El proceso más incierto y riesgoso de Brasil

Alberto Pfeifer
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8 de septiembre de 2018  

SAN PABLO.- La puñalada a Jair Bolsonaro rasga la historia política brasileña en dos períodos. Instila, a cortísimo plazo, un ingrediente insólito en un proceso electoral demasiado indefinido, incierto y riesgoso. Profundiza las divisiones ideológicas a mediano plazo, lo que torna más costoso el próximo mandato, sea quien sea el ganador en las elecciones de octubre. Y a largo plazo fertiliza las bases para una reorganización partidaria, ya en transcurso, basada ya no en intereses de clases y en prácticas clientelistas acordes con lógicas regionales, sino en recortes ideológicos pasteurizados y superficiales.

Las elecciones del 7 de octubre son las más complejas de la historia del país. Cuatro factores así lo definen:

1. La dificultad del voto: se elige a seis candidatos para distintos cargos ejecutivos y legislativos, federal y estatal, algo no trivial para una población de mediano nivel educacional.

2. La nueva legislación más estricta, que restringe el financiamiento, el acceso a los medios, el tiempo y los actos de campaña.

3. El descrédito del sistema partidario a raíz de las investigaciones del Lava Jato y otras afines.

4. La situación del principal personaje del juego, Luiz Inacio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores, PT), condenado a 12 años de prisión por corrupción y blanqueo de capitales, por lo que resulta inelegible.

Bolsonaro se posiciona en el espectro electoral como el anti-Lula, el anti-PT, el anticomunismo. Dice que va a salvar a Brasil del peligro rojo, de la tendencia comunista que lleva el país hacia el destino de la caótica Venezuela. Teatraliza con gestos beligerantes que se parecen mucho a los de Hugo Chávez en la campaña de 1998. El exmilitar Bolsonaro, diputado federal por Río de Janeiro por siete mandatos, es un personaje del sistema que hoy rechaza por medio de la acentuación de la espuria polarización iniciada por el propio PT.

Lula, el PT y sus aliados siguen gritando "golpe" y descalifican las instituciones republicanas que ellos mismos condujeron.

Sin embargo, hasta anteayer, se presumía que la convivencia política, a pesar de sus inherentes pecados, se basaba en un código de conducta implícito de respeto mutuo. La estocada de Juiz de Fora muestra las entrañas del poder y tiñe de sangre lo que será un resentimiento permanente. No importa que el perpetrador sea un lobo solitario esquizofrénico perturbado; su motivación ideológica y su militancia izquierdista denotan que la escalada polarizante cruzó el Rubicón de la convivencia cordial y penetró el sendero de la intolerancia, algo nuevo en el Brasil republicano, en particular en el período de la redemocratización, de 1985 en adelante. Bolsonaro, con una lenta recuperación por delante, dejará la calle en la que se mueve bien y arrastra hordas fanáticas, cristalizará el apoyo de sus seguidores y atraerá simpatizantes conmocionados con su martirio casual.

Por otra parte, quien reemplace a Lula tendrá dificultades adicionales de afirmarse entre los votantes que se guían por el carisma y la pasión. El campo de la racionalidad podrá ganar votos de los que entiendan que se ha ido demasiado lejos, que es hora de un freno. El problema es que la media cancha centrista está congestionada por una línea de candidatos que se traban entre sí: Marina Silva, Ciro Gomes, Geraldo Alckmin, Álvaro Dias, Henrique Meirelles y João Amoedo.

El ballottage del 28 de octubre cambiará el juego: cualquiera que vaya a la segunda vuelta tiene chance real de victoria, contando con el rechazo a Bolsonaro y al candidato del PT. De lograr la victoria a gobernar en un escenario de radicalización ideológica y fragmentación partidaria, con un nuevo Congreso fragmentado, sin mayorías consolidadas y bajo un contexto de grave crisis fiscal y reacomodamiento partidario, habrá un complicado camino.

El autor es coordinador del Grupo de Análisis de Coyuntura Internacional de la Universidad de San Pablo

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