Animarse a las fábulas sombrías

Diana Fernández Irusta
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11 de septiembre de 2018  

Hacía rato que no leía un libro tan devastador. Tan elegante, tan medido, tan hecho de una furia concentrada, punzante, ardiente como un peligroso licor.

L'archipel du chien (El archipiélago del perro): tal es el último trabajo de Philippe Claudel, autor que me tenía acostumbrada a mirar el lado amable de la vida. Paro algo pasó. Algo le pasó. Quizás nos ocurrió a todos.

Claudel construyó una fábula. Había una vez un archipiélago que, visto desde el cielo, formaba la silueta de un perro. Un conjunto de islas rocosas, volcánicas, más bien estériles. En una de ellas -solo en una- subsiste un pueblecito de historia antigua y cerrada sobre sí misma. Nunca se menciona el nombre del mar que lo rodea ni el continente al que los isleños aluden como al pasar; pero todo indica que el archipiélago imaginario estaría en algún punto del Mediterráneo, navegando un tiempo que es el nuestro.

Punto de partida. La isla gris, el clima arisco, una playa festoneada de pedruscos, la marea en su eterno llevar y traer. De repente, unas formas extrañas, arrastradas por alguna ola. Tres cuerpos. Tres hombres jóvenes, negros, vestidos de remera y de jeans, pies desnudos, rostros sin vida vueltos sobre la arena. Los descubren solo siete personas: el alcalde (no hay nombres propios en esta historia), el doctor, la antigua maestra, el actual maestro, el sacerdote, dos pescadores. Se decide mantener el hallazgo en secreto. Porque ¿para qué preocupar a los demás? Porque ¿qué podría cambiar, si ya están muertos? Y ¿por qué arriesgarse a la prensa, los entrometidos y la mala imagen, ahora que la isla está a punto de cerrar un esperado negocio turístico con el continente? Silencio y sentido de la oportunidad. Economía, estrategia. Razón práctica. Los cuerpos serán trasladados, mancillados, congelados y, finalmente, arrojados a un pozo hundido en las entrañas volcánicas de la isla. Punto de partida: desde ese momento, la cadena de mezquindades no hará más que crecer. Sostener la mentira llevará a tomar nuevas decisiones, cada vez más sombrías. El secreto inicial se revelará imbricado en otros aún peores. La pregunta por la ética se hará a un lado. La metáfora obvia -la crisis de los migrantes- terminará abierta a consecuencias más oscuras, mucho más amplias.

Al comienzo del libro la voz del narrador, más que interpelar, nos increpa: "¿Cómo juzgarán los siglos futuros esta época?", dice. Es incluso más duro: "Ustedes son los frutos de una era adormecida (...). Los devora la soledad. El egoísmo los engorda. Vuelven la espalda a sus hermanos y pierden el alma".

Ya lo dije: Claudel me tenía acostumbrada a una mirada más bien luminosa, a una escritura maravillada ante lo sensible del mundo, un cuidado amoroso de las criaturas -ficcionales o no- que habitaban sus libros. Poco de esto aparece en L'archipel du chien. La atmósfera es opresiva; las descripciones, impiadosas; los personajes, anodinos, cuando no infames. El crujir de este tiempo cruje en una novela tan bellamente escrita como carente de esperanzas.

Algo de la célebre "banalidad del mal" de Hannah Arendt atraviesa la historia. Para que lo horrendo se instale -nos dice la fábula de Claudel- no se necesitan enormes actos de perversidad; apenas cierta capacidad de negación, un pequeño punto ciego que permita borrar al otro, acallarlo. Y acallar cualquier atisbo de pregunta moral; cualquier reflexión que interrogue lo que ya fue declarado necesario, sensato, provechoso, evidente, funcional.

"¿Un hombre cobarde? ¿Es casi un pleonasmo, no?", dice, en un pasaje especialmente amargo, uno de los personajes. Devastador. Salvo por un detalle. Hacia el final, cuando todo parece tomado por la degradación, surge el remordimiento. Hay quien se detiene, piensa en lo que hizo, en lo que se está haciendo, siente una culpa arrasadora. Entonces, solo entonces, vuelve a ser humano.

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