El riesgo de las profecías autocumplidas

María Victoria Murillo
María Victoria Murillo PARA LA NACION
La gran crisis de principios de siglo generó nuevos actores y condiciones que Cambiemos debería considerar si busca dejar atrás el modelo gerencial y apostar al trabajo político
Fuente: LA NACION
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11 de septiembre de 2018  

El pasado sesga nuestros juicios -el que se quema con leche ve una vaca y llora- y eso hace que, ante la crisis, en la Argentina aparezcan los temores de que el Presidente no termine su mandato, como en las crisis vividas en 1989 y 2001.

Las profecías autocumplidas son un terrible enemigo de la Argentina. Sin embargo, hay que marcar diferencias. Tanto en 1987 como, más aún, en 2001, el gobierno había perdido la elección de medio término y había salido debilitado no solo frente a la opinión pública, sino también en cuanto a la legitimidad de su mandato. Cambiemos logró una primera minoría en la elección de medio término en 2017, si bien ha licuado una parte significativa de ese apoyo popular en los últimos tiempos. De todos modos, no tiene una elección enfrente hasta la presidencial, que dará una opción de gobierno, y ya viene más acostumbrado a negociar en el Congreso por su origen como gobierno minoritario. El gobierno de De la Rúa también era de coalición, pero la Alianza ya se había roto con la renuncia del Chacho Álvarez a la vicepresidencia, en octubre de 2000. Cambiemos, en cambio, más allá de los berrinches de los radicales que buscan alejarse y los ataques de Lilita Carrió, se ha mantenido en pie como coalición, en gran parte porque los radicales no tienen cómo reciclarse. Esta continuidad de la coalición es crucial para el Gobierno en este momento crítico para mantener su credibilidad tanto interna como externa.

Pero la crisis de 2001 no solo afecta nuestras percepciones actuales, sino que también modificó nuestro sistema de partidos de una forma singular respecto del resto de la región. Mientras que la mayoría de los partidos populistas latinoamericanos que adoptaron reformas promercado desaparecieron junto con los sistemas de partido que habían nacido tras las transiciones democráticas, en la Argentina la crisis política que desató el "que se vayan todos" tuvo un desenlace diferente. La fragmentación liquidó a la UCR como opción nacional y dejó huérfanos a sus votantes, como señaló Juan Carlos Torre, pero el PJ logró recomponerse más rápidamente y se erigió en némesis de su anterior reencarnación neoliberal. Mientras que Ecuador, Perú, Venezuela y Bolivia vieron sucumbir a sus partidos políticos tradicionales (al igual que Colombia), el PJ no solo pudo sobrevivir, como el PRI -ambos apoyados en una base popular y la territorialidad que les permitió el federalismo-, sino que fue el único que también pudo presentarse como alternativa a sí mismo. Esta reconversión pudo lograrse gracias al liderazgo de Néstor y Cristina Kirchner, ayudados por los precios altos de las materias primas para presentar una alternativa de crecimiento con distribución de recursos. Sin embargo, este proceso tuvo consecuencias de largo plazo en la constitución del peronismo, que hasta ahora nunca superó su evidente fragmentación en las elecciones de 2003. Una fragmentación que se transformó en una constante organizacional desde 2009 y fue clave para la victoria de Cambiemos en 2015 y para su inesperado éxito en las elecciones legislativas de 2017.

Es esta misma fragmentación la que también explica la falta de un eje opositor frente a la crisis actual. Cristina Fernández de Kirchner divide el PJ como nadie lo hizo antes porque conserva más apoyo popular que ninguno de los dirigentes "racionales" y porque en Unidad Ciudadana construyó la transversalidad de la que Néstor Kirchner se había arrepentido. No solamente no queda claro quién puede servir de punto focal para un nuevo liderazgo, sino que también faltan instrumentos para dirimir la interna como en 1988 (cuando Menem y Cafiero se enfrentaron dentro del PJ) o en 2003 (cuando Menem y Kirchner, como candidato de Duhalde, se midieron en las elecciones nacionales con una "interna abierta" de facto). Las PASO empujan la división del peronismo y favorecen la supervivencia de Cambiemos pese a los esfuerzos gubernamentales por eludir la política y centrarse en vicios gerenciales.

Si bien la situación de este gobierno no peronista es mejor que la de sus antecesores gracias al PJ, hay otros cambios que ocurrieron en este período que pueden generar nuevos desafíos con los que no se tuvieron que enfrentar sus predecesores. La crisis de 2001 y sus consecuencias llevaron a la organización de los sectores más humildes para capear sus consecuencias. Estas nuevas organizaciones ganaron independencia del peronismo, aunque han sabido aliarse con él como forma de obtener recursos, y ahora son un actor político con peso propio que debe sumarse a la mesa de negociación, sobre todo si se busca evitar un estallido social. El protagonismo del Ministerio de Desarrollo Social muestra que el Gobierno ha tomado nota de este fenómeno, que también explica la caída del peso específico de los sindicatos, cuyo principal interlocutor ha perdido peso en el último reacomodamiento del gabinete.

La segunda novedad de este período es una polarización que no era tal en 2001, un fenómeno que no es privativo de la Argentina, sino que se expande por el mundo gracias a nuevas tecnologías como las redes sociales y a la segmentación de la audiencia de los medios de comunicación, que facilitan la reducción de la disonancia cognitiva. Es decir, escuchamos lo que queremos escuchar, aquello que confirma lo que ya pensamos. Esta polarización se ha visto en las recientes elecciones de Colombia y México, e incluso en la campaña electoral de Brasil. Incluso en Estados Unidos, las primarias de este año han favorecido más de lo esperado a los candidatos más extremos. Si bien el voto universal en la Argentina aumenta la participación de ciudadanos menos intensos que en Estados Unidos no votan, la polarización pareciera ir en ascenso y es favorecida por un sistema electoral que permite apostar a una estrategia de minorías en la primera vuelta, lo que a su vez permite a una de ellas llegar a la presidencia gracias al ballottage, como ocurrió en 2015.

El impacto de la polarización aumenta la fragmentación del peronismo. La brecha no la generan solamente las diferencias entre dirigentes, como las que separaban a Menem y a Duhalde, sino también una opinión publica dividida como nunca antes y cuyo apoyo electoral los candidatos buscan atraer. El peronismo "racional" que apuesta al medio encuentra por ello difícil atraer votantes de los extremos de la grieta. Esto favorece la supervivencia electoral de Cristina Fernández de Kirchner, en busca de una segunda vuelta en la que pueda ganar la elección, y también las aspiraciones de reelección del Gobierno, amparado en la polarización antikirchnerista.

En conclusión, no estamos en 2001 y esa experiencia no es un buen modelo para pensar el momento político actual (de ahí las dificultades de volver a una "liga de gobernadores"). El Gobierno se ve favorecido por la división del PJ. Sin embargo, la crisis de 2001 generó nuevos actores y condiciones que Cambiemos debería considerar, si busca transitar del modelo gerencial hacia uno de negociación política, ya que en el nuevo escenario las estrategias de los actores se están redefiniendo continuamente.

Columbia University (@VickyMurilloNYC)

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