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Jon Lee Anderson, después de la selva

El célebre periodista estadounidense cuenta su proceso de investigación del conflicto entre las FARC y el Estado colombiano y analiza, a dos años del acuerdo de paz, el proceso de conversión de la guerrilla, en campamentos custodiados por la ONU, aislados todavía de las ciudades
El célebre periodista estadounidense cuenta su proceso de investigación del conflicto entre las FARC y el Estado colombiano y analiza, a dos años del acuerdo de paz, el proceso de conversión de la guerrilla, en campamentos custodiados por la ONU, aislados todavía de las ciudades
Candelaria Domínguez
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16 de septiembre de 2018  • 00:00

La imagen es cálida. Dos hombres se saludan con un abrazo afectuoso, vestidos de blanco, con rostros radiantes. Otros aplauden detrás. La imagen es triunfal. Parece la publicidad de un acuerdo de negocios. Es, en realidad, el resultado de la negociación para terminar con uno de los conflictos bélicos más largos de la historia. Es el acuerdo de paz entre las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y el Estado colombiano. Es septiembre de 2016.

Dicen en la selva que el clima es asesino. Hay que tener coraje para soportar el lodo, el calor, los mosquitos, las lluvias constantes. Es un escenario adverso, pero para Jon Lee Anderson, periodista de guerra, ávido conquistador de perfiles de figuras fuertes de la política mundial como el Che Guevara, que ha perseguido la historia de las FARC durante veinte años, es ideal. Nacido en California en 1957, especializado en temas latinoamericanos y en las guerras de los Estados Unidos después del 11/9, dice que para su trabajo de campo suele tener suerte. Pero lo cierto es que para escribir la biografía de Guevara (publicada 1997) se radicó en Cuba durante tres años y a fuerza de trabajo obtuvo acceso especial a los archivos del gobierno cubano; los archivos directos de Fidel Castro.

Pero entrevistarse con comandantes de la guerrilla colombiana le llevó aún más tiempo. Cuando en 1998 comenzó a escribir para The New Yorker, lograr ese contacto era imposible, porque no aceptaban entrevistas. Además, otra periodista cubría para la revista los hechos de ese país. Pero desde entonces hasta mediados de 2000, Anderson intentó conseguir entrevistas con miembros de las FARC. Sin suerte. Su interlocutor, el que podría haberle facilitado el contacto, cayó en la lista negra de los ejércitos paramilitares, escuadrones privados financiados en su mayoría con dinero del narcotráfico. Y tuvo que huir. Luego Anderson fue enviado a Afganistán, para escribir sobre las guerras en Medio Oriente. Tardaría catorce años, varios golpes de Estado, guerras y cambios de escenario para lograr adentrarse en un conflicto tan complejo como el colombiano.

Daniela, junto con su novio Alonso, en marzo de 2016, cuando las reglas internas de la agrupación comenzaron a flexibilizarse
Daniela, junto con su novio Alonso, en marzo de 2016, cuando las reglas internas de la agrupación comenzaron a flexibilizarse

"Había enviado varias cartas a la dirigencia de las FARC. Recién en 2016 supe que las recibieron y las estudiaron, y que querían recibirme; estaban conscientes de mi rol como biógrafo del Che. Pero meditaron el peligro y tuvieron que tomar otra decisión. Pero igualmente, ya en 2014, con la apertura de Cuba entre Raúl Castro y Obama, empecé a visitar con mucha frecuencia la isla. Estaba al tanto de las negociaciones de paz de las FARC y pude conocer a sus líderes históricos, entre ellos a Carlos Antonio Lozada, Iván Márquez, Pablo Catatumbo y Timochenko [Rodrigo Londoño]. Tuvimos una reunión memorable con Timochenko, porque él andaba con una copia de mi biografía del Che en la mochila, y estaba todo sudado y enlodado, con moscas muertas adentro, y quería que se la firmara. Después nos emborrachamos", detalla Anderson desde Londres, en conversación con LA NACION revista a través de Skype.

-¿Cómo fue estar en la selva con las FARC?

-Para mí fue una especie de vuelta a casa, porque yo solía ir de un frente guerrillero a otro, muchos años atrás. Pero las FARC siempre me habían quedado más allá del horizonte, no era un grupo que invitaba a los periodistas a estar con ellos; eran bastante línea dura.

-No lograbas adentrarte en el corazón de las FARC.

