Entre lo soñado y lo posible

Diego Sehinkman
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9 de septiembre de 2018  

Como si mirara un partido de tenis, Macri gira la cabeza para un lado y para otro. Mira al Sur, a ver si aparecen los dólares enterrados. Y al Norte, a ver si aparecen los dólares prestados. El futuro del gobierno depende del sur kirchnerista que lo subsidia con capital simbólico ("no somos corruptos como los K") pero sobre todo del norte prestamista, del FMI. Sin embargo, Macri sabe que debe controlar al dólar porque "corrida mata cuaderno" y, como resumió un taxista, "este país tolera a un corrupto pero no a un inoperante". Al momento de terminar esta columna el apoyo de Trump, la proximidad del nuevo acuerdo con el Fondo, el diálogo con los gobernadores por el presupuesto y el permiso de Lagarde para que Caputo intervenga sobre el mercado de cambios habían sosegado al billete y a los temerosos inversores. La confianza es una emoción compleja, de construcción lenta y destrucción veloz. Los bonistas nos temen. La Argentina te defaultea y después te regala flores y te dice que no lo volverá a hacer.

Varias veces dijimos en esta columna que nuestro país opera bajo la lógica del autito chocador: hasta que no choca no dobla. Ver al camión del default viniendo de frente hizo que una parte de la oposición aceptara discutir en serio el déficit y obligó al gobierno a ir en contra de su ADN desregulador: tuvo que apelar a reforzar Precios Cuidados, reponer retenciones y otros gravámenes. A su vez, bajo el mismo mecanismo psicológico del miedo a lo peor, el campo tolerará la vuelta de las retenciones y buena parte de la sociedad soportará la suba de varios gravámenes diciéndose a sí misma: "prefiero pagar más impuestos a que vuelva el kirchnerismo. Macri es mi Prosegur: pago para que no me vuelvan a entrar".

La pregunta es inevitable: ¿Por qué los únicos consensos en la Argentina se logran bajo crisis? Ahora sí, oficialismo y oposición coinciden en algo: llegó formalmente la Era del hielo.

Es muy importante que luego de los gélidos meses que se pronostican la economía se recupere. No está en juego solo la reelección de Macri sino el futuro de Cambiemos y, con él, la reorganización del sistema de partidos políticos de nuestro país. La coalición de gobierno vino a ocupar el espacio que dejó vacante el radicalismo con la explosión de 2001. Si Macri fracasa, la Argentina volverá a quedarse sin bipartidismo, vital para balancear cualquier pulsión de poder absoluto y expansivo. Pero además una caída del actual gobierno implicaría la pérdida de la cosmovisión que propone. Desde sus años en la Ciudad de Buenos Aires, el Pro intenta implantar conceptos como "eficiencia", "agilidad", "desarrollo", "emprendimiento", "mérito", "esfuerzo personal". Aun con todos los reparos que pueden generar algunos de estos conceptos, Cambiemos cuestiona los grandes significantes de los años 50 y 70, como "patria", "pueblo", "soberanía", "hegemonía", "líder providencial", y contrapropone su propia paleta ideológica. Más modesta, dirán algunos. Más moderna, dirán otros. Pero si fracasa la economía, arrastrará consigo todo. Del mismo modo que el kirchnerismo malversó el significante "progresista", el riesgo de un fracaso de Cambiemos es que malverse cierta idea de modernidad y que vuelva, por la deformación de la nostalgia o el miedo al vacío, la paleta anterior.

Finalmente, es importante instalar una pedagogía del concepto de crisis. Explica el economista Santiago Bulat que "en 2001, el 65% de los depósitos eran en dólares, hoy esa exposición es cercana al 23%". Y que "los depósitos en dólares en los bancos aumentó 2,1% anual en agosto de 2018. Atravesamos una crisis de balanza de pagos que derivó en corrida cambiaria, no bancaria".

¿Por qué no lo explica el propio Dujovne? Y yendo más atrás: ¿por qué se jugaron tanto al endeudamiento sin prever que las condiciones podían cambiar? Hay mil cuestionamientos más. Atravesar una crisis también implica aceptación: no es el gobierno soñado, es el gobierno posible.

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