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Berrinches: cómo calmar al pequeño "demonio de Tasmania"

Soledad Vallejos
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4 de septiembre de 2018  • 13:58

Algunos gritan, patalean y lloran. Otros lanzan objetos y se tiran al piso. Están los que cierran el puño y le pegan a sus padres en las piernas. O los que, cual mula en la montaña, se empacan en medio de la vereda y simplemente deciden no avanzar más.

Los protagonistas pueden tener entre uno y cuatro años, pero la etapa donde los berrinches suceden con mayor frecuencia se da entre los dos y los tres, un período donde según los especialistas consultados, los niños comienzan a ganar autonomía en algunas acciones, pero como aún sus capacidades físicas, motoras y también el habla están en pleno desarrollo, se topan a menudo con situaciones que los limitan, y los frustran.

"Es un período en donde los chicos empiezan a adquirir independencia de forma evolutiva y se encuentran con limitaciones de manera constante: 'Lo que yo quiero, lo que puedo hacer, lo que me dejan y lo que no está permitido'. Muchas veces no pueden expresar lo que quieren o necesitan, se encuentran con frenos a la hora de elegir qué ropa usar, o qué comer. Y cualquier situación que despierte en ellos esta insatisfacción puede generar un torbellino emocional que se apodera de ellos -dice la pediatra Nora Zonis.

En ese torbellino al que hace referencia Zonis se desencadena el berrinche: una crisis que provoca un estrés emocional emocional que genera diferentes reacciones. "Aumentan los niveles de cortisol, la adrenalina y la noradrenalina, entre otras hormonas que provocan una revolución a nivel cerebral, y por eso durante el berrinche los chicos sienten un gran malestar, no pueden escuchar, sus músculos se tensan y la respiración se acelera".

Del angelito que se queda dormido en brazos al demonio de Tasmania que destruye todo a su paso, o como dice el médico neurólogo infantil Claudio Wasiburg: "Todos hemos visto en algún momento, ya sea con nuestros hijos o los ajenos, la transformación de David Banner en el Increíble Hulk. Y para controlar esa situación muchas veces solemos repetir la experiencia de nuestra propia infancia sin estar plenamente conscientes de ello".

Lo primero, señala Waisburg, es tratar de entender porqué suceden estas crisis emocionales. "El cerebro habla según las edades y los diferentes estadios del neurodesarrollo. Entre los dos y tres años comienzan a desarrollarse áreas más complejas, a engrosarse las vainas de mielina (que mejoran la transmisión de los impulsos nerviosos) y las primeras áreas del neocortex, que actúa como regulador de emociones, con una visión más a futuro, donde es posible anticipar las consecuencias de nuestros actos. Por eso, aún en esta etapa es muy frecuente que cuando las emociones florecen, los niños se desborden sin poder generar ningún tipo de inhibición. No están en condiciones de enmascarar nada". Y el rango de explosión puede variar según el temperamento y la personalidad de cada sujeto.

¿Cómo enfrentar una crisis?

Lucía y Filipa intentan ponerse de acuerdo
Lucía y Filipa intentan ponerse de acuerdo Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero

"Autocontrol del adulto, respirar e intentar tranquilizarse", aconseja Zonis, que entiende que cuando de berrinches se trata suele asociarse la situación a un momento de fastidio e impotencia. Y peor aún si sucede en público, porque a la incomodidad se suma la vergüenza ante la mirada de los otros.

"El adulto es quien guía la situación y debe enseñarle al niño a enfrentarla. Si es en la calle o en un lugar concurrido, seguramente los demás miren, gesticulen o intenten intervenir, pero no hay que dejarse llevar por el exterior. El niño que atraviesa un berrinche está sufriendo y debe aprender a manejar esa frustración", afirma el especialista.

Conexión antes que corrección, coinciden los expertos. Ponerse a la altura del pequeño, mirarlo, tratar de entender qué le pasa, o qué necesita. Si está cansado, tiene hambre, un deseo no satisfecho, algo que no le agrada. "Escucharlo, tratar de poner en palabras la emoción que lo invade. Y aunque actuemos con firmeza y le expliquemos que no vamos a satisfacerlo con lo que pide, es importante validar sus sentimientos", señala Zonis.

