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La arquitectura de una morada celeste

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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5 de septiembre de 2018  

La realidad es una gran embustera. Tras sus evidencias manifiestas, oculta la compleja cadena de condiciones que hacen que este cielo, este sol y este planeta existan de la forma en que existen.

Está bien, sería difícil dedicar la mente a otra cosa si todo el tiempo percibiéramos el milagro en el que vivimos. Un día agradable de estos primeros alivios que preceden la primavera es, simplemente, un día agradable. La lluvia es lluvia y los tréboles son tréboles.

Sin embargo, los requisitos que han debido darse para que estemos disfrutando de esta tarde preciosa o para que llueva mansamente sobre los tréboles son inabarcables.

Para empezar, no es mala idea estar a la distancia correcta del Sol. Muy cerca, y las temperaturas serían homicidas. Muy lejos, y el frío sería incompatible con, digamos, la primavera. O con muchas de las reacciones químicas que le han permitido a la vida evolucionar desde los microbios hasta los que observan los microbios. Se llama la zona habitable, pero no es la única condición para que florezcan los cerezos y el poeta escriba un haiku que se hará célebre.

Es menester, por ejemplo, que sea un mundo rocoso. Es decir, que no esté compuesto mayormente de gas, como Júpiter o Saturno. Tampoco puede ser demasiado pequeño, porque la energía geotérmica producida durante el brutal alumbramiento planetario ya se habría disipado. El núcleo de la Tierra todavía se mantiene fundido, lo que nos proporciona, entre otras cosas, un campo magnético que nos protege de la radiación que plaga el espacio exterior. Anotemos, aunque sea al margen, porque toda la receta para la vida es mucho más extensa, que el núcleo fundido no alcanza por sí mismo; el mundo debe tener además cierta velocidad de rotación.

Por supuesto, y aunque no la veamos, o, al menos, aunque no la veamos como tal, se necesita una atmósfera. Para que tal maravilla ocurra hace falta que concurran muchas cualidades. La fórmula de tal atmósfera es muy precisa, en cuanto a sus ingredientes, y también respecto de su temperatura y presión. Bastaría que la órbita de nuestro mundo fuera muy excéntrica para que regularmente la Tierra saliera de la zona habitable. Y adiós. Las estaciones, las mareas, que en nuestro caso son obra de la Luna, y hasta la duración de los días contribuyen con los bondadosas primaveras o con las lluvias mansas. Porque si cada jornada durase no ya 24 horas, sino 24 años, bueno, otra sería la historia.

Incluso un ángulo de inclinación diferente nos dejaría sin los atardeceres voluptuosos, sin la nieve lenta y sin los otoños de belleza postrera.

Esperen, porque la receta para nuestra querida Tierra recién comienza. Se necesitan ciertos elementos químicos, que se cocinan durante eones en las forjas estelares, pero hace falta también que esos átomos circulen, que estén disponibles para los organismos vivos.

La biología terrestre se basa en el carbono. De poco serviría que ese elemento estuviera atrapado en las rocas o en el agua. Como en la existencia humana, no hay provecho alguno en aferrarse demasiado a los objetos. Oro, carbono, nitrógeno, oxígeno, da igual.

Volvamos a la estrella más cercana. Para que exista la vida tal como la conocemos, las jornadas como las que conocemos, esta engañosamente obvia realidad que conocemos, es menester una fuente de energía. El Sol es la principal, aunque no la única. Es notable lo complejo que resulta, cuando se lo mira de cerca, crear tan siquiera un poco de brisa. Como con los elementos químicos, nuestras formas de vida necesitan que la energía no solo esté presente, sino que además circule. La gravedad, las magníficas tormentas de verano, las corrientes marinas, el viento. Esa relojería es tan delicada e inextricable como cotidiana.

No podremos todos los días, por cierto, pero cada tanto es bueno ponderar el privilegio de estar hoy aquí. En nuestra morada celeste.

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