¿Somos realmente diferentes los argentinos?

Juan Carlos de Pablo
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9 de septiembre de 2018  

Cuando se buscan explicaciones de la diferente evolución de las economías de la Argentina y buena parte de los otros países, algunos sugieren que lo que ocurre es que los argentinos somos diferentes de los chilenos, los alemanes y los japoneses. ¿Qué quiere decir esto? Más precisamente, si hubiera alguna diferencia, ¿la llevamos en el ADN y por consiguiente no hay nada que hacer al respecto?

Sobre este tema, entrevisté al inglés David Miles Bensusan Butt (1914-1994), quien se enteró de la existencia de la economía cuando en la biblioteca familiar halló un ejemplar de Consecuencias económicas de la paz, que John Maynard Keynes publicó en 1919. Confeccionó el índice de La teoría general, que Keynes publicó en 1936. Opinaba que la hipótesis de comportamiento maximizador está tan metida en el análisis económico que a cualquiera que la desafíe le puede ir como a Don Quijote luchando contra los molinos de viento. Esto fue precisamente lo que hizo en Sobre el hombre económico, publicado en 1978, su ópera magna, preparada mientras dictó clases en la Australian National University, donde intentó construir una ciencia económica en la que la persona ocupara un lugar central.

-¿Somos diferentes los argentinos?

-No resisto la tentación de mencionar aquello de que el mejor negocio del mundo consiste en comprar argentinos por lo que valen y venderlos por lo que creen que valen.

-Yo le estoy preguntando en serio.

-Es un chiste, que, como bien dijo Sigmund Freud, tiene algo de cierto. No se enoje, vamos a la sustancia. En el plano estrictamente humano, los argentinos no tienen nada de particular con respecto a los seres humanos nacidos en otros países. Es más: el concepto de raza puede ser utilizado en el plano estadístico o discriminatorio, pero no tiene base científica.

-¿Por qué actuamos de manera distinta, entonces?

-Estamos entrando en materia, para lo cual tenemos que ser específicos.

-Explíquese.

-En Montreal, Nairobi y Paraná, los alumnos de los cursos de microeconomía aprenden que la curva de demanda tiene pendiente negativa, entendiendo por tal que si todo lo demás permanece constante, el aumento del precio de un producto reduce la correspondiente cantidad demandada. Esto es universal.

-¿Dónde ubicaría una diferencia?

-Las expectativas son fundamentales para poder entender el comportamiento humano, porque no adoptamos decisiones sobre la base de lo que va a pasar, dado que no sabemos lo que va a pasar, sino que las adoptamos sobre la base de lo que creemos que va a pasar.

-¿Y?

-Como bien explica su compatriota Guillermo Antonio Roberto Calvo, una misma medida de política económica puede generar resultados muy diferentes, dependiendo de la credibilidad que la población tenga con respecto a la perdurabilidad de la referida medida. En su país, una reforma laboral "despiadada", que redujera fuertemente el costo laboral, probablemente generaría despidos y no aumento del número de empleos, porque los empresarios pensarían que rápidamente sería derogada y aprovecharían la oportunidad para sacarse de encima al personal indeseable.

-Usted está diciendo que los argentinos reaccionamos de manera diferente de quienes viven en otros países porque llevamos dentro nuestro experiencias distintas.

-Efectivamente. Utilizan la moneda local para realizar transacciones, pero no como reserva de valor, porque desde mediados del siglo pasado el ahorrista en pesos pierde sistemáticamente con respecto a la tasa de inflación. En esto, seguramente, tienen comportamientos muy parecidos a los que tienen los rusos. ¿Se da cuenta de que no es nada ontológico, sino subproducto de la historia?

-¿Qué se puede hacer al respecto?

-Modificar comportamientos arraigados por décadas de experiencias no es imposible, pero no subestimen el problema. Nissan Liviatan explicó claramente la naturaleza de la cuestión, al plantear la denominada trampa de la incredibilidad: el marido que engañó y fue descubierto está en período de prueba. Su presente es impecable, pero como su pasado no fue ideal, sufre los costos sin obtener beneficios. ¿Para qué me estoy portando bien, si no consigo nada?, piensa él. Y la mujer no ignora que él lo está pensando.

-¿Entonces no se puede hacer nada?

-Yo no diría tanto, pero alertaría contra aquellos que piensan que con un discurso formalmente impecable, muy bien pronunciado, la población hará un clic y comenzará a comportarse de manera diferente. Después de la hiperinflación de 1923, los alemanes no quieren saber nada con el aumento sistemático del nivel general de los precios; ustedes tuvieron una hiperinflación en 1989 y toleran el aumento de los precios.

-¿Qué nos recomienda entonces?

-Como regla general, no hacer experimentos y basar las medidas de política económica en diagnósticos realistas. Si, producto de las circunstancias, los argentinos son desconfiados de los funcionarios y ajustan sus comportamientos a gran velocidad, la política económica tiene que ser contundente y nada voluntarista. Lo cual no quita, cuando la oportunidad lo permita, introducir modificaciones específicas que tiendan a la normalidad.

-Don David, muchas gracias.

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