En ese camino, el de llamar a las emociones por su nombre, transita la familia Girgulski, padres de Filipa, de tres años, y Carola, de apenas dos meses. "Desde que nació su hermanita está un poco más irritable, y los berrinches, que en ella siempre fueron bastante leves, se agudizaron un poco en este último tiempo", confiesa Lucía Girgulski, que trabaja como docente en una escuela secundaria.

"Algo muy bueno que con Filipa trabajaron en el jardín de infantes donde iba, en sala de dos, es el tema de las emociones, de aprender a poner todo en palabras y de identificar cuál es el sentimiento que la afecta, porque no es lo mismo estar enojada, triste o celosa", cuenta Lucía.

Una noche, ante el clásico incordio del momento de la cena, el berrinche se desató con llanto y enojo. Pero Filipa decidió por su cuenta irse al rincón de la calma, un nuevo título para el viejo y conocido "andate a tu cuarto a pensar". Luego de varios minutos, volvió a la cocina y su mamá le preguntó: '¿Qué puedo hacer para que dejes de estar enojada?' "Me miró con la carita mojada y me dijo: 'Mami, necesito un abrazo'. Creo que se ganó el Oscar esa noche -dice su mamá-. Pero la verdad es que todo ese trabajo que hicieron en el jardín Diálogos de Olivos fue determinante para que pudiera tener herramientas para salir sola de esos berrinches".

La psicóloga Paula Martino agrega que "en los años más tempranos de la vida de un niño, lo que es esperable que suceda es la 'inscripción de la ley', y esta función ordenadora -que marca lo que sí se puede y lo que no- es muy importante en la constitución de la estructura subjetiva del niño".

Para la especialista, "en la actualidad lo que se está viendo es que hay una falla en esta instancia, porque los niños traspasan los límites por la poca claridad que hay cuando se los trasmite". Y menciona como ejemplo el concepto de la negociación: "Se usa mucho esa palabra, y creo que un límite no se negocia. Muchas veces esto a un chico lo confunde porque se desvanece la idea de autoridad, siempre desde el lugar de prodigar un cuidado amoroso hacia el niño. En el consultorio lo vemos constantemente. Muchos padres confunden el ser firmes con el temor de caer en un lugar de autoritarismo".

"Ser amable y firme al mismo tiempo es posible, pero nunca perder el control", insiste Zonis, que como coaching de familia e inteligencia emocional impulsa la idea de que el adulto pueda poner en práctica "el tiempo fuera positivo". Contar hasta diez, cantar una canción, respirar profundo o recurrir a una imagen que tranquilice. "El 'tiempo fuera positivo' varía según la persona, pero cuando como adultos perdemos el control de la neocorteza somos pura reacción física y primitiva, y durante un berrinche eso no nos ayuda a solucionar nada".

Hay otras ocasiones donde los berrinches ya no se encuadran simplemente dentro de los procesos normales del desarrollo, y sobre este punto se explaya Waisburg. "Cuando son frecuentes y desmedidos, tanto en la causa que los provoca como en el despliegue del berrinche mismo, pueden convertirse en un síntoma de una dificultad mayor, como los trastornos de conducta disruptiva, trastornos oposicionistas desafiantes, antisociales o también trastornos del espectro autista. En estos casos -insiste el experto- los berrinches aparecen como motivo de consulta y pueden dar lugar a un diagnóstico neuroconducutal".

Clave para los expertos, luego de una crisis emocional y pasada la tormenta, es necesario retomar la charla sobre lo sucedido para que el niño pueda incorporar el aprendizaje. "No me siento en el rol como para dar ningún consejo, pero no siempre que sucede el berrinche es porque nuestros hijos están simplemente enojados, o son caprichosos. Cuando en el jardín comenzaron con el tema de identificar las emociones, en el grupo de whatsapp todos hablamos de lo mismo. Con Filipa funcionó". Aleluya para Lucía Girgulski.

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