Wálter Lezcano y su oda a Calamaro

9 de septiembre de 2018  
Escritor de producción imparable, admira del Salmón su talento hiperprolífico. También su arte de conexión: tarareando "Paloma", una chica le sonrió y sus caminos siguieron juntos. Ahora le dedica al músico un libro conmovedor Fuente: LA NACION Crédito: Juan Pablo Soler

Es la tarde de un día gris. Un viento cargado de lluvia fina y molesta alcanza todo lo que toca. Mal día para el pelo. O el humor. El escritor y poeta Walter Lezcano se acomoda la melena voluminosa y entra al bar. Acerca la silla a la mesa y sonríe. Es dueño de un carisma resistente a cualquier tormenta. Acaba de conocerse su último libro, Días distintos, la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro (Gourmet musical), un ensayo sobre los discos Alta suciedad, Honestidad brutal, El Salmón. Y es, además, el cruce con un contexto político y social que marca parte de la obra de Lezcano: el fin de los años noventa y su desembocadura en la crisis de 2001. Por aquellos días, él tenía 18 años, estaba por terminar la secundaria y vivía en Solano, barrio del sur del conurbano donde sonaban las canciones del Salmón, tan fuerte como los conceptos club del trueque o desempleo. El tema de la crisis también está en su reciente novela Luces calientes (Tusquets); allí, cada capítulo abre con epígrafes de las canciones de Calamaro. "El rock, en algún sentido, paraba esas balas y me mostraba caminos laterales. Así como los libros son mi patria, también lo es el rock, el conurbano", dice, corriéndose un mechón de la cara; su melena rocker bien podría pasar por prima de la del mismísimo Salmón.

Días distintos está armado en cinco partes y comienza con el acercamiento de Lezcano a la obra de Andrés Calamaro. "En un principio, no lo tenía tan presente, sí por clásicos como 'Mil horas' o 'Sin documentos'". Pero lo que le atrajo a conocerlo en profundidad, en lo que reparó, fue la foto de la tapa, muy Bob Dylan, de quien también el escritor es fan. "Son esas cuestiones de atracción y magnetismo instantáneo. Grandes y duraderos romances comienzan de esa forma", se lee en el libro. El ensayo abarca la trilogía, desde allí se propone un recorrido que hace pie en notas, archivos, un cruce entre la mirada de Lezcano y los hechos artísticos de la vida y obra de Calamaro. Un acierto del libro está en los capítulos con diferentes testimonios, en su mayoría, músicos. Por nombrar a algunos, el de Marcelo Cuino Scornik -compositor, autor de varios hits de Calamaro-, y el del guitarrista Augusto Gringui Herrera, amigo desde la adolescencia. La palabra del Indio Solari es todo un halago: "Siempre me pareció fabuloso que convenciese a la compañía de sacar un álbum quíntuple. ¡Que alguien consiga hacerle eso a una corporación es una maravilla!". Lezcano admira de Calamaro muchas cosas, en particular su condición de músico prolífico. Quizá porque ve ahí algo que también el escritor es, un hacedor constante. Porque Lezcano que nació en Goya, Corrientes, y no llega aún a los 40 años, tiene más de veinte libros publicados; cuentos, novelas, poemas y ensayos. Entre los últimos, Los Wachos (Conejos, 2015), el libro de poesía La velocidad de la sangre (Caleta Olivia, 2017), La ruta del sol - Trilogía de El mató a un policía motorizado (Gourmet ediciones, 2017). Es también periodista -colabora en distintos medios-, docente de literatura en colegios secundarios y da talleres de escritura. Está por cerrar dos libros de poesía que saldrán el próximo año. Y "después tengo tres novelas, la más avanzada es sobre el 20 de diciembre de 2001, solo un día, y sucede en Solano". También un ensayo sobre el escritor Roberto Bolaño y una biografía de la banda Suárez. Dirige, junto con Golondrina cine, un documental, Mi próximo movimiento, y también en cine, unos cortos que estrenará a fin de año. Así parece ser Walter Lezcano, alguien que vive y hace a puro rock, influenciado por la luna salmonera.

Libro-ensayo: basado en los discos "Alta suciedad", "Honestidad brutal" y "El Salmón", el libro es también un viaje a los 90

-¿Cómo definirías a Días distintos?

