Nicolás Maduro, con el mazo dando

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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13 de septiembre de 2018  • 02:32

América Latina desgraciadamente tiene en su hoy multicolor interior dos obvias y feroces dictaduras: las instaladas en Cuba y Venezuela .

Ambas generaron, como era de esperar, la emigración masiva de centenares de miles de ciudadanos que no estaban dispuestos a vivir sin libertad, es decir a deshumanizarse mansamente.

Por esto, ocurrió en su momento la inolvidable tragedia de los llamados "balseros", y también por esto la deplorable huida actual de cientos de miles de desesperados venezolanos, que está perturbando la paz regional y pone a prueba la solidaridad en nuestra región.

La responsabilidad por generar olas masivas de desesperados emigrantes está ciertamente en cabeza de los gobernantes de turno y ella debiera -en mi entender- ser criminalizada internacionalmente. Sin demoras. La terrible tragedia humana que testimonian así parecería exigirlo.

Mientras tanto, Nicolás Maduro , un personaje desafiante, pero cada vez más tristemente grotesco, sigue empeñado en destruir a su país con las mismas políticas estatistas que ya lo enterraron inevitablemente en la pobreza, pese a la inmensa riqueza que debieran haber podido generar sus dilapidados recursos en materia de hidrocarburos.

A cada rato, el mandatario venezolano pone en marcha un plan "nuevo" para tratar de corregir las que, en rigor, son sus propias e inocultables torpezas. Y debe usar la violencia y la mano dura para amedrentar e intimidar a sus conciudadanos. Y obligarlos a aceptar sus caprichos e irracionalidad. Las fuerzas armadas venezolanas, que a cambio de ingresos suculentos sostienen a Nicolás Maduro, son en los hechos cómplices y partícipes necesarios de semejante desgracia.

Con las clásicas acusaciones perversas de "especulación y acaparamiento", así como de desestabilización económica, Nicolás Maduro acaba de hacer encarcelar a un centenar de comerciantes, como alguna vez lo hiciera en la Argentina Juan Domingo Perón, cuando -en sus primeras experiencias de gobierno- siguiera un derrotero "dirigista y populista", en línea con la actual visión económica de Nicolás Maduro. Que exige, queda visto, encarcelar a los demás y recurrir al uso del "mazo", esto es a las amenazas y, peor, a los castigos.

Sus presuntos delitos fueron, esencialmente, los de no acatar sumisamente los absurdos niveles de precios impuestos por la administración de Nicolás Maduro, que los obligaban a vender pérdida.

Por esto, en Venezuela, como era de suponer, los productos básicos en materia de alimentación, higiene y limpieza desaparecieron rápidamente de los anaqueles de los comercios. Para muchos evidentemente es mejor la alternativa de simplemente salir disparados del mercado. Esto es, de no vender, en lugar de arriesgar ir preso, presumiblemente. O actuar en la oscuridad del llamado "mercado negro" con todas sus implicanciasd y riesgos. Esta es una situación límite, pero conocida, que muy pronto genera desabastecimiento.

Entre la patología de las recientes medidas económicas de un Nicolás Maduro que comienza a lucir algo desesperado, estuvo un aumento del 3400% de los niveles salariales promedio. Es por cierto imposible, al menos para la gente común, poder vivir en un mínimo de paz y previsibilidad con semejante convulsión del lado de los ingresos. Especialmente cuando el malherido sistema productivo venezolano trabaja con apenas el 30% de su capacidad.

De allí que la desesperación se haya apoderado ya de tantos venezolanos, alimentando una triste ola de resignados migrantes que pareciera no tener fin: aquella que sale -escapada- desde Venezuela y se abate sobre el resto de nuestra ya horrorizada, pero relativmamente impotente, región.

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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