Cambiemos va a terapia para superar la crisis

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
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10 de septiembre de 2018  

Dicen que las crisis de parejas están motivadas no tanto por lo que se dicen sus integrantes, sino por lo que no se dicen, lo que malinterpretan y lo que dan por sobreentendido. Es lo que le pasa a Cambiemos después del fin de semana del no cambio de gabinete. Es lo que reconocen ahora varios de sus miembros que intentan el desafío de recomponer una relación un poco más frágil y agrietada, justo cuando buscaban y necesitaban lo contrario.

Los esfuerzos y gestos hechos desde el martes pasado por los principales referentes de la alianza para restaurar una nueva paz interna lograron volver a poner a casi todos en el mismo barco nuevamente, pero no terminaron con los recelos y el malestar que persisten, aun entre miembros de cada una de las tres fracciones de Cambiemos. Incluso dentro del macrismo puro y originario.

La disección del desencuentro muestra una dinámica curiosa. El malestar fue tomando forma con el correr de los días. No se corporizó en la noche del domingo de la semana pasada, cuando los desacuerdos concluyeron con las mismas caras de antes (solo algunas menos) rodeando a Macri y con la calesita de grandes nombres abandonada fuera de la Casa Rosada, después de haber girado impúdicamente casi 48 horas.

El lunes alumbraron los recelos, las versiones interesadas de lo que había pasado y de lo que no había sucedido. Un gabinete adelgazado, con ministros con sello de reemplazables y exministros degradados, no fue el único resultado y ni siquiera lo más importante que debe recomponer el Gobierno.

Cuando aún no habían cesado los primeros ecos de los anuncios y mientras arreciaban las críticas, sobre todo, de buena parte del macrismo al radicalismo, Marcos Peña dedicó varias llamadas a apaciguar los ánimos. Ya demasiado se había roto y en nada había contrariado, de verdad, a Macri la ausencia de nuevos nombres a su lado como para no tratar de cerrar el nuevo frente. Peña, que al final es casi el único que cuenta para el Presidente, había sido confirmado y reempoderado, aunque ahora adopte un perfil más bajo.

Gran parte de las dudas que dispararon la desconfianza de los mercados, que hizo temblar a la gestión de Macri, se centraban en la sustentabilidad política de su gobierno. Para ellos, los problemas de la Argentina no se reducen a las variables financieras o económicas.

La incertidumbre del poder económico internacional y local radica en el vigor y la capacidad de la administración macrista para afrontar un escenario económico y social más complicado aún que el que tuvo hasta acá y que exige tomar medidas no precisamente populares. Esa situación dispara, además, interrogantes renovados sobre el gobierno que podría emerger en 2019. La historia pendular de la Argentina desvela a los dueños del dinero.

El Gobierno procuraba mitigar esos temores el fin de semana anterior. Algo salió muy mal. La reimposición de las retenciones que vuelven más viable la violenta frenada del déficit tuvo como contraparte el chisporroteo político interno. No neutraliza lo logrado, pero vuelve a relativizar la fortaleza del Gobierno. Cambiemos sigue sin ser una coalición gubernamental y casi seguramente nunca lo será. Es solo una alianza electoral y parlamentaria. Macri y Peña así están cómodos. Es su zona de confort.

Tensiones y desencuentros

"Hasta el domingo a la noche estaba todo bien, aun cuando no se hubiera modificado la estructura de poder real del Gobierno que hizo inviable nuestro ingreso al gabinete", afirma uno de las figuras más prominentes de la UCR, que sintetiza la opinión de los correligionarios con los que compartió las negociaciones. "Lo que pasó a partir del lunes cambió todo: el radicalismo está dolido y molesto", concluyó.

"El problema es que a los radicales les importan los cargos, no el fortalecimiento del Gobierno", descalifican desde el macrismo duro. El mote de "carguistas" es una mochila que los radicales arrastran desde que Raúl Alfonsín pactó con Carlos Menem la reforma de la Constitución, que le aseguró a la primera minoría (encarnada por la UCR durante casi dos décadas) puestos en la estructura estatal. Los que esgrimen el calificativo saben dónde golpean.