-Es una carta de amor a ese chico que estaba en el conurbano mientras el país se venía abajo y pudo encontrar en el rock una forma de sobrevivir, de dar con cierta educación que no estaba presente en ningún lado. Es para recordar un poco esos años, interpretarlos a partir de una puerta de entrada distinta, que es la del rock. En ese sentido, las letras y los discos de Calamaro estaban muy mimetizados con lo que se vivía en esos años. En el libro cuento por qué estaba hablando del país, de esos años difíciles y complejos. Mientras él estaba poniendo en peligro su salud y su estatus, todos estábamos tratando de sobrevivir por nuestros medios. También es ver de qué forma se puede, en términos de reales y concretos, no poner en venta el estado de ánimo, no rendirse. Formas y estrategias de salir adelante. Hay experiencia y complejidad en los modos de entender un pueblo a través del rock, y me parecía que se podía entender en esos tres discos: Alta Suciedad, Honestidad brutal y El Salmón. Entender la Argentina de esos años, o por lo menos una parte, de 1997 al 2000.

-En el libro hay una idea del placer por la música y también por el lenguaje de esas canciones, ¿de qué manera lo trabajaste?

-Creo que todo es forma. En el sentido de que lo que estaba contando era también una gran historia, la de Calamaro, una estrella de rock que se reencuentra con el éxito después de muchos años y va en contra de eso. Como la historia del país a principios de los 90, que parecía que iba a encontrarse con el éxito y dio con otro final. Y la de la historia personal, la de una familia del conurbano que se relacionaba con el saber y con el día a día como podía. Una historia de amor, mía, con Patricia, que es la persona que todavía me acompaña. ¿Cómo sobrevivir eso sentimentalmente a los años de crisis en un barrio pobre del conurbano? Son historias que podrían confluir en un lenguaje que estaba surfeando entre las lecturas que hice y el ordenamiento de sobremesas con amigos hablando de Calamaro, de formas de grabación, de sonido. Hablamos mucho más de eso que de trabajo o de dinero. Fue una manera de entrelazar todos esos elementos y un lenguaje que los pudiera unir. Fue un trabajo con la forma.

-¿Y con su biografía?

-Es un artista muy contado. No estaba interesado en hacer una biografía, la vida de Calamaro está en revistas, videos. Quería aportarle algo al lector desde una zona muy personal. Fue un trabajo de pensarlo seriamente en dos o tres años y escribirlo en seis meses. En general, me manejo en esas temporalidades.

-Tenés muchos títulos publicados, ¿cómo surge tanto mundo a la vez?

-Hay un proceso que llamo de ruptura de dique. Un magma que se va formando, que puede ser un poema, un cuento o una novela y yo lo dejo crecer en mi cabeza, y que me vaya habitando. Como trabajo mucho con la paciencia y con el tiempo, sé esperar. Hasta que eso empieza a tener forma de palabras. Como todo magma, al principio es calor, niebla, nada definido. Si la oscuridad se empieza a despejar un poco, surgen las primeras palabras, imágenes. Ahí es cuando el dique se empieza a romper y la cosa toma una forma material, consistente. Cuando eso sucede, es más sencillo encontrar el cauce de saber hacia dónde quiero ir, adónde ir a pasar un tiempo.

"No estaba interesado en hacer una biografía. Quería aportarle algo al lector desde una zona muy personal", dice Lezcano Fuente: LA NACION Crédito: Juan Pablo Soler

