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Crónicas

Las huellas del día que lo cambió todo

Carola Birgin
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9 de septiembre de 2018  

NUEVA YORK.- El Museo Memorial del 9/11 de Nueva York no empieza por los aviones reventando contra las Torres Gemelas ni por los desesperados arrojándose cabeza abajo desde las ventanas del edificio en llamas; tampoco por los terroristas o los destrozos o los funerales, sino por los ojos agigantados por el espanto, por los que se tapan la boca, lloran en silencio o gritan. Lo primero son las fotografías de la gente que miraba lo que sucedía la mañana del 11 de septiembre de 2001 donde estaba el World Trade Center que, a partir de ese momento, pasó a ser el Ground Zero.

Entrar en "el 9/11" -así le dicen, a secas, y si bien podría ser una alusión al número de las llamadas de emergencia, refiere a la fecha, primero el mes y después el día, del atentado -implica resignar por unas horas el ritmo encantador de las calles de Manhattan.

Había estado antes en este mismo lugar varias veces, en otros momentos de la historia. De chica, junto con mi padre, miramos hacia arriba, admirando esos rascacielos infinitos, pero no subimos. A mis veintipocos fui una efímera habitué -durante el corto tiempo que residí en la ciudad- de las fiestas cool para estudiantes que se hacían en el piso 64 u 83 (ya no recuerdo), cada miércoles. Volví hace una década, había una obra en construcción montada en el cráter que había dejado el horror.

Ahora entro en el museo con mi familia. Vamos a recorrer juntos las huellas, a palpar las cicatrices, de algo que ocurrió cuando mi hijo de 14 todavía no había nacido. Mi hija de 17 verá lo que yo vi por televisión desde Buenos Aires durante todo un día -y los que siguieron-, mientras la amamantaba. Me recuerdo llena de angustia e incertidumbre, tratando de entender cómo se iba a reconfigurar el mundo, preguntándome si era posible levantar algo desde la destrucción total.

Hoy, una arquitectura moderna emerge en el predio como la punta de un iceberg; el museo se ve desde afuera como una cúpula vidriada en forma de polígono irregular. Son casi las cuatro de la tarde de un día de verano cuando entramos al edificio y cambiamos el calor por el efecto inmediato del aire acondicionado al tope.

También dejamos la luz por la oscuridad. La exhibición está veinte metros debajo del suelo, ubicada en dos grandes espacios que coinciden con la superficie donde estaban los cimientos de los edificios que fueron derribados por dos aviones de línea repletos de pasajeros y controlados por terroristas.

Seguimos las señales y bajamos por una escalera. Junto a ella se exhiben los peldaños (originalmente ubicados más arriba, en una de las torres) por donde escaparon varios sobrevivientes. Hay una foto de un bombero que guía a un grupo de personas mientras huyen aterrorizadas. Nosotros apuramos el descenso.

Llegamos a un hall amplio donde se exhiben objetos a gran escala. Una inmensa viga de acero oxidado -que alguna vez fue firme esqueleto de un rascacielos- parece un chicle retorcido. Un camión de bomberos está amasijado por el derrumbe. Un mural azul con la frase de Virgilio que dice "Ningún día los borrará de la memoria del tiempo" es la tumba vertical de los restos humanos que aún no se identificaron. La antena que presumía en la cima de una de las torres ahora está acostada, partida, abollada.

"No pictures", indica con más amabilidad que rigor el empleado que custodia el ingreso a la primera de las salas. De ahí en más habrá que hacer silencio y no se podrán tomar fotografías. Somos muchos, avanzamos callados y serios, con la solemnidad de los peregrinos.

De pronto, estamos ante una colección del horror: horas de grabaciones, cientos de filmaciones, miles de fotografías y objetos, muchos de ellos de uso cotidiano. Documentos históricos a los que se suma un video de YouTube aparecido el miércoles, que muestra la caída de la segunda torre y la huida de los sobrevivientes.

Hay carteles de las personas que buscaban a sus familiares desaparecidos. Hay calzados: un zapato taco alto de charol con sangre, unas pantuflas de American Airlines, mocasines, náuticos llenos de polvo y con los cordones aún atados. Hay cascos de bomberos. Manojos de llaves. Credenciales de empleados. Pases de subterráneo. Anteojos aplastados, vidrios rotos. Hay un teléfono de línea calcinado. Están los retratos y las biografías de los casi tres mil muertos.

