Demasiado ruido y muy pocas nueces

Elenco dispuesto, en estaciones confusas
8 de septiembre de 2018  

Último tren a Shakespeare. D ramaturgia y dirección: Cristian Vélez. Intérpretes: Luciana Bettini, Gastón Courtade, Ezequiel Davidovsky, Cecilia Milsztein y Cristian Sabaz. Escenografía: Bea Blackhall. Vestuario: Marcela Di Tomaso. Iluminación: Fermín González. Música: Daniel Santillán. Sala: Carlos Carella, Bartolomé Mitre 970. Duración: 60 minutos / Funciones: sábados a las 16. Nuestra opinión: regular

Una compañía teatral busca evitar el relegamiento a la estación de reciclaje, aparente destino final de actores ante una supuesta caída en desuso de las representaciones escénicas. Un tren con vagón de carga está listo para llevarlos a la papelera donde terminan depositados el antiguo arte teatral y sus protagonistas.

Surge entonces entre los actores la idea de recurrir a William Shakespeare para mostrar la vigencia del teatro. Y ahí nomás comienzan a aflorar fragmentos de sus textos en tono declamatorio, introducidos por una discusión sobre la locura o cordura de Hamlet. Se cruzan las espadas, con la consecuente muerte de Laertes, tocado por el veneno que en verdad estaba destinado al Príncipe de Dinamarca, sin que se entienda bien a qué viene tanta intriga. No importa. Sigue la historia del amor trágico de Príamo y Tisbe, con muro y leona incluida. Y luego la de Romeo y Julieta, desarrollada con mayor extensión.

La exacerbación de los gestos y pequeños comentarios al margen mueven a risa en la platea. Más allá de ello, quienes no estén al tanto de las tramas urdidas por Shakespeare -probablemente, la gran mayoría del público infantil- permanecen ajenos al argumento de los fragmentos representados en forma un tanto precipitada.

Parece contradictorio, cuando Último tren a Shakespeare, escrita y dirigida por Cristian Vélez al frente de la Compañía La Pared Invisible, reivindica el placer de vivir historias recreadas sobre un escenario teatral, frente al dominio de videojuegos y celulares inteligentes en las preferencias contemporáneas de la infancia. Es frecuente que en el teatro de los chicos se recurra a Shakespeare. Romeo y Julieta es la más popular en este sentido, pero también Sueño de una noche de verano y La tempestad han sido adaptadas con éxito a la escena infantil, generalmente apelando al humor, pero sosteniendo la esencia de la trama. Y el mismo bardo de Stratton upon Avon ha sido tomado reiteradas veces como figura que simboliza el quehacer teatral en su conjunto.

Pero al optar por la gracia del instante, dejando la trama de aliento largo en una nebulosa un tanto confusa, se está reduciendo la propuesta de Último tren... de alguna manera a un formato que replica el chiste breve de la foto armada en Snapchat o el gag del show televisivo.

El tren que amenaza llevar a la compañía de actores a la papelera de reciclaje hace sonar una y otra vez su sirena. El elenco logra finalmente torcer su rumbo para afirmarse sobre el escenario, la denominada "estación del juego". Pero la justificación de esta salvación del teatro se queda en una expresión de deseos declamada bajo el título ilustre de Shakespeare. Demasiado ruido y pocas nueces.

Por: Juan Garff

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