Navegar por las aguas profundas del Nahuel Huapi

Iván de Pineda
Iván de Pineda LA NACION
(0)
9 de septiembre de 2018  

Las frías aguas del inmenso lago mojan los pilotes del pequeño muelle donde estoy parado.

En esta fresca mañana de las últimas semanas del invierno, el día amaneció limpio, sin una sola nube en el cielo, haciendo que agua y aire compitan para ver quién tiene el azul más perfecto.

El viento sopla despacio, casi gentilmente porque si no fuese por él y por el sutil bamboleo de las aguas parecería que todo está detenido en el tiempo. El silencio es perfecto y respiro profundamente el puro aire de la zona, llenando los pulmones y exhalando lentamente.

Llegando se ve la embarcación que me llevará a uno de los profundos brazos del lago para depositarme en una bellísima y desierta playa.

Este gran lago, que recibe su nombre del mapudungun, el idioma mapuche, y que significa Isla de Jaguar por la hoy conocida Isla Victoria, es el Nahuel Huapi, uno de los lagos más importantes del país.

Con una extensión de más de 500 kilómetros cuadrados podría "acomodar" fácilmente más de un par de veces en su interior a la Ciudad de Buenos Aires.

Se encuentra entre los lagos más profundos del mundo. Según la página web oficial de Bariloche, la playa del Centenario es una de las más extensas y concurridas, ubicada en la entrada de Bariloche, a metros de la desembocadura del río Ñireco. La playa Serena es una bahía con arena fina mientras que la playa Bonita es relativamente larga y de piedras pequeñas.

Pero volvamos a donde estoy parado. A mi izquierda se abre la estrecha entrada al lago Correntoso -al que se accede por Ruta Nacional 231 en dirección al camino de los Siete Lagos- y enfrente, al otro lado de la orilla, deslumbran los picos todavía nevados con sus impresionantes bosques cubiertos de un manto blanco que me esperan.

El catamarán va acercándose al muelle y Lola me saluda desde la cubierta, haciendo ademanes mientras se realizan las maniobras para que yo pueda embarcar.

Mientras todos los integrantes de la embarcación me saludan con una gran sonrisa y con extrema educación le pido la venia al capitán para subir a bordo.

Acomodado ya sobre la pequeña cubierta detrás de la cabina de mando y una vez que la embarcación va tomando distancia de la costa empiezo a tener una inmejorable postal de 360 grados de todo lo que me rodea mientras Lola comienza a explicarme detenidamente hacia dónde nos dirigimos y cuál será el programa del día.

Y con una simpática sonrisa me pregunta si estoy razonablemente en estado físico.

Claro, la pregunta alude a la actividad que realizaremos más tarde: un buen par de horas de caminata por los casi desiertos bosques locales para admirar y aprender más sobre sus maravillas y sus secretos.

Ya ha pasado media hora de navegación, y el barco se detiene en las tranquilas aguas de una de las playas.

Uno de los ancianos pobladores de la zona nos espera gentilmente con su pequeña lancha para depositarnos en tierra firme. Y sí, ya estamos listos.

Un pequeño claro se abre entre la profusión de altos árboles y hacia allí nos dirigimos. El sol traza sombras y contraluces, el aire es más puro de lo que pensaba hace un rato y al lado tengo a una inmejorable chaperona que no solo sabe todo sobre este lugar, si no que lo ama profundamente.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.