Un viaje a las sierras con el fuego como protagonista

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Fuente: Archivo
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7 de septiembre de 2018  • 01:48

Un invierno viajamos a San Marcos Sierras con una amiga y una expareja. Al principio viajaría solo, para pasar unos días en una posada pequeña frente a una sierra baja. Pese a ser baja, cuando subíamos al atardecer a ver la puesta de sol, la mirada alcanzaba el lago del embalse en Cruz del Eje hacia un lado y, del otro, el murallón azulado de las sierras grandes.

La posada tenía reglas claras. Solo podían hospedarse ahí personas mayores de dieciocho años, en los cuartos no encontraríamos televisores y se almorzaba exclusivamente comida vegetariana. Como había sido vegetariano entre los veinte y los cuarenta años, pensaba que esos días allá me devolverían ideales modestos del pasado. Me había vuelto vegetariano por convicciones "filosóficas" e incluso había leído libros doctrinarios sobre la cuestión. El título de una de esas obras vuelve en sueños a veces: Sois todos sanpaku. Además de esa extraña segunda persona del plural, me impresionaba el significado del término, que indicaba un desequilibrio que se curaba, según ese manual de macrobiótica, comiendo arroz integral y verduras (no todas).

Ya conocía San Marcos Sierras. Una amiga escritora, casada con un inglés, había vivido en el pueblo por más de diez años. Con ella y su hijo habíamos caminado juntos a la hora de la siesta hasta el río Quilpo. Tal vez aburridos, nos siguieron unos perros desde la plaza del pueblo. También conocía a los dueños de la posada. En un verano me habían contado que después de años de vivir en Buenos Aires, hartos de la contaminación, el estrés y las malas noticias habían decidido mudarse a las sierras. Primero habían comprado un "terrenito" y edificado la casa; el resto vino después, cuando advirtieron la fascinación que sentían parientes y amigos que los visitaban. Decidieron hacer un negocio y crear la posada.

Los tres visitamos el Museo Hippie del pueblo, subimos al cerro coronado por una cruz y escuchamos folklore en las fondas que rodeaban la plaza. A la noche enmudecíamos cuando mirábamos el cielo estrellado de regreso a la posada. En una hora podíamos ver más estrellas fugaces que autos. Y también estaban los perros a los que, por más simpáticos que nos cayeran, no debíamos alimentar. No siempre obedecimos esa cláusula.

Una mañana durante el desayuno (miel, pan integral, mermelada y budines caseros, etcétera) el dueño de la posada informó a los huéspedes que esa noche celebrarían el ritual del fuego. En el centro de un enorme círculo marcado con piedras, preparó un círculo más chico con otras piedras más pequeñas y nos pidió que juntáramos, como en un poema de Mercedes Araujo, ramas, jarillas y alimento para que aquel no fuera "un fueguito miserable". Sigue en la mente el poema de la escritora mendocina: "Los tallos flacos/ reflejan juncales carnosos/ y bailan frenéticos./ Así es el fuego// parece que ocurre/ en el centro ardiente/ de la combustión luminosa/ pero es en los bordes/ allí/ devora/ crece/ y se alza". El fuego, como se comprobó esta semana en el Museo Nacional de Brasil, en la ciudad de Río de Janeiro, podía destruir la memoria de siglos en instantes.

Con grados diferentes de entusiasmo, los tres participamos de la ceremonia. En el pasado al fuego le habían dedicado altares, el fuego había ardido en templos desde los años más remotos, se le tributaban ofrendas y se lo había tratado como a un ser más del universo. También había sido y era motivo de reunión, como pasaba con nosotros en esa noche invernal bajo las estrellas, para conversar sobre el fuego y el paso del tiempo (que podría considerarse un combustible).

Esa noche de vacaciones de invierno prestamos atención al sonido del fuego: parecía una lengua chasqueante y rápida, y también anciana, que hacía más oscuro el silencio del monte. Cercado por las piedras, el fogón crecía mientras le arrojábamos las ramas y los yuyos secos que habíamos juntado durante el día. El dueño de la posada nos aconsejó que en silencio le rogáramos al fuego que se llevara la melancolía, el desánimo o la inercia. Además de darnos calor e iluminarnos por un rato, el fuego también tenía el poder de purificarnos.

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