Esteban Andrada ataja muy bien y Boca esconde en él sus problemas defensivos

El momento en que Andrada le tapa el mano a mano a Espíndola, en el arranque del partido
7 de septiembre de 2018  • 23:59

Cualquiera que haya prendido la televisión en el momento en el que el partido había finalizado bien pudo imaginarse una derrota de Boca a partir del rostro serio de Guillermo Barros Schelotto, inmóvil en el banco de suplentes. En realidad, el xeneize le ganó 2-0 a San Martín de Tucumán y se clasificó a los octavos de final de la Copa Argentina, en donde se medirá con Gimnasia. Pero sus hombres mostraron una pálida imagen en toda su organización, desde la defensa hasta el ataque. Y si ese mismo resultado no se lo llevó el Santo, sobre todo por lo hecho en el primer tiempo, fue solo por Esteban Andrada, que con sus manos ganó el encuentro mucho antes de la aparición de los goles de Cardona y Ábila. Hacía tiempo que Boca quería contar con un arquero "gana partidos", cualidad que pocas veces tuvo en Agustín Rossi.

El conjunto de los Mellizos no mereció la victoria, ni mucho menos vencer por dos goles de ventaja. A lo largo de la tarde-noche en Formosa mostró una versión con flaqueza defensiva, desorden, carencia de desequilibrio ofensivo, pifias peligrosas y decisiones con la pelota tan arriesgadas como insólitas que no debieran ser propias de un bicampeón del fútbol argentino. Y el armado de una estructura lenta que hasta hace dudar al propio Guillermo.

El xeneize tuvo escasa reacción ante el dominio de los tucumanos, que salieron a la cancha decididos a faltarle el respeto al rival, en el buen sentido: aprovecharon la extensa siesta de Boca para adueñarse del trámite, tomar la posesión de la pelota y crearle seis oportunidades claras de gol en los primeros 45 minutos.

Pero ahí estuvo Andrada: en el estadio Antonio Romero, no hubo un jugador azul y oro más despierto. Y tuvo una actuación de esas que estaban esperando hace tiempo. No de él, pero sí ante las dudas que dejaron otros nombres que cuidaron el arco en el pasado reciente. Su personalidad, pero especialmente sus manos, evitaron una eliminación que hubiese dejado muchos interrogantes de cara a lo que se avecina en la Copa Libertadores.

A los 12 minutos, achicó rápido y correctamente el mano a mano ante Espíndola; a los 33, despejó un remate movedizo de Arregui desde afuera del área; y poco antes del entretiempo, rechazó con los puños un fuerte tiro libre de Claudio Bieler. En la única que no pudo hacer nada, lo acompañó la suerte: su palo izquierdo le sacó al Taca una volea tan potente como magnífica. Y en el segundo tiempo, su trabajo fue sobrio. Anoche quedó claro que Boca ya no necesita mirar de reojo el apellido que se coloca los guantes.

Hace no mucho tiempo, varios se preguntaban por qué los Barros Schelotto habían decidido buscar un nuevo arquero y relegar a Rossi al banco de suplentes. Los pocos que confiaban en él, argumentaban con algo muy cierto: exceptuando su recordado error de la derrota ante Palmeiras, en la Bombonera, en la que cometió un blooper para el segundo gol de los brasileños, no tuvo grandes responsabilidades en los goles que recibió Boca en el último tiempo.

Pero ayer Andrada expuso lo que sí le faltó al chico de 23 años para consolidarse y ser aceptado desde las tribunas: ganar partidos con atajadas clave. En un equipo grande, las ocasiones elaboradas por los rivales son pocas. Y ahí, claro, el arquero debe aparecer con firmeza. Y destacarse tal como lo hizo ayer para que Boca consiga el pasaje a la siguiente etapa del torneo más federal del país.

"En el primer tiempo no nos salió nada, pero en la segunda etapa mejoramos. La atajada más difícil fue el mano a mano, quedamos mal parados en un contraataque...", reconoció después Andrada.

Los Mellizos deben corregir muchas cosas. En el arco, en cambio, las cosas están claras.