Señales positivas de la selección en medio de un contexto que juega en contra

8 de septiembre de 2018  • 22:24

Es dentro de ese contexto que debe tomarse el amistoso dela selección Argentina en la medianoche del viernes. Nunca un partido aislado puede ser parámetro de nada y mucho menos en este momento en el que sabemos -o creemos saber- que no hay un entrenador confirmado, y ante un rival como Guatemala, de tercera o cuarta línea mundial. En esta columna no pretendo hacer un juicio de valor ni dar sentencias concluyentes. Apenas comentar lo que pudo apreciarse teniendo en cuenta todas estas aclaraciones previas.

No conozco a Lionel Scaloni, y por lo tanto no parto de ningún tipo de prejuicio. En principio, la ruta seguida para alcanzar su actual posición no me pareció la más adecuada. Ni por parte de la AFA -no debería crearse la conciencia de que un tercer o cuarto ayudante de un cuerpo técnico puede llegar al cargo principal de un día para el otro; ser entrenador de la selección no es cualquier cosa-, ni por parte del propio Scaloni. Desde chico uno aprendió que si se accedía a un puesto dentro de un cuerpo colegiado, el compromiso y la fidelidad obligaban a cumplir el código no escrito de marcharse en el momento de producirse la salida de todos. Los tiempos, evidentemente, también han cambiado en ese sentido.

Pero dicho esto es justo admitir que me gustó la silueta del equipo. Este primer trazo tuvo puntos atractivos. Jugar rápido, con volantes interiores de buen manejo como Lo Celso y Palacios, con un mediocampista central como Paredes o Ascacíbar, que más allá de sus características individuales tienen la misma postura de un 5 que juega a uno o dos toques, bien perfilado y con visión del campo, fueron la base de una actuación que superó lo que esperaba.

Siempre se debe partir de una idea, de cómo el entrenador imagina un desempeño perfecto de su equipo. Y en ese sentido hubo señales positivas. Los jugadores sabían lo que tenían que hacer adentro de la cancha y mostraron conducta para cumplir esas obligaciones. Pero además se vio una buena predisposición para hacer correr la pelota, darle amplitud a la cancha y generar sociedades por afuera, forzar el error del rival y buscar la recuperación de manera inmediata, y para que los generadores de fútbol por dentro reciban con limpieza.

No es poco para un primer partido después de una decepción tan grande como fue el Mundial y tras una etapa de desgobierno y falta de conducción que dejó secuelas que aún se pueden notar en las declaraciones de algunos jugadores, o en el silencio de Lionel Messi, quien no emitió ningún mensaje que responda al rol que tiene dentro del plantel.

Resulta imposible ir más allá de estas pinceladas, entre otras cosas porque ni siquiera sabemos si estamos ante un equipo en formación y porque las decisiones trascendentes todavía están por llegar.

En ese sentido no parece una mala idea que los dirigentes se tomen su tiempo, que reflexionen para delinear los pasos a seguir, siempre y cuando se sigan determinadas pautas. Por ejemplo, dijo el presidente Claudio Tapia en su día que el proyecto debía situarse por encima de los hombres, pero esto será válido si lo confecciona alguien que tenga una mirada abarcativa y un conocimiento verdadero sobre el fútbol. Diseñarlo como corresponde no está al alcance de todo el mundo.

A continuación, quienes lo ejecuten debe ser gente preparada, con un claro sentido de la docencia y la formación de jóvenes. Y por último entiendo que debería tratarse de un proyecto integral, que apunte a la técnica y la comprensión del juego y sea trasladado a los clubes, el lugar donde en realidad son formados los jugadores.

Para encarar un futuro alentador el camino por andar debería respetar algunos de estos parámetros y desterrar los viejos hábitos. Recién entonces, en otro contexto, podremos analizar cada partido de la selección con la profundidad que merece.