-Así es. No fue hasta 2016, que fui junto con María Jimena Duzán, de Colombia, y Patricio Fernández, de Chile, y con mi hijo Máximo, un joven que recién está empezando en el periodismo. Fuimos para estar con las FARC en el campamento de Mauricio, el médico, uno de los siete secretarios del secretariado. En aquel tiempo había cese de fuego, pero todavía estaba la guerra, todavía había patrullas del ejército. Cuando te ibas de los pueblos más cercanos, entrabas en tierra de nadie, había emboscadas del ejército que uno veía y cierto mosqueo por parte de los militares de que nosotros íbamos más allá. Nos pararon y tuvimos que llamar a la presidencia de Colombia para que nos dejaran ir. Progresaban las negociaciones, muy alentadas por un encuentro entre Santos y Timochenko en la primavera de 2015, en la isla de Cuba. Después de cuatro años, había empezado a acelerarse el proceso.

Fútbol en un campamento de transición, en junio último
Fútbol en un campamento de transición, en junio último

En el artículo que escribió Jon Lee para The New Yorker, publicado en mayo de 2017, se ve la foto de un hombre con uniforme militar, apoyado en un banco de madera, con una media sonrisa amable. El hombre es Carlos Antonio Lozada, comandante de las FARC, quien entró en la selva para sumarse a las filas guerrilleras en tiempos en que la música disco estaba de moda. Ahora, con los acuerdos, las vidas de altos mandos como él y de adolescentes guerrilleros cambiarán de una forma difícil de imaginar. Muchas adolescentes se separaron de sus familias cuando tenían 11 años para combatir en la guerrilla, despertándose al alba, entrenando toda la mañana, vigilando y haciendo tareas de mantenimiento del campamento junto con sus compañeros. La vida después del monte, sin la guerra diaria, es, para ellas y ellos, una incógnita.

-¿Cómo ves esa transición de una vida en el monte a una vida política?

-Ellos hacían patrullas y de vez en cuando tenían tiroteo con las patrullas del ejército. Lo que yo veía eran chicos guerrilleros: me viene a la mente Juliana, 22 años, que había sido guerrillera desde los 11 años. Otros habían ingresado hacía 30 años, incorporados a los 14, a los 15. Todos habían pasado la adolescencia y su temprana juventud como guerrilleros. Eran su nueva familia. Había un aspecto casi como secta, la hermandad creada alrededor de una mística y esa agrupación, el bloque oriental, comandado por Mauricio, un señor mayor que yo, exmédico, que era como un padre. Intentaban vivir una vida normal de parejas, había parejas enamoradas, había quienes habían perdido a sus compañeros. Muchos hablaron de que no veían a sus madres hacía 15 años y las habían dejado en una choza. Se notaba cierta inocencia, sobre todo en las chicas. Ellas se maquillaban, bordaban sus carpas y decoraban sus armas. Eran muy coquetas. Recuerdo que había un aspecto de inocencia muy evidente, no tenían las defensas o el cinismo de las chicas de ciudad. Todos tenían sueños de qué harían después. Muchos querían volver con sus madres, volver a sus pueblos. Me acuerdo de una chica, parte de la escolta de Carlos Antonio Lozada, que decía que quería ir a la ciudad y cuando le preguntamos a qué tipo de ciudad le gustaría ir, ella nombró un pueblo de allá, ¡un pueblo de 2000 habitantes! Nunca había visto una ciudad. Uno empezaba a darse cuenta de la percepción, el imaginario de ellos. Vivían a base de la radio, como en los 70. Uno decía que quería aprender a usar la computadora. Otros decían simplemente "lo que la organización nos diga".

Anderson, en Yari, durante el cese de fuego de 2016
Anderson, en Yari, durante el cese de fuego de 2016

-Timochenko habló de seguir viviendo juntos en un mismo edificio.

-Exacto. Algunos hablaban de vivir juntos, algunos de origen campesino querían capacitarse más en lo agropecuario, tener vacas lecheras y vivir en una comuna en el campo y sin guerra. Había nociones entre el dogma que ellos habían aprendido y la inocencia, eran precarios y frágiles, estaban con un pie adentro y uno afuera de lo que habían sido sus vidas y de un mundo nada hospitalario afuera. Eso fue en junio de 2016. En septiembre volví y ya estaba prácticamente el preacuerdo de paz. Estaban organizando su famoso concierto que algunos llamaban Farcstock y habían traído un grupo que organizaba luces e internet. Ya estaban viviendo juntas algunas parejas, habían ablandado las reglas, todavía entraban con armas. Habían forjado relaciones entre los estratos superiores de las FARC y los militares de confianza del presidente Santos, inclusive iban volando Carlos Antonio Lozada con un general que antiguamente era su enemigo. Volaban juntos en helicóptero de un campamento a otro organizando las cosas para la fiesta y la firma de la paz. Así fueron las cosas, llenas de expectativas y emoción. Ya estaban reuniéndose con sus padres y madres, que empezaban a entrar en la zona porque sabían que sus hijos estaban ahí. Hubo casos de reuniones después de una década, entre lágrimas. Al final de ese mes fui a Cartagena y estuve presente para la firma de la paz; estaba el rey de España, el secretario general de la ONU, todos los secretarios de las FARC; el secretario Kerry, de EE.UU.; Timochenko y todos los guerrilleros, menos algunos que quedaban en los campamentos, firmaron con plumas hechas de balas el acuerdo. Había cubanos de mediadores. Cuatro días después, se votó el referendo que Santos creyó necesario para dejar cuajar la paz que habían firmado. Y falló. La firma del referendo pareció un Brexit colombiano. Mientras en Cartagena se manifestaba en las calles por el No a la paz, en Bogotá se marchaba por el Sí. Por una ínfima diferencia ganó la negativa, pero aún así las intenciones de Santos ganaron: consiguió que la mayoría parlamentaria aprobara el acuerdo.

