Emotivo poema para mujer sola, para una gran actriz

Inmenso trabajo interpretativo de Malena Figó
8 de septiembre de 2018  
Soy una canción. Libro: Paula Marull. Dirección: Marcelo Moncarz. Intérprete: Malena Figó. Escenografía y vestuario: Jorge López. Iluminación: Sergio Iriarte. Teatro: Hasta Trilce, Maza 177. Funciones: domingos, a las 17. Duración: 50 minutos. Nuestra opinión: muy buena

No es que el director Marcelo Moncarz no haya trabajado con elencos numerosos, para nada; tiene en su camino una vasta experiencia, pero de un tiempo a esta parte parece haberse fascinado por el universo femenino y esta suerte de confesión que provocan los monólogos. Ya transitó Mi querida, de Griselda Gambaro; La maldecida de Fedra, de Patricia Suárez, interpretado por Eleonora Wexler y que a partir de este mes retoma sus funciones los lunes, y, desde el año pasado, sube a escena Soy una canción, el texto para un solo personaje que escribió Paula Marull y que actúa Malena Figó, que en una primera versión había hecho Laura Conforte.

Este texto tan bello como triste se trata de un monólogo, una especie de pensamiento estirado, una conversación que tiene una mujer consigo misma. Ella ensaya -¿quién no lo ha hecho en su completa soledad?- lo que debería decirle a este hombre que la maltrata para que el dolor cese, para ponerle un punto final a este martirio. Un pedido de auxilio en silencio, un grito ahogado. Es desgarrador, y esa rumiación mental de la que somos escuchas no ofrece demasiadas acciones -por no decir ninguna-, así que quedará en manos de la destreza de la actriz, la notable y sensible Malena Figó, que a través de su cuerpo, su voz -por momentos susurra, en otros grita y esa progresión del volumen es notable y pertinente- y sus gestos les dará espesura a las palabras del texto. Y entonces, en esa intimidad abrumadora, los espectadores tendrán la certeza de ser testigos privilegiados de su dolor. "No te gusta mirarme y otras veces no te gusta hablarme. Rara vez se dan las dos cosas, mirarme y hablarme, al mismo tiempo", dice ella y abre su pena.

La protagonista de esta pieza no se despega de su sillón. Parece encontrar allí el refugio necesario, la mínima protección para subsistir. Como si no tuviese el derecho de moverse mucho, la mujer sufriente se acurruca, se para, se sienta, ya no le cabe el dolor en el cuerpo. No hay más escenografía que un sillón y algunos juegos lumínicos que marcan diferentes climas, la intención está puesta en el texto, frágil y poderoso a la vez, lleno de detalles, de cosas simples, cotidianas que de a poco van creando el mundo de esta mujer. Y en esos detalles, ricos, aparece con fuerza el sello de Paula Marull ("Vuelve", "Yo no duermo la siesta"). Ese sello que sabe bien que el mundo está hecho de pequeños gestos, de sumatoria de recuerdos, ese sello que distingue los olores y que reconoce la poesía de la vida cotidiana. Y aunque aquí se trate de un poema triste no deja de ser hermoso escuchar decir a una mujer: "Quiero decirte palabras poderosas; amor, verdad, dolor, vida, muerte, perdón, y se me acaban. ¿Cuántas palabras hay para nombrar cosas enormes? ¿Seis? ¿Siete? Las digo todas. Nada sucede".

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