Alta fidelidad. Balada para un chico que vivió demasiado poco

big star
9 de septiembre de 2018  • 00:50

La canción empieza con una frase universal que asoma trémula entre los chispazos de un arpegiado en cuerdas de acero. "¿Me dejarías que te acompañe a tu casa?". Así más o menos empieza el amor cuando la infancia se va perdiendo en el espejo retrovisor y lo que viene es un territorio tan prometedor como desconocido. La grabaron en 1972 tipos que apenas pasaban los veinte en un disco que se llamó #1 Record pero que pasaron sin pena ni gloria hasta que el rock indie los redescubrió en los 90 (y terminaron en la apertura de la magnífica serie That 70's show). Para colmo de males se llamaban Big Star y le hicieron poco honor al nombre con una historia desgraciada, abandonados, justamente, por la estrella de la suerte. Aún así, la historia los redimió pues Alex Chilton y Chris Bell quisieron ser unos Lennon y McCartney de Tennessee y escribieron un puñado de canciones perfectas que solo necesitaron de un aliado para dar la vuelta al mundo: el tiempo. Una es esta que al escucharla hace con uno lo mismo que los chicos y las chicas harían sobre un árbol al tallarle dos nombres enmarcados en un corazón. La canción se llama "Thirteen" (trece) y es eso: los trece años de alguien, en una ciudad de provincias. La canción sigue: "¿Podríamos encontrarnos en la pileta, quizás el viernes consiga entradas para el baile y te lleve".

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El amor a los 13 da un poco de miedo. No se lo puede evitar porque está ahí golpeando la puerta pero tampoco se lo asume del todo porque no se sabe que hacer con él. Con la música pop es lo mismo. Aquello que nos atrae al mismo tiempo nos resulta misterioso, nos repele. Esta semana en el cine, junto a desconocidos, me sentí sobresaltado con el tráiler de "La Monja". Hace tiempo que no registraba en una audiencia, con esa eficacia, esa forma del entretenimiento que es el terror. Mi hija me hizo notar que acaso mi reacción tuviera que ver con mi educación religiosa porque a ella, laica de pies a cabeza, no le hizo tanto efecto la transformación mefistofélica del personaje. Me puse a pensar entonces en mi gótico personal e intransferible muchas veces cruzado por el impacto del tenebrismo cristiano. La tapa del álbum Queen II toda negra donde Freddie Mercury parecía muerto con las manos cruzadas sobre el pecho. El sombrío instrumental que abría el disco llamado "Procesión", eso daba tanta curiosidad como miedo y uno sentía "fear of music" (miedo a la música), como le pusieron los Talking Heads a su mejor disco. Mark Rothko dejó escrito que quería que quienes miraran sus pinturas sintieran lo mismo que él al momento de ejecutarlas. Conozco a una artista que frente a uno de sus monocromos se largó a llorar desconsolada. Con "Thirteen" pasa un poco eso. La voz de Alex Chilton nos deposita de golpe en un momento único de la vida, son dos minutos cuarenta y tres segundos de la mejor película que se haya cantado sobre la temprana adolescencia. "¿Me dejarías que te acompañe a tu casa?". Así más o menos empieza todo.

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Es probable que una balada acústica grabada en Estados Unidos por unos tipos de pantalones anchos y sacos de terciopelo no diga nada de la vida en Saénz Peña, provincia del Chaco. Definitivamente no es la banda sonora de la vida de un adolescente temprano en una de las regiones más castigadas por la desigual distribución de la riqueza (¿que otra cosa es la "pobreza"?) en este país. Sin embargo sus palabras alcanzan porque si no fuera encontrarse para ir a la pileta como dice la canción sería para andar en bicicleta o cualquier otra cosa. De Ismael Ramírez se han publicado fotos falsas y se han hecho especulaciones acerca de donde salió la bala que lo asesinó. Su maestra hizo circular una fotografía donde se lo ve terminando de armar una cartel para el día del niño. Tenía 13. Quizás estaba a punto de acompañar a alguien de vuelta a su casa desde el colegio. Quizás más adelante conseguiría entradas para invitar a esa misma chica o chico a una fiesta. "Thirteen" nos recuerda ahora las cosas que Ismael Ramírez de Saénz Peña, Chaco, nunca podrá hacer.

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