El mar que siempre va pensando en volver

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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9 de septiembre de 2018  

El Mediterráneo es la última gran frontera en un continente que ha presumido de derribarlas todas. Casi nunca tiene muros ni alambradas, aunque los hay también, en Ceuta y en Melilla, para que ningún ilegal ose acercarse a sus aguas, pero por lo demás basta su profundidad azul como señal de peligro para quienes aún le dan valor a su vida. Para la mayoría, en cambio, vale más el intento de cruzarlo, aunque lo arriesguen todo en una patera atestada, porque en sus países la vida hace tiempo dejó de cotizarse. Es una frontera entre dos mundos, entre la esperanza y la tragedia, que tampoco acaba al alcanzar la otra orilla. Desde comienzos de este año y hasta finales de agosto, 1546 personas habían muerto ahogadas en sus aguas, arropadas en un sueño trunco, por lo general la única posesión de los migrantes. Cerca de 70.000 lograron cruzarlo o fueron rescatados, a poco de morir, de las aguas que pintó Picasso. Eso fue cuando el Mediterráneo evocaba otras cosas, sol y pueblos blancos, como aquel al que le cantó Joan Manuel Serrat en Mediterráneo, uno de sus discos más emblemáticos.

Las casas siguen pintadas con cal, pero la marea no devuelve solo espuma sino también cuerpos. En sus aguas naufraga, cada día un poco, la humanidad.

Por eso, a los 74 años, Serrat, más cerca de una orilla de la vida que de la otra, ha decidido volver a cantarle al Mediterráneo, como en su juventud. Es una canción urgente, templada al calor de la tragedia, y un tributo a su cuna, a su Poble-sec con su cercano mar, donde creció leyendo a Antonio Machado y a Miguel Hernández. No es tampoco Cataluña, ni la España toda, la misma que la de aquel lejano 1971, cuando salió Mediterráneo. Por entonces los versos de Serrat sabían a protesta, mientras la dictadura franquista entraba en su etapa declinante. Barcelona hoy mira desafiante al resto de la península y la grieta incomoda a un artista que ha sabido cantar en las dos lenguas. Es allí donde recibió a la nacion revista para hablar de su nueva gira, Mediterráneo Da Capo (una expresión musical italiana que significa volver al principio), que lo traerá nuevamente a Buenos Aires.

Entre la orgullosa metrópoli catalana y Calella de Palafrugell, el pequeño pueblo de la Costa Brava, donde a los 26 años se instaló durante 40 días y sus noches para componer el disco con el que homenajearía al mar que se va pensando en volver, Serrat se asoma al pasado, al del gran mar y al propio, aunque sin melancolía ni nostalgia, a la que define como "una mala hierba". Con el sol de frente y el Mediterráneo detrás, dice que ese inmenso mar siempre fue un promotor de relaciones entre los hombres y las culturas. Ansía que vuelva a serlo. Por eso canta, para celebrar en él a la vida.

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