Divino amore: alocada cruza entre el absurdo, el kitsch y el melodrama

Marcos Montes, María Merlino, Alejandra Radana y Carlos Casella
Marcos Montes, María Merlino, Alejandra Radana y Carlos Casella Crédito: Carlos Furman/CTBA
Juan Carlos Fontana
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9 de septiembre de 2018  

Autores: Alfredo Arias y René de Ceccatty / Intérpretes: Carlos Casella, María Merlino, Marcos Montes y Alejandra Radano / Arreglos musicales: Diego Vila / Vestuario: Pablo Ramírez / Espacio escénico y luces: Gonzalo Córdova / Sala: Teatro de la Ribera, Pedro de Mendoza 1821 / Funciones: viernes, a las 20, y sábados y domingos, a las 19 / Duración: 80 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Como en los cuentos infantiles de "había una vez", Alfredo Arias exhibe su capacidad artística mediante una fábula teatral: la historia de una atípica familia de comediantes compuesta por Palmi; su esposa, Bianca Doriglia, y su hija Ana María Palmi, artífices de absurdos melodramas religiosos y profanos, que representaban en un sótano de una iglesia cerca del Vaticano, en la Via dei Penitencieri, en los años 60.

Arias se inspiró en estos artistas y, junto con René de Ceccatty, con el que escribieron los textos de Concha bonita y Mortadela, entre otros, despliegan, como en un libro troquelado, las absurdas aventuras de esta familia, que según dicen era repudiada por su "teatro imposible" y su desafío a las convenciones.

Divino amore es una mezcla de music hall y teatro del ridículo, en el que coinciden un relator; Bruna, una actriz disfrazada de monja, y dos cantantes-actores que, como en un acto de transmutación, abordan varios personajes, desde Salomé hasta una decadente bailarina que asume con desopilante hilaridad las figuras de un cisne negro, que agoniza en escena, o una femme fatale andrógina mezcla de Grace Jones y chica Almodóvar, que se destaca por su sensualidad y su voz, dejando azorado al público, papel que le permite a Carlos Casella mostrar su excelencia interpretativa.

Dividido en tres cuadros, en el primero, "Diálogo con un espectro", Carmelo, un relator (a cargo de un muy elocuente Marcos Montes), destaca un paseo con su prima, a fines de los años 70, cuando se encontraron con su amigo Agno, que estaba de levante en un baño de la calle Florida, y aparece el recuerdo de Lida Martinoli (que inspiró a Kado Kostzer y Arias para escribir su Familia de artistas, que se vio en el Maipo en 1991), la que, ya retirada, hacía excéntricas actuaciones en las escalinatas de la Facultad de Derecho.

El segundo cuadro, con la escenificación de la tragedia de Salomé, rescata otras anécdotas de la compañía Doriglia-Palmi, en la que sus autores se inspiraron para esta obra intensa y absurda, que por instantes se vuelve monótona, al otorgarle demasiado énfasis a la palabra, en desmedro de un mayor despliegue escénico y físico, que podría haber ayudado a un más pronunciado lucimiento de María Merlino ( Nada del amor me produce envidia, Qué me has hecho, vida mía), capaz de fascinar con su encanto ingenuo. Solo el tercer cuadro logra quebrar la rutina de una rigidez escénica que se revitaliza mediante la muy acertada elección de las canciones.

Alejandra Radano, con valioso caudal vocal, junto al muy original vestuario de Sergio Ramírez, cierra una propuesta en la que la estética entre absurda, melodramática y kitsch típica de Arias esta vez se muestra demasiado contenida.

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