Escuela Domiciliaria: 300 maestros van a casas a enseñarles a chicos con problemas de salud

Los festejos por los 70 años de la Escuela Domiciliaria, en la sede de La Paternal Fuente: LA NACION Crédito: Ricardo Pristupluk
6 de septiembre de 2018  • 11:25

"Conocimos la Escuela Domiciliaria en septiembre de 2017. Veníamos devastados, con un diagnóstico de leucemia y lejos de nuestra casa y nuestra familia. En cada uno de los docentes que intervinieron con mi hija Milagros encontramos la contención, la palabra justa, y permitieron que ella se conectase con cosas de niños, sin pensar tanto en enfermedades y diagnósticos".

El mensaje de agradecimiento de la familia Monzón le llegó a la Escuela Domiciliaria N° 1 hace poco desde Comodoro Rivadavia. No es el único. Cartas como ésta se repiten desde hace décadas, y siempre valoran la posibilidad que les dio esta institución de que chicos que por situaciones de enfermedad o vulnerabilidad social debieron interrumpir la asistencia a sus escuelas de origen, pudieran continuar sus estudios.

La Escuela Domiciliaria, que este mes cumple 70 años en la Ciudad de Buenos Aires, cuenta con 300 docentes que dan clases en casas, hoteles o en los lugares donde los menores están internados. Ya sea un alumno de una escuela porteña o un chico que haya venido del interior para un tratamiento, para poder acceder a esta modalidad solo se necesita un certificado médico que determine que el menor estará ausente de su escuela de origen por un tiempo mayor a 30 días.

"Abarca a alumnos de escuelas públicas y privadas, desde los 45 días de vida hasta el nivel medio incluido, que provienen de la Ciudad, otras provincias, países limítrofes y hasta de otras naciones de América del Sur", detalla Flavia Díaz Nóblega, vicedirectora de la institución.

Los docentes de esta modalidad asisten a alrededor de 5000 niños, niñas y adolescentes por año, con diagnósticos variados: desde enfermedades oncológicas o respiratorias, hasta otras de índole emocional, como las fobias, o problemas generados por la desigualdad social y la pobreza.

Alumnos, padres y autoridades de la escuela domiciliaria durante el festejo Fuente: LA NACION Crédito: Ricardo Pristupluk

Paciencia y motivación

"Con mi hijo Juan nos tocó pasar un año y medio de tratamiento en el Hospital Garrahan, en situación de internado y también de ambulatorio", cuenta Sonia Lovera, desde Misiones. "En esos momentos siempre contamos con la paciencia y el amor de las maestras de grado. Gracias a ellos, Juan, que empezó el tratamiento en 4° grado, logró reinsertarse en el sistema primario común en 6° grado, sin haber perdido ningún año escolar. Y lo más importante: volvió al colegio con los mismos compañeros que había dejado dos años antes". Hoy Juan tiene 12 años y está por terminar 7° grado.

"Los chicos en situación de enfermedad, a través de la Escuela Domiciliaria se encuentran y conectan con el deseo", dice Verónica Cohen Falah, madre de Franco Rodríguez, que entre 2012 y 2013 recibió a los docentes en su casa dos veces por semana, hasta el fallecimiento de su hijo.

"Franco enfermó de leucemia a los 12 años, y yo sabía que la prioridad giraba en torno a continuar, hasta donde fuera posible, con su infancia", recuerda Cohen Falah. Su hijo asistía a un colegio privado cuando sobrevino el diagnóstico. Y de esta posibilidad educativa se enteró a través del boca en boca.

Franco esperaba ansioso la hora en que llegaran a su casa los maestros. "Se articulaba el aprendizaje con el juego y lo creativo, y como mamá me sentí respetada y acompañada -dice ella-. También rescato la sensibilidad de los docentes. Se intentó que todo fuese lo más normal que se pudiera. Y Franco, hasta el último momento, mostró su amor a la vida".

Otro caso es el de una de las hijas de Mirella Tapia, madre de siete. En febrero del año pasado, la chica, de 11 años, debió viajar a Buenos Aires para tratarse de un tumor. Se hospedó en un hotel con su madre. Poco después se sumaron otros tres hijos pequeños de Mirella, que logró que la escuela domiciliaria no solo fuera destinada a su hija en tratamiento, sino también a ellos. Así, los cuatro hermanos recibieron clases en las habitaciones del Hotel Medrano, en Almagro. "Ahora, cada tres meses, venimos a los controles -cuenta Tapia-. Y siempre pasamos por la sede de la Escuela Domiciliaria N° 1. Nos quedó el vínculo".

Por año, la escuela asiste a unos 5000 chicos con distintos diagnósticos Fuente: LA NACION Crédito: Ricardo Pristupluk

Las sedes

Las sedes de la Escuela Domiciliaria son otra pieza clave de esta modalidad educativa. En la ED N° 1, por ejemplo, se dan clases a alumnos con patologías emocionales transitorias. También se hacen los actos escolares y los de fin de curso. Para alumnos y padres estos rituales educativos resultan significativos: poder vivenciar la tradición escolar de cantar los himnos patrios, escuchar a los directivos y presenciar un acto se vuelven grandes celebraciones cuando la enfermedad acecha.

Además, en estas sedes funciona la coordinación de la institución. "Aquí se reciben a los equipos de orientación escolar de los distintos distritos escolares, se orientan a las familias, se dan entrevistas a estudiantes de los niveles superiores de enseñanza y se desarrollan reuniones para el seguimiento pedagógico de los alumnos. Y además, el tercer miércoles de cada mes, en esta sede se desarrolla la contención de los docentes, a cargo de dos psicólogas", apunta Díaz Nóblega.

Garantizar la atención escolar, reincorporar a los alumnos a sus escuelas de origen en las mejores condiciones pedagógicas y resguardar ese espacio sagrado de la infancia que es la educación: los tres pilares en que trabaja, día a día y desde hace 70 años, la Escuela Domiciliaria y sus docentes en la ciudad.

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