Una crisis tan argentina que asusta

Héctor M. Guyot
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8 de septiembre de 2018  

Tal como en los individuos, también en las sociedades laten pulsiones autodestructivas. Basta repasar nuestra historia reciente para advertir que la Argentina cede con facilidad a la llamada del desastre. Por momentos, todo parece indicar que aquí estamos de nuevo, dejándonos ir hacia una espiral impredecible pero de final conocido que nos aterra y fascina por igual, a la que desafiamos con la inconsciencia de un niño.

No hablo de aquellos que tienen el caos como único aliado, como último recurso para salvar el pellejo. Esos buscan ese final de manera consciente. Hablo de quienes por necedad o ligereza se van de boca sin medir sus palabras, como si se tratara de un juego, de un reality en el que hay que parecer el más listo, o en el que es preciso actuar nomás para que el show no se detenga y para seguir siendo protagonistas de la función. Todavía no se ha medido el daño que la hipercomunicación, la multiplicación geométrica de la palabra, el horror al silencio, le han hecho al cuerpo social. En la sociedad de la opinión permanente se escuchan cosas que producen escozor. En los programas de radio y TV, en las redes, en los medios en general. Todo eso se convierte en el aire que respiramos. Parecería que son muchos los que, a la vera del volcán, esperan con expectativa el momento de la erupción. Quieren recrearse con los fuegos de artificio, pero olvidan que si eso ocurre la lava los tapará a ellos también.

Es probable que la realidad objetiva sea menos peligrosa que los argentinos. En otras manos, en otras sociedades, una crisis como la que nos aqueja sería abordada seguramente con mayor seriedad y menos tremendismo, y las posibilidades de superarla y de controlar sus daños serían mayores. Pero aquí estamos, en medio de esta crisis tan argentina, mareados por el "efecto déjà vu", aun cuando muchos expertos han señalado las diferencias económicas y políticas de este momento histórico respecto de otras crisis que han terminado muy mal.

Para que la lava esta vez no nos tape, habría que deponer o atenuar dos atributos nacionales que siempre han jugado a favor del desastre: la irresponsabilidad y la vocación confrontativa. Y los primeros en hacerlo deberían ser los dirigentes políticos. Dicen que esto nos pasa por vivir por encima de nuestras posibilidades. Pues bien, de ellos han sido los excesos más graves, desde la costosa avivada de nombrar legiones de asesores y empleados en virtud de un clientelismo atávico hasta el delito aberrante del saqueo sistemático perpetrado durante el último gobierno peronista. Lo mínimo que se les puede exigir en este trance es desprendimiento y responsabilidad.

En el discurso de sus dirigentes, el peronismo simula que no tiene nada que ver con a crisis. Pero su última encarnación, además de vaciar las arcas públicas a conciencia y con obsesiva eficacia, dejó la economía al borde del colapso y al Estado con un déficit y una sobrepoblación de empleados insostenibles. La ráfaga que llegó del norte fue un soplo de verdad: ya no podemos engañarnos. Así estamos. Así nos dejó la década ganada. Solo serán parte de la solución aquellos peronistas que, sobre la base de una mínima autocrítica, adviertan que para luchar por el poder primero hay que tener un país que todavía se mantenga en pie. Los que solo vean en estos meses de zozobra la oportunidad de lavar sus pecados y dañar al Gobierno para regresar en 2019 nos devolverán a la senda de un populismo terminal.

La crisis que vino del norte también le mostró al Gobierno cómo estamos. Está muy bien ser optimistas, pero a quienes tienen las riendas del Estado también se les debe exigir máxima responsabilidad en estos días. Estamos ante un ajuste severo que no han podido hacer hasta ahora. La crisis económica es un acicate para actuar, pero al mismo tiempo es un apremio que complica el escenario. Para tener éxito, el Gobierno necesita recuperar el poder político que gastó en tres años de gestión, y el sainete del recambio ministerial que macristas y radicales protagonizaron el fin de semana en Olivos no permitió vislumbrar una coalición a la altura de las circunstancias.

Por fuera juegan los que no apuestan a la recuperación del país, sino todo lo contrario. Aunque la causa de los cuadernos haya perdido centralidad, en Comodoro Py siguen trabajando. "Ni en tiempos de la Inquisición se atrevieron a tanto", ha dicho para la tribuna la dueña de los domicilios a los que, según exfuncionarios, iban a parar los bolsos. Otro ejemplo de que en la era de la opinión la crisis se dirime en el campo de la batalla cultural, esa que el Gobierno anunció sin atreverse a dar del todo. Aun está a tiempo.

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