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7 pecados capitales

Camila Bretón
Camila Bretón PARA LA NACION
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12 de octubre de 2018  • 02:00

Crecí abstemia de preconceptos religiosos. Por eso, muchas veces me quedo afuera de chistes o de ciertas referencias que muchos entienden menos yo. Me suele pasar que leo una noticia sobre una madre que le puso de nombre a su hijo Lucifer y no entiendo qué hay de malo hasta que alguien me lo explica y me cuenta una historia que parece de ciencia ficción pero que muchos creen que está basada en hechos reales.

Algo parecido me pasó con los siete pecados capitales. Me enteré de su existencia recién cuando vi la película protagonizada por Brad Pitt y esa es toda la información que tenía sobre el tema hasta hace algunos días en los que, leyendo en el diccionario la definición de cada uno de ellos, y teniendo en cuenta mi pobre educación religiosa, entendí que en realidad la lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia no son más que distintos comportamientos naturales del ser humano. Pecados caducos, vencidos por el paso del tiempo. Si un monje contemporáneo tuviese que reescribir la biblia hoy para sumar fieles millennials, ¿cuáles serían los nuevos pecados capitales? ¿La hiperconectividad? ¿la indiferencia? ¿el aislamiento?

Sin embargo, ninguno de estos fue incluido por el Vaticano, cuando en 2008 decidió "modernizar" la lista y sumar nuevos pecados sociales: "No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. No causarás pobreza. No consumirás drogas, no te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común (.) y algunos años después, en marzo de 2015, el papa Francisco, en una de sus audiencias generales, volvió a mencionar el tema y dijo que abandonar a los mayores en una residencia hoy es "pecado mortal".

La prima de mi papá era monja. Pertenecía a la congregación Hijas de María Auxiliadora de la iglesia católica. Durante su vida trabajó en distintos colegios del conurbano bonaerense y en el interior del país hasta que tuvo un infarto y la internaron en el hospital público de San Isidro, cerca de la casa de su hermana, donde esa tarde había estado de visita. Como tenía dirección en Moreno, los médicos del hospital municipal decidieron trasladarla a la institución correspondiente a su partido para ser intervenida. Pero la ambulancia de Pami demoró 14 horas en llegar. Cuando finalmente la trasladaron, su estado de salud era tan grave que murió a los pocos días. En ningún momento las autoridades de la institución a la cual ella era devota ofrecieron pagar una ambulancia privada.

Algo parecido le pasó al hermano de mi abuela, cura salesiano, cuando en su vejez enfermó. Su familia, al notar las condiciones precarias en las cuales este hombre intentaba sobrevivir en una de las residencias de la Congregación, decidió hacer una vaquita y pagarle la cuota mensual de un geriátrico hasta el día de su muerte.

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