Soy impulsivo

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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6 de septiembre de 2018  • 02:20

¿Te considerás una persona impulsiva, que tiene el hábito de reaccionar? ¿Quién no? Todos, alguna vez, hemos "metido la pata" y nos hemos apresurado actuando sin pensar.

En la mitología griega, el dios Prometeo era quien pensaba para luego actuar, en contraposición a Epimeteo el cual reflexionaba más tarde, es decir, actuaba para luego pensar. Todos nos podemos identificar algunas veces con Prometeo y otras, con Epimeteo. En términos psicológicos, a dichas reacciones se las denomina "proceso primario" y "proceso secundario". Observemos el siguiente cuadro:

El proceso primario se conoce como el impulso, el deseo y la acción que es libremente ejecutada. De bebés, funcionábamos por el instinto. Nuestra forma de obtener lo que deseábamos era llorar o gritar. A esto se lo denomina proceso primario.

Pero en el proceso de crecimiento, a través de los límites y la guía parental que fuimos recibiendo y que incluye los "no", el aprender a esperar, etc., fuimos construyendo paralelamente al proceso primario, el proceso secundario. Esta es la capacidad de esperar, pensar, evaluar, planificar y ver más allá.

El proceso primario nos permite, en una situación de crisis, actuar sin pensar. Por ejemplo, si entra un león en mi habitación, no necesito pensar qué hacer sino escapar de ese lugar. Sin embargo, a excepción de las situaciones de riesgo, en el resto sí necesitamos hacer una pausa para reflexionar.

Alcanzar la madurez significa que el impulso encuentra un obstáculo: la reflexión. Supongamos que conozco a alguien por las redes sociales, intercambiamos algunas frases e inmediatamente "armo pareja" con esa persona, para descubrir más adelante que no era lo que yo pensaba, o peor aún, que me estafó, me engañó, etc. Si alguien le dice a una persona que no pase por cierto lugar, debido a que hay una construcción, y esta grita violentamente: "¡Yo soy libre y camino por donde quiero!", o si a alguien le dicen que no se puede pasar por determinada puerta e inmediatamente la persona explota, grita, insulta y pega, en ambos casos, predominó el infantilismo, el proceso primario, el impulso, de lo cual por lo general nos arrepentimos con el tiempo.

¿Cómo desarrollamos el proceso de reflexión?

  • A. Preguntándonos:"¿Qué quiero?". El solo hecho de hacernos esta pregunta en una situación x nos permite detenernos y comenzar el proceso de reflexión para determinar qué queremos. Si yo voy a un lugar a comprar y el empleado me trata mal, en lugar de reaccionar impulsivamente y entrar en el mundo del enojo del otro, puedo pensar qué es lo que quiero. Esto me permite armar un plan A, un plan B o un plan C y lograr mi objetivo sin entrar en el juego impulsivo del otro que nos conduce a una escalada simétrica y, muchas veces, termina muy mal.
  • B. Contando hasta cien. ¿Qué sabio consejo nos daban nuestras abuelas? Contar, esperar, no apresurarse. Casi siempre, cuando estamos bajo una emoción intensa, en especial el enojo, esta nos impulsa a actuar sin pensar, a reaccionar en vez de responder. En un curso que realicé sobre el manejo de la ira sugirieron que cuando estamos muy enojados con alguien un ejercicio a realizar es escribir una carta y guardarla durante 24 horas para descubrir luego que, en estos casos, nadie la envía luego del proceso de tranquilidad y reflexión. Bajo una emoción intensa, tenemos visión de túnel: solo vemos hacia adelante y una única opción. Mientras que, cuando ponemos pausa y nos relajamos, se activa la corteza prefrontal: la capacidad de pensar y razonar. De este modo, somos capaces de ver amplificadamente y, como resultado, tomar mejores decisiones.
  • C. Parándonos en nuestras fortalezas. Frente a una situación difícil, siempre es bueno recordar nuestras victorias pasadas. Todos poseemos un "currículum de victorias pasadas". Cuando me dirijo a un auditorio de adolescentes y jóvenes, acostumbro a mostrarles el siguiente dibujo:

Este escalador tiene tres opciones:

  • Opción A: mirar lo que le falta (500 metros) y quejarse, amargarse y entristecerse.
  • Opción B: mirar los 1000 metros que escaló, sacarse una selfie, celebrar y creerse un genio.
  • Opción C: mirar la distancia que ya escaló, felicitarse y tomar fuerza y envión para ir por el próximo desafío (la distancia que le falta escalar). Pararnos en nuestras fortalezas nos permite ver una dificultad presente de manera reflexiva.

Me gusta también compartirles a los jóvenes la metáfora del violinista. Imaginemos a un violinista que está tocando su instrumento y, al terminar la pieza, todo el mundo lo aplaude y lo ovaciona. Excepto cuatro personas que están en un palco. Aquí nuevamente nos encontramos frente a tres opciones:

  • a. Quedarse con la gente que aplaude, que es la mayoría e ignorar a los que están molestos en el palco con los brazos cruzados.
  • b. Anclarse en las cuatro personas que no aplaudieron y amargarse el resto de la noche.
  • c. Observar a los que aplauden y disfrutarlo e inmediatamente transformar a aquellos que no aplauden en un desafío para seguir creciendo.

La tolerancia a la frustración, la capacidad de esperar y evaluar es un acto de madurez psíquica.

Cuando una persona siente que no está en control de una situación, actúa impulsivamente y, como consecuencia, la maneja mal. En cambio, cuando una persona se enfoca en sus fortalezas y confía en sus recursos logra manejar cualquier situación a través de la reflexión, de la búsqueda de ganar-ganar y del diálogo constructivo.

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