar para el combate de fondo. El disparate principal: la omisión de Antoine Griezmann.

El francés ganó el Mundial, la Europa League y la Supercopa de Europa. MVP en la final del mundo, el partido más trascendente del año; botín de plata y balón de bronce en Rusia 2018. MVP de la final de la Europa League, autor de dos tantos para Atlético de Madrid ante Marsella. Desbordan los méritos. La injusticia estalla a la vista con la inclusión del croata Zlatko Dalic entre los entrenadores más destacados, junto con Zinedine Zidane y Didier Deschamps. Solo el subcampeonato del mundo sostiene a Dalic, pero lo que encumbró al director técnico no catapultó a Griezmann. Una insolente inconsistencia.

Si la UEFA entendió la semana pasada que los mejores de su continente eran Modric, Cristiano Ronaldo y Salah, y decidió premiar al croata, puede entenderse que la conquista de la Champions fue un valor determinante. Y desatendió a Griezmann, por más que haya obtenido la Europa League, la hermanita menor, con goles desde los 16avos de final hasta el duelo decisivo. Pero la FIFA acaba de repetir la terna. Extraño, porque desconoció su certamen insignia. Nunca había ocurrido que en un año mundialista, entre los postulantes no figure ni un campeón del planeta-fútbol. No solo Griezmann, ni siquiera Mbappé (28 goles y cinco títulos, una buena cosecha). En 2014 estuvo el alemán Neuer; en 2010, los españoles Iniesta y Xavi; en 2006, los italianos Cannavaro y Buffon; en 2002, los brasileños Ronaldo y Roberto Carlos, y en 1998, el francés Zinedine Zidane. Antes de 1995, solo los europeos podían aspiran a la distinción, por eso, por ejemplo, en 1994 el elegido resultó el búlgaro Hristo Stoichkov, aunque el monarca del globo era Brasil, con Romario-Bebeto.

Si el premio respondiese a la magia individual, nunca podría faltar Messi. Si el premio solo obedeciera a la cosecha de títulos, Griezmann tendría que estar atornillado entre los candidatos 2018. Y si el premio evaluase la influencia que el nominado ejerce en sus equipos -indiscutibles Cristiano Ronaldo y Modric en ese ítem-, Griezmann es un as al servicio de expresiones colectivas como Francia y Atlético de Madrid. Entonces, su ausencia se vuelve directamente temeraria. Hasta disimular la herejía de olvidarse de Lionel Messi.

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