Medidas excepcionales para salvar al gobierno

Joaquín Morales Solá
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4 de septiembre de 2018  

Fue un lunes ingrato. Hizo lo que trató de no hacer durante dos años y medio. La dimensión de la crisis, la incertidumbre sobre la reacción de los mercados y la necesidad política de no seguir actuando a la defensiva explican lo que sucedió tras el febril fin de semana. Dicho de otra manera: Mauricio Macri debió recurrir a medidas excepcionales para salvar su gobierno y eventualmente (eso se verá mucho después) su reelección.

La reducción de los impuestos a las exportaciones no fue solo una promesa electoral; él cree sinceramente que en las exportaciones está el futuro serio y seguro del país. Debió, en cambio, subir o reinstalar esos impuestos. No ignoraba tampoco la dura reacción discursiva contra esas decisiones que vendrían de empresarios y productores rurales; estos últimos constituyen la base electoral más fiel que tiene. Pero debió elegir entre soportar esos discursos o enfrentar un huracán de protestas callejeras, si los recortes se hacían en el gasto social. Eligió lo primero.

Con Mario Quintana y Gustavo Lopetegui se fue el gobierno de los CEO, que el Presidente había imaginado para salir de la eterna y derrotada fórmula de la política. A ellos lo une, además, una estrecha amistad. Intentar remontar cinco meses en los que estuvo dentro de la vorágine de una licuadora, como él mismo dice, lo obligó a cambiar sus políticas verdaderas y a desprenderse de amigos muy cercanos.

También dijo que no. Se lo dijo sobre todo a los máximos dirigentes del radicalismo, que llevaron tres nombres para integrar un gabinete de Macri: Ernesto Sanz, Alfonso Prat-Gay y Martín Lousteau. Nadie sabe si Prat-Gay y Lousteau fueron realmente consultados por los radicales antes de exponer sus nombres. Pero lo cierto es que los funcionarios de Macri les preguntaron a los radicales qué darían a cambio de semejante desembarco en el gobierno nacional. No hubo respuesta. Sanz anticipó, a su vez, que solo aceptaría el Ministerio del Interior. ¿Estaba, acaso, pidiendo la renuncia de Rogelio Frigerio? No. Propusieron que Frigerio fuera designado en lugar de Nicolás Dujovne en el Ministerio de Hacienda y Finanzas. Pedían, entonces, la renuncia de Dujovne.

La propuesta radical tenía cierto desorden político e intelectual. Dujovne es el negociador argentino ante el FMI y uno de los dos firmantes del acuerdo vigente. El otro, Federico Sturzenegger, ya no está en el Banco Central. Desde el viernes se sabía que Dujovne viajaría a Washington para negociar una sustancial modificación del acuerdo original con el Fondo. ¿Para qué cambiarlo en momentos tan cruciales? ¿Qué sentido tenía? Frigerio es, por su parte, el arquitecto de un acuerdo en construcción con el peronismo para aprobar el presupuesto de 2019. Ese acuerdo debería estar terminado dentro de quince días. Nada es más importante para el Gobierno que tener ese presupuesto previamente acordado con una franja importante del peronismo antes de que ingrese al Congreso. ¿Qué hubiera justificado que se cambiara sin razón al principal negociador? Nada. Una propuesta típica de los radicales: ocupar cargos sin una certeza clara de lo que se quiere. Sanz en Interior y Prat-Gay en la Cancillería hubieran significado un crecimiento importante del radicalismo en la administración de Macri. El problema con que tropezaron es que Macri no es un presidente dispuesto a entregar fácilmente amplias porciones de su poder.

Había un escollo adicional en el caso de Prat-Gay. Versiones que llegaron al Gobierno hace varios días indicaban que el exministro de Hacienda había nombrado la palabra maldita, default, ante varios fondos de inversión que luego decidieron retirarse de la Argentina.

Prat-Gay desmintió después que eso haya sido cierto. El Gobierno quedó, sea como sea, con un regusto amargo, porque la versión le fue confirmada por varias vías. El canciller, Jorge Faurie, que durante el fin de semana se sintió fuera del cargo por las versiones periodísticas, se sorprendió cuando descubrió que su reemplazo era una idea de aliados del Presidente, no del Presidente.

Macri debió, al mismo tiempo, componer su relación con Elisa Carrió, a la que siempre considera una aliada esencial de su proyecto político. Carrió es amiga personal de Quintana y con él sacó varias leyes aprobadas por el Congreso o decretos firmados por Macri. La ausencia de Quintana se sentirá en la oficina del Presidente, porque él tenía una interlocución importante con Carrió y con las organizaciones sociales, entre otros. Carrió había impulsado con el otro exvicejefe de Gabinete, Lopetegui, una reducción importante en el precio de los medicamentos más caros, sobre todo los oncológicos.

