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Concesiones de los partidos moderados para frenar a los extremos

Luisa Corradini
Luisa Corradini LA NACION
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10 de septiembre de 2018  

PARÍS.- La mala noticia es que la extrema derecha ganó entre cuatro y seis puntos en las legislativas de ayer en Suecia. La buena es que, por cuarta vez en menos de dos años, se confirma la presunción de que en los países europeos con fuerte tradición democrática, los partidos xenófobos pueden avanzar, pero tienen serias dificultades en llegar al poder.

El primer tropiezo lo dio el líder del ultraderechista PVV holandés, Geert Wilders, en marzo de 2017, cuando su partido -que lideraba todas las encuestas- obtuvo un magro 13% en las legislativas. Dos meses después le tocó el turno a la líder del Frente Nacional (FN) francés, Marine Le Pen , que perdió la segunda vuelta de las presidenciales frente a Emmanuel Macron con apenas 33,9% de los votos. En octubre fue la extrema derecha alemana del AfD que, si bien envió 92 diputados al Parlamento, no pudo pesar en la formación del gobierno.

Ayer fue la ultraderecha sueca de Jimmie Akesson. Tras semanas de inquietud en las que el mundo tembló ante la posibilidad de que el fantasma del racismo y la xenofobia terminara llegando al poder en uno de los países más generosos y tolerantes del planeta, los electores suecos hicieron honor a su tradición democrática.

Pero es verdad, la extrema derecha avanza, obligando a los dirigentes más democráticos a endurecer su política y su discurso. Suecia no fue la excepción. Para no perder el duelo demagógico ante Akesson, que reclamaba una "guerra contra el crimen" originado en la inmigración, el premier socialdemócrata Stefan Löfven insinuó la posibilidad de sacar el ejército a la calle.

La presión de la ultraderecha ha sido tan grande que la socialdemocracia -que gobernó el país 65 de los últimos 82 años- decidió en el último lustro renunciar a su tradición de asilo automático y adoptar una política restrictiva, similar a la que rige en Hungría, Polonia, Austria o Dinamarca.

Experto de la extrema derecha en Europa, Jean-Yves Camus afirmaba ayer a LA NACION que "el populismo se ha vuelto inevitable en las democracias modernas". En otras palabras, para ganar una elección, esos pequeños renunciamientos ideológicos parecen haberse vuelto obligatorios. Los grandes partidos asumieron que esa será la norma en el futuro.

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