Me cuesta decir "no"

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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13 de septiembre de 2018  • 02:40

Las dos palabras más poderosas que existen en el universo son "sí" y "no". Aprender a establecer límites es un signo de salud mental. El límite jamás nos limita; por el contrario, el límite nos libera. Este nos permite tener una estima elevada y obtener seguridad. Los padres somos los encargados de establecer con nuestros hijos la "luz verde" y la "luz roja", es decir, qué cosas sí y qué cosas no.

Te invito a considerar algunas cuestiones interesantes sobre este tema:

Los límites en las distintas etapas de la vida

Los niños pequeños necesitan que los padres establezcamos sus límites. Un niño pequeño no puede elegir si va al Jardín Infantes con el delantal puesto o no; tampoco qué va a comer. Por eso, los padres debemos determinar ese tipo de cuestiones. A medida que nuestros hijos van creciendo, vamos sumando algunas explicaciones de por qué sí y por qué no.

El objetivo de ponerles límites a los menores no es el de tener un protocolo, o el de que se porten bien, sino para que puedan internalizar estas dos palabras: "sí" y "no" y aprendan a decirles ellos mismos"sí" a lo bueno y "no" a lo malo. Cuando esto no sucede, serán otros los encargados de establecer dichos límites, ya sea que se trate de un maestro, la ley, etc.

A algunos padres, les cuesta decirles que no a los niños y lo viven con mucha culpa. Pero el límite nunca es un castigo, sino más bien es como la imagen del jardinero que está podando una planta, ¡la está ayudando a crecer!

En la adolescencia, por lo general, surge una disputa por el modelo y un desafío de poder. Entonces allí aparecen los límites y la negociación. El adolescente está construyendo su pasaje hacia el futuro y pasando de un yo infantil a un yo más autónomo.

Cuando me dirijo a los adolescentes, me gusta mostrarles el siguiente dibujo:

El pintor no pinta por fuera de la tela, sino dentro de esta. La tela es su límite. Gracias a ese límite, se vuelve ilimitado dentro de la tela. Es decir, que el límite no es limitación sino una forma de potenciar nuestra creatividad y nuestra fortaleza. Hoy en día se suele confundir límite con castigo pero no es así.

Ponerles límites a los demás

No podemos complacer a todos todo el tiempo y en toda circunstancia. Decirle que no al otro es el límite a la omnipotencia: "no puedo", "no sé", "no soy capaz". Muchas personas no se atreven adecir "no" al otro por miedo a que se enoje o los rechace. La pregunta por hacernos debería ser: ¿Por qué el otro se enoja cuando le digo que no? Porque quiere verme como a alguien omnipotente.

Hay determinadas cosas que podemos hacer y otras que no podemos hacer. Nadie es omnipotente. El "no" no es solamente para los demás; también es para uno mismo.

¿Por qué me cuesta decirles "no" a los demás?

El límite es siempre bidireccional. Puedo decirle que no al otro, cuando primero me lo he dicho a mí mismo. Si yo puedo decirme a mí mismo que no puedo, entonces me resultará más fácil decirle al otro que no puedo. Es decir, que el "no" es una expresión de inteligencia, un conocimiento de los límites propios.

Muchas veces en las charlas que doy, le pido a la gente que diga "no" y, casi invariablemente, todos lo expresan gritando. Es instintivo, como si le colocáramos al no una carga agresiva. Lo ideal es aprender a decir que no sonriendo, con amabilidad. Si yo le digo "no" a alguien con enojo, no estoy poniendo un límite sino invitando al otro a subirse al ring a pelear.

Autoestima es saber qué puedo y qué no puedo

La autoestima no consiste en amarse, quererse, cuidarse sino en decir: "Esto me sale bien; esto me sale más o menos; y esto me sale mal". Pero si yo no conozco mi totalidad (mis fortalezas y mis debilidades), no podré ponerme límites a mí mismo y me iré hacia alguno de los dos extremos: la omnipotencia del "todo lo puedo" o la impotencia del "no puedo nada". Una actitud sana es pararme en la potencia: esto puedo hacerlo y esto no puedo hacerlo.

¿Qué no es el límite?

Poner un límite no es gritar, pegar, insultar, maltratar. Todo esto sería justamente la ausencia de límites, o la dificultad de establecer el "no" inteligentemente. Lo único que la violencia enseña es a tener miedo y a reproducir luego, muy probablemente, la misma actitud en otros.

¿Cómo podemos decir que no?

Muchas personas tienen miedo, como ya mencionamos, de que el otro se enoje, o se vaya. Pero lo cierto es que, cuando establecemos el "no", el vínculo se refuerza porque la persona que lo recibe lo percibe como honestidad en la relación.

A aquellos que les dicen siempre que sí a todos, les convendría comenzar a utilizar pequeños "no". Buscar dos o tres situaciones por día, aunque sean muy pequeñas o menores, en las que puedan decir sencillamente que no sin dar ninguna explicación. De este modo, se irán ejercitando y, a la vez, recordando que el "no" es el límite a la propia independencia.

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