Lena ya está acá: desconcierto y emoción de una madre primeriza

La ciudad parece a kilómetros de distancia y otras reflexiones con olor a bebé Crédito: Paula Salischiker
4 de septiembre de 2018  • 16:27

Al lado de mi cama sigue estando el colecho que hace dos meses instalamos mirando un tutorial de YouTube sobre seguridad para recién nacidos. En vez de tener la computadora adentro, cuatro libros a medio leer y un par de sábanas para doblar, me miran desde el colchón de pocos centímetros dos ojos brillantes de color incierto: después de meses de espera, hace unos días conocí a mi hija . Su mirada me atravesó como un rayo y le cambió el ritmo al tiempo.

La historia la escuché muchas veces: el puerperio, la sensación de vacío, la pérdida (parcial) de la panza y la angustia inquietante de la novedad en miniatura. Mientras transito las primeras horas en casa, entre arrullos que salen de aparatos tecnológicos que seguramente no debería haber comprado y que claramente no necesito, escucho las voces de todas las mujeres que me ofrecieron consejos y los uso, mezclados, como mantras para el paso de mis nuevos días.

Por la ventana veo pasar autos y colectivos y me acuerdo de la ciudad en la que estoy. Las luces me abruman, el mundo entero se convirtió de repente en algo que acecha: yo cuido a mi cría día y noche desde Colegiales como si la distancia que me separa del resto de los humanos y las cosas se hiciera cada vez más insondable. Cuando vamos a la pediatra, dos viejas me preguntan por qué la saqué tan chiquita a la calle. El mundo se cae, me aconsejan no leer las noticias, pero para mí todo tiene olor a bebé recién nacido y mi preocupación mayor es no encontrar el óleo calcáreo o perder la pezonera para siempre.

En casa se suceden visitas, todas parecen traer la misma bandeja llena de cosas dulces y le buscan parecidos a Lena. Yo opino que es igual a la bebé de la tapa de un libro editado en 1980 para demostrarles que es muy pronto decidir si tiene mi boca o los ojos del papá. Nos tratan muy bien y es hermoso ver la ternura de la que son capaces las personas. A la noche, cuando nos quedamos solos, siento los latidos de la bebé y trato de recordar cómo era mi vida hace diez días, antes de convertirme en un dispenser de leche y amor.

Me interrumpe el sueño un llanto y tardo unos segundos en entender de dónde viene. "Es un sonido diseñado para no poder ser ignorado", me dijo una amiga, y recién ahora lo entiendo. En tránsito constante desde mi habitación a la mecedora siento el presente vivo entre mis brazos.

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