El camino del silencio

9 de septiembre de 2018  

Esa noche, mientras comenzaba a repasar una historia que parecía demasiado larga y que se extendía por las más bellas bifurcaciones, paradas y destinos, recordó con una claridad casi profética lo que ya de grande su mamá le había contado.

Estaba en su mesa de trabajo, donde se aunaban lápices, pinturas, agujas, hilos y cuadernos, todo iluminado por una larga vela flaca y erguida de extenso pabilo flameante, una fotografía de la belleza que la rodeaba plasmada en el trastabillar de la pequeña e ignota llama que, como ella, aún buscaba con ojos cansados respuestas en el tiempo vacante. Lo que parecía desolación era más bien un cálido abrazo.

Era muy niña; la noche en que su madre al mirar por la ventana vio a la pequeña alejarse de la casa. Apenas media hora antes la había dejado durmiendo en su cama, corrió hacia ella dejando la puerta abierta y le preguntó hacia dónde iba. Ella, media dormida, le contesto: "Hacia casa, hacia casa".

Era pequeña, pero parecía saber que ese pueblito y ese hogar no le pertenecían del todo, o quizás ya sentía que había algo que encontrar. Debía irse, tenía que viajar muy lejos en busca de un lugar adonde encontrara señales afines a su esencia. Un imán mágico y misterioso. Aquel contorno que había parecido anillar sus sueños en el instante en que se había dormido la había hecho, sin darse cuenta, salir, despegar, emerger por primera vez hacia el mundo; un vasto destino que jamás terminaría de conocer, ya que además de la geografía, reunía los gestos de los idiomas, la música y el arte asentados en siglos de tradiciones pasadas de mano en mano como una voz robusta llena de acentos, gloria y tristeza.

Esa fue la primera iniciación e indicación en su vida, que con el paso del tiempo afirmó un andar peregrino, no solo de ciudades y parajes, sino también de una sucesión de fragmentos que como cuadros de una película de celuloide habían recorrido los desiertos de su memoria, aunando una voz, una suma de ímpetus que la habían llevado de puerto en puerto como un marinero lleno de amores que no hacía otra cosa que calmar una sed inagotable por comprender los límites entre la razón y la emoción. Un balance desconocido, inexplicable, frente al que todos parecen iniciantes; como el potrillo recién nacido que se para por primera vez trastabillando con sus ancas en el pasto y sus patas arrodilladas de temor y satisfacción al resguardo del orgullo de su madre.

Muchos viajeros marchan en busca de algo que nunca encuentran, y aquel primer viaje inicial parece ser un rito que para algunos se instala vehementemente de puerta en puerta, de beso en beso hasta el último suspiro de la vida.

Es la más bella guirnalda de flores que al marchitarse en el olvido del tiempo festeja aquellos desiertos de memoria, esperanza e ilusión que fueron y serán el hilo conductor de la existencia, que por suerte a veces no repara en los dogmas enraizados en los anaqueles de maestros desairados y sale impetuoso, exaltado, febril hacia los horizontes de lo posible con la iracundia del amor. Y ese es el camino del silencio. Porque quien batalla con la hoz en campos infértiles calla de voz y relincha con el silencio de una luz que solo ilumina la belleza del alma.

"Al voltearte y mirar las marcas de tus pasos, ellas deben sonar con el tono de tu alma, habrá momentos que perderás la afinación, pero deberás una y otra vez volver a la, que es la madre de todas las notas musicales, la que conduce la orquesta de la vida". Y más allá de los triunfos y derrotas, lo que valió fue el camino.

Al soplar la vela para irse a dormir, sabía que, a pesar de los años, aquella noche se despertaría otra vez como aquel día: sonámbula de deseo para comenzar otra vez en silencio.

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