A pesar de que el radicalismo dice que buscaba reforzar el Gobierno, buena parte del macrismo lo reduce a una búsqueda de poder partidario que, dicen, quedó expuesta cuando Ernesto Sanz rechazó el Ministerio de Defensa y dijo que su expertise solo tenía sentido en un cargo político. En ese rubro solo hay dos opciones: Interior, a cargo de Rogelio Frigerio, o la Jefatura de Gabinete, que en este gobierno tiene nombre y apellido. Fue una salida infeliz.

Lo que no se dijo es lo que desató el conflicto. El radicalismo nunca se animó a plantear que su verdadero objetivo era atenuar el poder concentrado del indisoluble binomio Macri-Peña (Tom y Jerry, según el secretario de Cultura). Lo dicho pareció concentrar todo en una disputa por el cargo de Frigerio, aunque se trataba de una martingala más compleja. Las cosas solo podían empeorar. Por portación de apellido e historia personal, Frigerio mantiene con el radicalismo diferencias congénitas. Un ambiente demasiado propicio para los fantasmas.

Frigerio llegó a poner a disposición su renuncia. Lo mismo evaluó el ahora ministro de Economía, Nicolás Dujovne, que solo lo descartó tras ser convencido por su más estrecho círculo familiar y laboral.

No habían generado un clima propicio las versiones disparadas el sábado desde dentro del oficialismo sobre la posibilidad de que Carlos Melconian desplazara a Dujovne. A la devaluación de quien debía renegociar un acuerdo con el Fondo Monetario (FMI) se le sumaba otro problema para los radicales. Dujovne y su equipo son considerados propios. En todo caso, preferían que allí fuera Frigerio, pero este solo hubiera aceptado un Ministerio de Economía como los de antes, subsumiendo hasta carteras que sobrevivieron al recorte. Mucho más poder concentrado del que Macri y Peña podían tolerar.

Por si faltaran sospechas, la propuesta de sumar a Martín Lousteau fue vista como un intento de Horacio Rodríguez Larreta por sacarlo de la cancha porteña con miras a 2019. Atribuir la oferta solo a motivos tan poco altruistas sería un reduccionismo que no se ajusta totalmente a los hechos. Esa idea, al igual que la de repatriar a Alfonso Prat-Gay, contó con la anuencia inicial del titular del radicalismo, Alfredo Cornejo, con quien Peña inició las conversaciones del sábado. No es solo la versión macrista, sino también la que admiten los radicales al tanto de las negociaciones. En el medio caían como rayos los tuits censores de Lilita Carrió, que desde el ciberespacio se conectaba con Macri, recluido en el ambiente deportivo-familiar de su quinta Los Abrojos, y con varios de los asambleístas de Olivos. Demasiadas interferencias para una comunicación tan frágil.

Caída la opción Sanz, todo empezó a derrumbarse. Las muchas reticencias que ya tenían Prat-Gay y Lousteau para volver a un gobierno del que fueron echados encontraron una buena razón para declinar cuando supieron que el más radical de los tres no sería de la partida. Nada que sorprendiera a cualquiera que hubiera hablado con ellos la semana previa. Sus diferencias con el Gobierno no eran solo por las políticas de los últimos meses que agravaron la crisis precipitada por la situación internacional. Además de cuentas personales no saldadas, tenían serias objeciones a la forma en que se resuelven las cosas en la Casa Rosada. Capítulo cerrado.

Ya no se esperan muchos cambios en el poder real del Gobierno, pero la disolución del tridente de la Jefatura de Gabinete, compuesto por Peña y sus dos (ahora ex) vicejefes Gustavo Lopetegui y Mario Quintana, parece haber renovado el aire puertas adentro. Lo reconocen varios ministros. No solo los que recelaban de la injerencia en temas políticos de Quintana, sino también de muchos para los que era un mecanismo tortuoso y poco eficaz. Salvo para controlarlos. La duda que subsiste es cómo Macri administrará sus desconfianzas.

En la nueva geografía, el bajo perfil de Peña también eleva el de Frigerio, que en las últimas horas ha trajinado en busca de lograr mañana algo más que una foto de los gobernadores con el Presidente. El objetivo es que ese encuentro abra un diálogo más fructífero, al margen de la aprobación del presupuesto que en el Gobierno dan casi por hecho. No es fácil.

El sex appeal del oficialismo está en baja. Tiene poco para ofrecer mientras las demandas crecen. Por eso es tan importante para el Gobierno recomponer el frente interno de Cambiemos. Tanto que hasta Carrió lo entendió y salió a enmendar varios malentendidos. Pero la crisis no terminó.

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