Hacer lo que se debe hacer

El mundo ha apoyado a la Argentina con una generosidad inaudita, pero poco podrá hacer ante esta crisis si los argentinos no actuamos con responsabilidad
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12 de septiembre de 2018  

Resulta doloroso señalarlo, pero es innegable. Tras algo más de dos años y medio de gobierno de Mauricio Macri, los principales indicadores de la macroeconomía argentina no se han modificado. Es cierto que se respira un clima de libertad, diálogo y respeto, y que estamos lejos de convivir con los enormes niveles de corrupción que durante más de una década promovió un grupo de cleptócratas en el poder político. Es verdad también que la Argentina salió del aislamiento internacional al que la gestión kirchnerista la había sometido, de la mano de positivas acciones como el acuerdo con los acreedores y el fin del cepo cambiario. Sin embargo, el país sigue muy lejos de dejar atrás ese cáncer en que se ha convertido la inflación y que carcome de manera especial a los sectores sociales más indefensos, al tiempo que ha elevado su grado de endeudamiento público de manera peligrosa y mantiene muy altos niveles de pobreza.

Si desde algún sector político puede pensarse que las dificultades socioeconómicas y financieras que sufre el gobierno de Macri pueden llegar a beneficiarlo, su error sería fatal. Cualquier apuesta al fracaso de los actuales gobernantes será perjudicial para todos, incluso para quienes trazan las más agoreras profecías. Unos y otros, oficialistas u opositores, deberían entender que el camino del cambio hacia una república requiere de consensos básicos para modificar sin más demoras viejos paradigmas, que son la causa de la mayor parte de nuestros males.

Mientras la sociedad argentina, su dirigencia y, principalmente en estas horas, sus representantes políticos no comprendan la profundidad del abismo en que hemos caído, será más que un milagro superar esta crisis. Pero no debería ser difícil entenderlo. Llevamos alrededor de setenta años de permanente déficit en las cuentas públicas, con muy esporádicos intervalos de equilibrio fiscal. Es fácil comprender que si cada uno de nosotros manejáramos nuestros hogares de la misma manera en que se ha conducido el Estado argentino durante todos esos años, estaríamos fundidos.

De allí la importancia de que el gobierno nacional, tras admitir que el gradualismo en materia fiscal no ha dado soluciones frente a la dimensión de los desequilibrios del Estado, haya propuesto alcanzar en 2019 el déficit cero.

Es vital que esta alternativa propuesta sea acompañada por la mayor parte del arco político y, en especial, por los gobernadores provinciales, ya que en sus distritos recaerá una cuarta parte del ajuste que deberá hacer el sector público en su conjunto.

La pronta sanción del presupuesto 2019 será una de las mejores señales de previsibilidad y de gobernabilidad. Constituye una pieza clave en el proceso de construcción de una estructura económica compatible con la estabilidad y la recuperación de la confianza necesaria para el crecimiento. Es que el elevado peso de la gravosa herencia recibida necesitaba una cirugía mayor antes que un riesgoso tratamiento gradualista con exceso de endeudamiento público.

Los avances registrados en el diálogo entre los gobiernos nacional y provinciales no dejan de ser alentadores. Debe lamentarse, sin embargo, que el énfasis para alcanzar el equilibrio fiscal se coloque más en el mantenimiento de viejos impuestos distorsivos, como Ingresos Brutos o Sellos, y en la creación de nuevas retenciones a las exportaciones, antes que en un más fuerte proceso de reducción del gasto público. Resulta imperioso que la administración estatal, tanto nacional como provincial y municipal, comience a desandar velozmente el proceso que, entre los años 2002 y 2015, llevó a incrementar el gasto del Estado en nada menos que 15 puntos del PBI.

El mundo está apoyando a la Argentina con una inaudita generosidad, y mucho más que con gestos y palabras. Pero poco podrá hacer el mundo por los argentinos si nosotros mismos no actuamos con la suficiente responsabilidad y nos negamos a hacer lo que se debe hacer.

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