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Pacho O'Donnell: "Benedetti es un poeta para tiempos oscuros"

Pacho aborda a Mario Benedetti como intérprete
Pacho aborda a Mario Benedetti como intérprete Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Manera
A los 76 años debuta como actor en A la izquierda del roble, una puesta teatral con poesía y canciones basada en la obra del escritor uruguayo, que se presenta en el Centro Cultural de la Cooperación
Norberto Chab
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10 de septiembre de 2018  

Es tiempo de palabras. Palabras en caligrafías prolijas, mesiánicas, agrietadas, crispadas, arrepentidas, excesivas. Tanta saturación también abre caminos alternativos: para eso está, siempre dispuesta y necesaria, la poesía.

Hay dos Marios que hurgan en ella. Uno de ellos, Benedetti, fallecido en mayo de 2009, recupera la vigencia de sus versos en A la izquierda del roble, una puesta teatral de poesía y canciones, con un reportaje proyectado que devuelve su imagen y su voz. El otro es Pacho O'Donnell, quien a través de la escritura de esta obra homenajea y honra la memoria del uruguayo y sus propios recuerdos personales. A los 76 años debuta como actor para presentarse los sábados, a las 20.30, en el Centro de la Cooperación, dirigido por Daniel Marcove y acompañado por María Fiorentino, el cantante Marcelo Balcells y el pianista Sergio Vainikoff. En los dos Marios las palabras encuentran otra dimensión.

-¿Por qué Mario Benedetti ahora?

-Nunca tengo claro por qué tomo ciertos temas. Benedetti representa una época muy dorada que fueron los 60 y la primera parte de los 70. Un tiempo de mucho optimismo, mucha esperanza de un cambio social, con una gran intensidad cultural. El cambio social se vivía como muy posible, pero luego sobrevino la tragedia. Entonces, muchos leíamos y cantábamos a Benedetti.

-¿Qué imagen le queda de él?

-Nuestro primer encuentro fue en la sede de la revista Crisis, dirigida por Eduardo Galeano y financiada por Fico Vogelius, quien desapareció durante la dictadura del proceso. Después nos vimos otras veces: fuimos compañeros de exilio en España. Era una persona tímida, reservada, que andaba como si tuviera que disimular el peso de la inteligencia, para cuidarse mucho de no hacer petulancia. Escuchaba, y no se preocupaba por aparecer culto o informado. Y sobre todo, era bueno. Como dijo Galeano a su muerte: "Qué haremos ahora sin tu bondad".

-Una de las facetas de Benedetti, la de poeta amoroso, era denostado por cierta intelectualidad por su simplismo y su cursilería. En A la izquierda del roble se lo revaloriza.

-Es que él buscaba la simplicidad. Quería que la poesía fuera algo comprensible para todos. Alguna vez me contó que había descubierto -tarde- a Baldomero Fernández Moreno en una librería de viejo, y que había entendido que escribía como él. De las cosas cotidianas, de manera simple.

Pero también hizo de la poesía un espacio de resistencia. Seguramente pagó el precio de sus ideas políticas, que muchas veces lo condicionaron: cuando un escritor quiere imponer algo o bajar línea, su literatura se perturba. Hay momentos en que se compromete mucho con el destino de las dictaduras: en aquellos tiempos hubo una gran profusión de dictaduras latinoamericanas. En otros, le canta al amor como pocos. ¡Quién no trató de seducir a alguna mujer con alguna poesía de Benedetti, como si fuera uno el que los hubiera escrito!

-¿Cómo le explica Benedetti a un millennial, en tiempos de literatura digital?

-Benedetti es un poeta de tiempos oscuros, y actualmente vivimos tiempos oscuros. Sus cuentos, sus ensayos o su poesía acerca de la constante del infortunio latinoamericano parecen escritos ayer. Durante el estreno, en escena, pensaba qué bueno es estar escuchando estas cosas, ahora que parece que de lo único que se habla es de cuadernos y Lebac. Parece que las palabras cada vez se usan menos y pueden ser sustituidas por números. Con muchos ceros: ¡una cantidad extraordinaria de ceros! Reivindicar un hombre de la palabra como Benedetti es necesario.

-¿Cuál fue el detonante para poner su palabra en escena?

-Algo muy bueno del arte es que se reactiva en tiempos de crisis. Porque transforma lo malo en bueno. Hace de la angustia una creación que puede ser valorada y aplaudida. Uno crea desde sus zonas no resueltas, desde sus zonas conflictivas. A partir de aquello que lo interroga y lo perturba. Es cerrar un círculo que está abierto y demandando. Por eso a veces los autores somos monotemáticos. Siempre se escribe sobre la misma cosa: solo cambia el ángulo de los personajes y las metáforas.