Por eso, ella se preguntó públicamente si las salidas de los dos exvicejefes de Gabinete no respondía a una operación de los poderosos laboratorios medicinales. De todos modos, la no incorporación al gabinete de Sanz, Prat-Gay y Lousteau dejó conforme a la líder de la Coalición Cívica. "El Presidente está de nuestro lado", les comentó a sus íntimos, aunque reclamó un poco más de calidez con los funcionarios que se quedarán sin sus funciones. El macrismo confirmó ayer que no habrá más reparto de cargos. "La ventanilla se cerró hoy", dijeron cerca del Presidente.

Nueva dinámica

Los cambios en el gabinete significan más una modificación en la dinámica de gobernar que un ahorro. Los ministros se sintieron ayer más ministros en la primera reunión del nuevo gabinete. Antes, no pocos de ellos tenían la impresión de que eran ciudadanos de segunda categoría frente a las omnipotentes figuras de los entonces vicejefes de Gabinete, a quienes debían responder por su gestión cotidiana.

Marcos Peña perdió esa extensión de su brazo político, pero Quintana y Lopetegui reportaban más a Macri que a él. Nada mejor para Peña, por otro lado, que estar lejos del tiroteo económico de estos días. Conservó, sí, su influencia en la Cancillería. Peña, Faurie y Fulvio Pompeo, secretario de Asuntos Estratégicos e interlocutor permanente del Presidente y del jefe de Gabinete, conforman un tridente que conduce la política exterior. Esa influencia de Peña y Pompeo en la Cancillería hubiera concluido si Prat-Gay aterrizaba ahí. Prat-Gay se fue del Gobierno en su momento por sus discrepancias con Peña, Quintana y Lopetegui. La Cancillería hubiera sido de él y de nadie más.

Macri anticipó estos cambios en su discurso público más sincero y también el más expresivo de lo que es él. Hizo autocrítica y pidió sacrificios, pero también bosquejó un futuro mejor. Trazó un horizonte, que era la gran ausencia del Gobierno ante una sociedad que padece (y padecerá) carencias. Muchos se preguntaban ayer qué habría sido de la gestión de Macri si ese discurso lo hubiera pronunciado un día después de asumir el cargo. Las interpretaciones contrafácticas son siempre arbitrarias, pero es legítimo suponer que hoy no estaría como está.

Hizo mención del escándalo de los cuadernos para reclamarle a Cristina Kirchner lo que sucedió en su gobierno, pero también por lo que está sucediendo ahora. Los mercados internacionales le cerraron el crédito a la Argentina por varias razones, pero hay una de la que se habla poco. La causa de los cuadernos sembró el pánico sobre la Argentina en los mercados del exterior porque Brasil tuvo una recesión de tres años por el escándalo del Lava Jato. ¿Ocurriría lo mismo en la Argentina? En Brasil se acusaba al gobierno, a sus funcionarios y aliados; en la Argentina se acusa exclusivamente a la oposición cristinista. No es lo mismo. No importa, según la superficial mirada de los brokers de Wall Street.

El dólar no se calmó. Tampoco se calmará en los próximos días. El volumen que se comercializa es muy escaso. Para tener una idea de ese volumen hay que mirar cuántos dólares vendió el Banco Central. Son los únicos que hay en el mercado. Nadie venderá dólares hasta que la confianza no se restablezca. La confianza necesita de tres elementos significativos. Uno de ellos es el trazo definitivo del nuevo acuerdo con el Fondo Monetario, que significará que el Gobierno tendrá su financiamiento asegurado hasta 2020.

Otro es el acuerdo con el peronismo por el presupuesto del próximo año, que debería acordarse en los próximos quince días. Voceros importantes del peronismo responsables anticiparon ayer que están dispuestos a ayudar al Presidente a salir de la ratonera que lo atrapa. El peronismo tampoco tiene margen para optar por la irresponsabilidad. Toda la dirigencia política argentina (el peronismo es un protagonista de primer nivel en ella) perdió el crédito internacional y la confianza de los argentinos. La tercera misión que deberá cumplir el Gobierno, luego del vendaval de las últimas horas, es la de suturar heridas con sus aliados, calmar los rencores, amortiguar los resentimientos. La economía también se detiene, aunque no se crea, en la solidez de la coalición gobernante. No porque le gusten unos más que otros, sino porque significan decisivos votos en un Congreso en minoría. La inestabilidad financiera tiene asegurada dos semanas más. La licuadora en la que está el Presidente no ha dejado de funcionar ni él logró todavía fugarse de ella.

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