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Los bellos recuerdos de la niñez: mis abuelos, un universo de rituales y misterio

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: Kalil Llamazares
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16 de septiembre de 2018  

Los abuelos casi siempre marcan la niñez. Los míos paternos tenían rasgos especiales que quedaron grabados en mis recuerdos. Criados y adiestrados en un mundo que ya no existe, tenían, como nuestro apellido demuestra, una fuerte influencia alemana. Mi abuela fue enviada a terminar su educación en un colegio de señoritas de Bélgica, donde se enseñaban reglas y agrado. No recuerdo mujer que cruzara las piernas con más elegancia o que caminara o se sentara en una posición más erguida; fue una tabla hasta su vejez, la llamábamos mamama. Fue una mujer especial. Para mí, su día empezaba a las 11 de la mañana, cuando se sentaba en la terraza, en un sillón de su casa en las barrancas de Martínez que miraba al río, donde tomaba una copita de oporto con una galleta crocante de avena.

Cuando yo tenía 7 u 8 años, si pretendía acompañarla comiendo una galleta, debía ponerme una corbata y permanecer sentado con ella hasta que me diera permiso para retirarme. Usaba turbantes tejidos por ella, casi siempre de color gris. Si algo de lo que yo le decía la sorprendía, me decía: "¡Hijo mío!". Siempre tejía en crochet sentada por horas en los sillones. Salía a caminar, hacía gimnasia y solo se bañaba en bañadera. Una mañana la vi caminar por su cuarto recién despierta y me asustó ver que su pelo blanco llegaba al piso.

Se ufanaba de no haber cocinado nunca, tarea que estuvo delegada siempre en Encarnación, que lo hacía sentada en una mesa de metal. Comandaba una cocina muy grande donde preparaba, entre las recetas que recuerdo, sopa de panqueques, una tortilla deliciosa y un flan de dulce de leche patrio. Su cuaderno de puño y letra fue transcripto por mi madre con, como ella decía, su letra del colegio Sacre Coeur de Montevideo. La comida era servida en fuentes a la francesa por Juana, una correntina que crio a sus dos hijas allí. Mi papá y su hermano se casaron con sendas uruguayas y nunca me quedó muy claro si eso fue bien visto, aunque por cierto ambas trajeron alegría y vida a aquella casa regida por la disciplina germana.

Mi abuelo era papapa. No dormía con mi abuela. Él tenía un cuarto más pequeño, con una misteriosa y estrecha escalera que comenzaba dentro de un armario, subía un piso y llegaba a otro dormitorio (también con acceso dentro del ropero). Mi abuela llamaba a las amantes "queridas", un título casi nobiliario. Nunca sabremos si las misteriosas escaleras -que estaban prohibidas de tránsito para nosotros- eran para ellas o para Tuta, una alemana que era la institutriz de mi padre y su hermano, y que usaba una cofia blanca con una cruz roja en la frente. Ella quedó inmortalizada en una buena cantidad de fotografías sepias.

En los años sesenta, mi abuelo tenía un proyector de madera a manija que contenía unas fotografías impresas en vidrio. Uno miraba dentro del mueble y pasaba las fotos, técnica ligeramente onanista, ya que ver fotos debería ser un hecho para compartir.

La hora del té era muy importante y se trasladó luego a nuestra casa de Bariloche. Allí se tomaba el té en los sillones y no en la mesa, casi siempre con la torta alemana Baumkuchen, la deliciosa y compleja torta árbol que se hace con un batido de huevos, manteca y harina y que se cocina al espiedo sobre un cilindro que gira, se le van añadiendo capas y finalmente se le da un baño de fondant. Se corta transversalmente como si fuera un jamón de jabugo y se come elegantemente con una taza de té lapsang souchong. Los bellos recuerdos de la niñez.

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