-¿Se está definiendo a sí mismo?

-Absolutamente. Hay una constante en mis libros históricos: yo he escrito sobre personajes no valorizados, desplazados, a quienes la historia no les ha dado los lugares que se merece: (Juan Manuel) Rosas, el Che Guevara, (José) Artigas, (Bernardo) Monteagudo, los caudillos federales. En el fondo, tiene que ver con una sensación mía de hijo menor con muy poco espacio afectivo dentro de una familia. Estoy reivindicando lo desplazado: hay algo profundamente mío, es una constante. No escribo sobre Belgrano ni sobre Sarmiento. En cambio, me preocupa que a Rosas se lo entienda.

-Ocupa varios casilleros en el campo de la cultura: es historiador, psicoanalista, escritor, autor teatral. ¿Esos distintos espacios se activan simultáneamente, o a medida que se aburre o se desgasta el vínculo aparece otro?

-Me inclino por esto último. Si me dieran a elegir, hubiera pretendido dedicarme a una sola cosa y poner allí toda mi energía. Hubiera sido más inteligente entre comillas. Pero es muy placentero respetar mi deseo. He querido jugar con todos los juguetes del placar. Termino de jugar con uno, lo guardo y tomo otro. En el fondo hay una gran necesidad de expresarme, de decir algo. Evidentemente nunca termino de decirlo. Por eso hay una insistencia en la persistencia, en escribir libros, en hacer obras de teatro. El tema del deseo me ha marcado mucho, ha sido una elección de vida. La sociedad en que vivimos tiende a hipotecar el deseo, porque se sostiene si los habitantes consumimos.

-Tal vez en los años 60 y 70 de Benedetti la confrontación del campo intelectual contra la sociedad de consumo está más marcada. Se lo advierte en Para leer el Pato Donald, obra emblemática de Ariel Dorfman. Eso derramaba en las clases populares que entendían que había una imposición del deseo. ¿Se perdió esa batalla, 40 años después?

-Es preciso que el deseo sea colonizado para llegar a ese nivel altísimo de consumo que necesita esta sociedad para reproducirse y mantenerse. El deseo de tener lo que no es necesario es muy grande. Es tan importante la inoculación de lo nuevo que hay que inventarlo aunque no lo sea. Hay "falsos nuevos" todo el tiempo.

-¿Se siente parte integrante de la corriente de difusión de la historia que habla en términos no académicos?

Me alineo con una corriente histórica con una denominación que yo resisto -porque es una denominación antigua- que es el revisionismo histórico. Es lo que hicieron Alberdi, Pepe Rosa, Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, el colorado Ramos. Revisaron la historia liberal que había sido escrita -muy inteligentemente- con un sentido de sentar las bases ideológicas del proyecto de organización nacional, que se pone en marcha después de la curiosa Batalla de Pavón. Yo prefiero llamarla corriente nacional popular federal latinoamericana. Cuando hablo de reivindicar a aquellos hijos menores desplazados, hay una intención de poner justicia. Ese proyecto histórico siempre caló hondo en la gente, porque de alguna manera tiene algún contenido de verdad. Por fuera de los circuitos académicos, caló en la gente que Rosas no es solamente un tirano sangriento, que a San Martín le han mutilado el pensamiento y no entendemos por qué se exilia hasta la muerte, que los caudillos no son negros feos y bárbaros, que Güemes es mucho más que un gaucho valiente en la frontera norte. Todo esto hace un corpus historiográfico muy interesante. Pero lo que sí es cierto y lamento es que hay deformaciones de esa corriente. Que ha habido gente que ha creído que hacer revisionismo, quizá con un sentido mercadista, es contar o inventar intimidades de los próceres. Se confunde lo severo y riguroso con un viva la pepa histórico donde mientras más escandaloso, mejor es. Como si fuera o no importante que Belgrano se vestía de verde y le decían "el general cotorrita". No sé si era o no cierto, pero ese no es el general Belgrano.

-Benedetti es un autor largamente representado en cine y en teatro, aunque quizá nunca escribió proyectándose más allá de la literatura. ¿Usted escribe pensando en la representación o eso aparece después?

-En general no tengo en cuenta al lector ni el espectador. Escribo lo que me parece que tengo que escribir. Borges decía que uno escribe un dictado que no sabe de dónde viene. La velocidad de la escritura no llega a equiparar la velocidad con que la que a uno le ocurren las ideas. Es un momento luminoso.

-Abordó todos los géneros menos uno: la poesía. Paradójicamente, en A la izquierda del roble tiende un puente a la poesía de Benedetti.

-Usted preguntaba por qué Benedetti. Y ahora veo que quizás es porque nunca pude ser poeta. Mi forma de ser poeta, finalmente, es recordar a Benedetti.

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