La música como mapa

No sabe por qué se anotó en ese taller de teatro. Ni qué lo llevó a entrar a la primera clase tarareando 'Paloma'. Se sentó al lado de una chica que reconoció la canción, y le sonrió. "Fue un momento de conexión impresionante", dice Lezcano. Quince años después, ella sigue ahí, a su lado. Él le dedicó su novela Luces calientes: "A Patri, la más maravillosa música". Cada tanto escuchan aquella canción que los juntó, la llaman su soundtrack íntimo, y hablan "de lo que hizo Andrés Calamaro por nosotros en ese momento del país en el que todo estaba -o parecía- absolutamente perdido". De no haber sido porque su madre dejó Corrientes cuando él tenía un año y vino con él, sola, a instalarse en Buenos Aires, la canción no hubiese sido la misma. Primero fueron las pensiones del oeste; luego, casas alquiladas en Rafael Calzada, Solano. En un poema que pertenece al libro 23 patadas en la cabeza, Lezcano escribe: "Yo una vez escribí una novela/ para mandarla a un concurso/ que tenía como primer premio 50.000 pesos./ Me parecía que con eso le alcanzaría para cumplir/ su sueño". El sueño era comprarse una casa. Que fuera suya, "es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades/que la gente llena de cosas inútiles/ y les dice hogar". Ese libro tiene varios poemas sobre la casa, el barrio, mudarse, el sexo, lo que sucede con habitar o estar deshabitado. El final del poema 'Mi vieja no tiene casa', cierra así: "Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané ni una mención./ Mi vieja sigue anhelando su casa./ Y yo lo único que pude hacer por eso es escribir un poema./ La poesía no sirve para nada". La madre tuvo dos parejas, dos hijos además de Walter. "Amorosa", dice, pero con ella las casas se llenaban de gente, eso de lo que él huía, a pura zambullida de lecturas. Se considera un lector caótico. Acorde a armar una biblioteca con lo que llegaba. "Podía ser Crimen y castigo, el horóscopo de Ludovica o Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Asís. Todo era lo mismo. Descubrimiento del lector ideal, puro placer", asegura Lezcano. Se dedicó a explorar "qué había en la vida". No quería una "vida burguesa". De ese armado del propio itinerario, pasó a ser profesor de Literatura. A la par, siempre las historias.

-Volvés una y otra vez sobre el 2001 . ¿Por qué creés que te marcó tanto?

-Acababa de terminar el secundario. Me preguntaba cómo iba a salir a la vida en un país como este. La música funcionó para darme la posibilidad de expandir la conciencia y tratar de aventurarme en situaciones que tal vez de otra forma no lo hubiese logrado. Uno necesita alguien que le muestre que el mundo es una zona donde las aventuras son posibles. Vivir algo distinto, y a mí todo eso me lo dio el rock. En términos concretos de acercarme al alcohol, a las drogas, a la gente que vivía de forma ilegal. Me fui de mi casa a los 17. Todos esos años, incluso hasta después de lo que pasó en Cromañón, los viví con la incertidumbre de no saber cómo me iba a ganar la vida. Con ese tipo de angustia que tenemos los pobres porque no hay red: no hay tíos que tengan, por ejemplo, una casa en Monserrat. Por eso siempre vuelvo a esos años. El rock en algún sentido paraba esas balas y me mostraba caminos laterales. Así como los libros son mi patria, también lo es el rock, el conurbano.

-Te gusta su música, influye en tu obra, ¿deberías también agradecerle por el amor?

-Desde hace unos años tengo la suerte de viajar por el país por mis libros. Mucha gente me contó cosas parecidas. De haber escuchado un tema en una fiesta y hablar con una chica. A propósito de Calamaro, conocerse, separarse y después reencontrarse. Es un poco como lo que dice Piglia del lector paranoico, de empezar a ver señales en todos lados. No fui el único que a través de sus canciones pudo hilvanar algunos aspectos de su vida emocional. Y eso atraviesa todas las capas sociales. Hay una forma de expresión, de acercarse a un sentimiento como es el amor, que te marca para siempre, ahí hay también una forma de ética, de conducta, que fue musicalizada y puesta en palabras por Andrés. Es el tipo de ensayo que yo puedo hacer. Sin rendirle pleitesía a la academia o a algún tipo de poder intelectual que circule. Correrme de los tipos de pedidos de legitimación. Y sí, ser lo más honesto y personal posible.

-¿Qué es Andrés Calamaro para vos?

-Un artista increíble que excedió el marco del rock y el del pop. Un ser extraordinariamente generoso, porque puso en riesgo su salud mental y física en pos de crear canciones que le sirvieran a su pueblo, en un momento muy crítico. Se encerró a drogarse para que el día no tuviera 24 horas, más horas y más canciones para entregarle a la gente. Trató de desnudar la desidia del músico de rock, esos que hacían discos de ocho canciones cada tres años. Ese tipo de desbordes creativos para mí son admirables. Creo que la palabra prolífico no significa nada, sino que realmente es entregar un montón de obras y no se lo ve como un regalo de la naturaleza. Una vez hablaba sobre el malestar de los que rodean a Aira, a Calamaro, por eso. La generosidad que tuvo Calamaro en esos años, donde lo único que había era egoísmo, no ha sido valorado como lo merece.

TEMAS EN ESTA NOTA