El desafío de aprender a quererse

8 de septiembre de 2018  

La primera vez que se sintieron sus padres no fue cuando los llamaron mamá y papá, sino cuando les dieron un abrazo. Y aunque siempre es difícil decir cuándo es que un papá o una mamá se enamoran perdidamente de sus hijos mientras se van conociendo, suele haber algún hito asociado que queda grabado en la memoria.

Vanesa Hernández y Mauricio Giraudo habían decidido que querían el bochinche de una familia grande, pero nunca les importó cómo. Durante años no se cuidaron y cuando se dieron cuenta de que el embarazo no venía, en lugar de hacerse algún tratamiento, decidieron adoptar. Primero esperaron hasta que los dos estuvieran listos y recién entonces, más de un año después, empezaron con los trámites. La espera no fue una espera. Si los hijos venían, mejor. Si no, su familia sería de a dos. Cuando los llamaron del juzgado, un año y tres meses después, estaban programando un viaje de mochileros a Europa.

Tomaron en sus brazos a Jeny, esa beba de tres meses y pelo bien negro, y estaban esperando que se pusiera a llorar, pero ella se acomodó plácida; parecía que acababa de tomar la leche. Todo en esa nena les parecía perfecto: el lunar debajo de su ojo derecho y la forma rasgada de los ojos, la manera de mirar.

A los cuatro años decidieron buscar otro hijo y empezaron con los trámites de adopción. Cuando, un año y medio después, los llamaron para ofrecerles tres hermanitos de 6, 8 y 9 años, se quedaron helados. Dudaron mucho, pero al final se dijeron "¿por qué no?". Y se lanzaron a la aventura.

Desde entonces fue desarmar una familia de tres para armar otra de seis. Fanny, Diego y Juan Jesús los enamoraron con aquel abrazo. "La invasión extraterrestre se sintió cuando vinieron a casa por primera vez", cuenta Vanesa. Para Jeny, no fue fácil. Entraban a su cuarto sin permiso, le sacaban los juguetes, saltaban en la cama a los gritos, hacían cofradía y la dejaban de lado. Un día en la playa ella los corría y les daba la mano, una vez a uno, una vez a otro, y ellos se la soltaban; no la dejaban entrar.

Tampoco fue fácil para ellos su nueva vida. Cada noche, uno de los chicos se hacía pis en la cama y no sabían cómo ayudarlo. Mauricio se levantó una madrugada, lo abrazó fuerte y le dijo que él podía, que no estaba solo, que él estaría allí hasta que lo lograra. Durante ese tiempo, que se recuerda lento, interiormente cada uno de ellos se preguntó qué estaban haciendo. Muy de a poco, con paciencia, con amor, con apoyo de una psicóloga para Jeny, lo fueron logrando. Los días en que Jeny estaba bien, salía el sol y parecía que avanzaban. Los que no, todo tambaleaba.

Se asentó de a poco la familia y también las ojeras y las canas: ya no había tiempo para peluquería, ni café con amigos ni vernisage. Porque al principio todo lo que había era trabajo y familia. Y sí, cuatro hijos llevan una energía inimaginable.

Habían tomado la decisión por impulso. Siempre estuvo la certeza de que la angustia iba a pasar ("porque todo pasa, hay que bancarla"), que con amor y responsabilidad cada piedra es un desafío que se va atravesando, en un camino que vale la pena.

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