Disentir ¿es malo, grave, o enriquecedor?

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
(0)
8 de septiembre de 2018  • 00:14

Es muy cómodo pensar igual que nuestro cónyuge, o que nuestros hijos, alumnos, gobernantes, jefes, hermanos. Pero no siempre, en realidad pocas veces, ocurre de esa forma; de todos modos el problema no empieza en el desacuerdo -que en sí puede ser muy rico- sino cuando no podemos escuchar respetuosamente porque creemos que tenemos toda la razón y que el otro está completamente equivocado. Nos sentimos los dueños de una única verdad. Y lo mismo ocurre cuando es el otro el que piensa así.

Nos ponemos a la defensiva: elevamos el tono de voz, y también el tono corporal, buscamos que el otro nos escuche y convencerlo; cada vez rigidizamos más nuestra posición, hasta el punto de perder la capacidad de escucha, la apertura y la flexibilidad. Es tan grande el esfuerzo por defendernos o defender nuestro punto de vista que nos encerramos en nuestra postura.

Para crecer, enriquecernos y aprender no podemos estar en esta modalidad "a la defensiva" porque crecemos cuando no necesitamos defendernos ni atacar; cuando estamos a la defensiva quedamos en estado de alerta, poseídos por nuestro cerebro primitivo, y no podemos usar nuestra corteza cerebral para integrar aquello que sabemos con lo que el otro piensa o sabe de modo de llegar a un pensamiento dialéctico, que nos permita alcanzar una rica síntesis entre mi tesis y la antítesis que el otro me presenta. Si no salimos de la posición defensiva, no podremos hacerlo.

Es importante definir cuándo el otro es realmente el enemigo del que tengo que protegerme -lo que ocurre muy pocas veces- y cuándo me ofrece otra visión de la realidad que yo no había tenido en cuenta y que puede enriquecer la mía, incluso ayudarme a cambiar o ampliar un poco mi postura. En una situación ideal, las dos partes deberían entenderlo, deponer las armas -o ni siquiera tomarlas- y escucharse, no alcanza con que uno lo haga, especialmente porque el que no las depone nos foguea con sus gestos, argumentos y modos y seguramente logre que volvamos a caer en la falsa dicotomía de "yo tengo razón y vos estás equivocado".

Cuando creemos ser los únicos dueños de la verdad no podemos escuchar y nos vamos a enardecer mucho tratando de hacer oír nuestra verdad pero no aprenderemos nada. Cuando en cambio intentamos ver qué parte de la realidad está viendo nuestro interlocutor -la que se nos escapa a nosotros- y cuando mi interlocutor hace lo mismo, no estar de acuerdo puede ser una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Esto ocurre en todos los ámbitos de la vida, lo vimos hace poco con mucha claridad en el tema del aborto, resultaba muy difícil sumar o integrar ideas porque los fanatismos de uno y otro lado no hacían más que agrandar la distancia entre ellos.

Me interesa particularmente este mecanismo cuando hablamos con nuestros hijos. Ellos, porque son chicos y les falta experiencia y madurez, tienden con facilidad a creerse dueños de la verdad, a no escuchar, a decirnos "¡no tenés ni idea!", o "yo sé". Aprendamos los adultos a escucharlos sin perder la calma, siempre habrá tiempo para decir que no, para corregir ideas equivocadas y para educarlos, pero un comentario nuestro del estilo "no digas pavadas" o "con vos no se puede hablar" no hace más que agrandar la distancia e imposibilitar la escucha, incluso nos convertimos en modelos de no escucha.

Al no alarmarnos ni subir el tono, al preguntar con verdadero interés por interiorizarnos en su postura, al no interrumpirlos, al hacer comentarios pertinentes, al interesarnos por su forma de ver las cosas, vamos a lograr lo que buscamos: que nuestros chicos abandonen la postura defensiva y puedan escucharnos. Y quizás entonces alcancemos juntos una síntesis que contemple las dos posiciones aparentemente contrapuestas y que seguramente pueden complementarse al soltar esa desgastante e innecesaria pelea.

Y en ese semillero que cada familia ofrece puede (y ojalá sea así) que las próximas generaciones aprendan a disentir de manera constructiva...

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.