-¿Qué significa este cambio para alguien como Lozada, que estuvo desde los 70 en la guerrilla?

-Es un tipo muy inteligente, muy adaptable. Como había sido jefe de la red urbana, tenía cancha de la ciudad, feeling. Un tipo con gran sentido del humor. Me acuerdo de una vez, en septiembre de 2016, que él se empezó a reír porque intentaba anotarse en la red social Linkedin y cuando llegaba a la página donde tienes que poner dónde trabajaste antes, decía: "¿Qué coño pongo? ¿Jefe guerrillero?". Intentaba saltar esa parte y la página no lo dejaba avanzar, entonces desistió y dijo, lapidario: "Todavía no estamos listos para Linkedin, estamos listos para salir del monte, pero no estamos capacitados, necesitamos aprendizaje". Salieron del monte entre enero y febrero del año pasado, 7000 guerrilleros que se asentaron en lugares designados para ir, campamentos de transición, donde supuestamente el Estado iba a tener una estructura básica, iban a estar vigilados por la ONU, iban a sanearse allí; con servicios médicos y educativos. Eso ha sido muy parcial, en muchos casos llegaron a esos lugares y no había nada, había monte o lodo, y ellos tenían que otra vez hacer sus campamentos a la guerrillera. En muchos casos, rodeados de gente paramilitar; yo he visto cómo es. El presidente Santos me dijo que hay una gran parte del Estado colombiano que nunca ha estado conforme con esta paz; son los que votaron el No, que querían castigarlos y no reabsorberlos.

-Desde hace 30 años cubrís conflictos bélicos. ¿Cuáles son las cicatrices no visibles de un periodista de guerra?

Uno pasa por diferentes etapas. Yo puedo aislar e identificar etapas anteriores donde podía decirte que en ese momento padecía de tal cosa. Sobre todo, aspectos del síndrome postraumático. Pero eso es pasajero. Creo que mis razones para ir a la guerra una y otra vez han sido no tan patológicas como conscientes y he logrado mantener cierto equilibrio teniendo familia. Mi motivo principal fue la curiosidad, quizás es una extraña curiosidad, pero es una curiosidad intelectual. Yo quería aprender algo, no era tanto por estar cerca de los tiros. Pero sí hay memorias de momentos muy desgarradoras y tristes, que de pronto causa un desenlace emotivo, tristeza profunda. Tengo dos docenas de cosas así en la mente, algunas más sumergidas que otras, algunas más a flor de piel. Es como si estás en una batalla y te cae un mortero y perdiste el pie; tienes que reconocerlo, que aceptarlo. De la misma forma tengo que aceptar que una madre muere delante de tus ojos, eso es la vida real. Es un reconocimiento de la injusticia que forma parte de ti como tus manos, tus dedos, tu piel.

-¿Cómo es el panorama de los periodistas de guerra hoy, en tiempos de Estado Islámico?

Son pocos ya. He visto un cambio grande que empezó en los 2000, en las invasiones en Irak. Después, los que cubrían la Primavera Árabe eran muy jóvenes e incautos y empezaron a apilar sus cadáveres secuestrados, degollados. Desde EI, todo ha cambiado. Ahora te estás jugando la vida en Medio Oriente. Hay periodistas veteranos que lo hacen, pero nunca fueron muchos. Siempre fuimos las mismas personas, algunos han muerto, otros se han retirado. Nunca han sido más de 50 de todas las nacionalidades, excluyendo la televisión. El periodismo de guerra sigue existiendo, pero en este mundo donde todo es virtual e instantáneo, ha cambiado. El último acontecimiento fue la caída de Mosul en Irak. Era peligroso porque había hombres-bomba y ataques, pero no fui porque supe que no iba a aprender nada nuevo y que me iba a oscurecer más, sabía que entraría en el infierno.

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