Las transmisiones de los noticieros giran en loop y se exponen las portadas de los diarios. Junto a las ya conocidas ediciones que al día siguiente informaron sobre los hechos, están los periódicos del 11 de septiembre de 2001. Esos ejemplares tienen los títulos del último día del mundo tal como había sido y ya no volvería a ser.

A un costado, dos pantallas trazan un paralelismo siniestro; son filmaciones de cámaras de seguridad. En una, un molinete no para de girar empujado por las caderas de hombres y mujeres que ingresan a su lugar de trabajo. Son quienes quedarán atrapados cuando los aviones se incrusten en el edificio. En la otra, dos hombres pasan sus bolsos por el scanner de un aeropuerto, son palpados por agentes y avanzan. Son los terroristas que van a convertir el avión al que están por embarcar en arma letal para atacar la Torre Norte.

Es como estar mirando una película conocida: sé qué va a pasar y cómo termina, pero cada escena me captura y sorprende otra vez. Me pierdo, ya no sé desde hace cuánto tiempo estoy recorriendo el museo; seguramente bastante porque estoy exhausta.

Me llama la atención una computadora: es un monitor con el mapa del tráfico aéreo del 11

9; cada lucecita es un avión. Parecen moscas, miles de moscas que se agrupan y vuelven a sus lugares de partida como atraídas por una gota de miel. Muestra cómo evacuaron los vuelos cuando se determinó el cierre total del tránsito sobre el territorio de los Estados Unidos. Desaparecieron del radar 4500 aviones; donde antes titilaban puntos, ahora está todo negro. No puedo imaginarme un cielo tan limpio.

Entramos a otra sala donde se escuchan grabaciones: los llamados de emergencia, las órdenes que se transmitían por las radios de los rescatistas, las voces de las víctimas. "No lo sé, creo que nos están secuestrando", llegó a decir una azafata. "Mi amor, hay un problema con el avión, parece que hay una bomba, pero va a estar todo bien. Creo. Deciles a los niños que los amo. Y a vos también, te amo". El mensaje lo grabó en el contestador automático de su casa una pasajera antes de morir.

En un punto estratégico, descubro una de las muchas mesitas que hay en el museo con cajas de pañuelos de papel. Hombres y mujeres lloran sin disimulo. Tomo un pañuelo y sigo.

Con el título "Al-Qaeda hijackers", se exhiben los retratos de los 19 terroristas que pusieron el cuerpo, los que tomaron los aviones y los estrellaron. Las fotos están en una pizarra negra colgada de la pared a una altura que la separa solo un metro y medio del suelo. El punto de vista que se nos otorga a los visitantes nos da superioridad. Ahí abajo vemos a los autores materiales, los inmolados, los victimarios.

Delante de nosotros va caminando un hombre alto y flaco que lleva un turbante blanco. Aunque no todos los señores con turbante son musulmanes, ni todos los musulmanes son terroristas, ese señor con turbante, acá, asusta. Todos lo miran, yo lo miro. Me avergüenza mi incomodidad sin argumentos.

Antes de la salida está la tienda del museo. El merchandising aparece como si estuviera dotado de algún tipo de poder reparador. Se venden tazas con un dibujo de las torres en pie que brilla en la oscuridad, hay llaveros que tienen la imagen de los perritos que hicieron rastreos entre los escombros, varios imanes decorativos para la heladera y gorras bordadas con la fecha emblemática. También, camiones de bomberos de juguete. Pero no son coches destrozados como los que vimos, estos están impecables; son para que los niños se diviertan.

Alguien, en algún lugar, podría estar celebrando que seamos tantos los que venimos acá a reconstruir horrorizados el día en que unos tipos se propusieron algo grande -desmesuradamente grande- y lo lograron. En este museo se expone la efectividad del Mal y yo me pregunto si alguien, en algún lugar, se estará riendo, triunfante, de nuestro dolor.

Nos vamos. La ciudad sigue latiendo ahí afuera

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