Tormentas

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Portada del libro de poemas de Florencia Lobo
Portada del libro de poemas de Florencia Lobo
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14 de septiembre de 2018  • 00:38

En uno de los barrios donde vivíamos las calles se inundaban durante las tormentas. Las tormentas "caían", como cae un invitado inesperado a una fiesta o más bien como algunos caen en desgracia, y había que tener paciencia y rogar que no duraran mucho. Provocaban emociones un poco diferentes de las que sentía el personaje de un cuento de Eduardo Wilde, el gran médico y político argentino que luchó contra el cólera y la fiebre amarilla hace más de un siglo. En "La lluvia", uno de sus cuentos más populares, mientras torrentes de agua corrían por el patio de una casa, el narrador (del lado de adentro de la casa) encontraba tiempo para filosofar sobre las gotas de lluvia.

"Estos millones de existencias fugitivas corrían como si estuvieran apuradas, al son de la música del aguacero, con acompañamiento de truenos y relámpagos. Había en el aire olor a tierra mojada, perfume inimitable que ningún perfumista ha fabricado, y revoloteaban en la atmósfera las luces de cristal de las gotas saltonas, acompañadas por el ruido inmutable, acompasado, monótono, variado, uniforme, caprichoso, metálico y líquido, propio solo de la lluvia", escribió Wilde. Como estudiantes de primer año de la secundaria pensábamos que, cuando uno estaba a salvo, la lluvia podía desencadenar sentimientos poéticos y metáforas. Pero ¿y si él simplemente amaba las tormentas?

Los que vivíamos en calles con pendiente teníamos que poner vallas de madera delante de las puertas para que el agua y el barro no entraran en la casa, había que cortar la llave de luz (incluso si la empresa proveedora de electricidad ya la había cortado durante la tormenta) y darles refugio a los que habían quedado de nuestro lado de la calle hasta que amainara y se pudiera volver a cruzar. Como se nos prohibía salir a buscarlos, sufríamos por los perros que vivían en el campito. (No había, como hay ahora en la ciudad de Buenos Aires y otras tantas del país, familias instaladas en las calles con sus pertenencias, al resguardo debajo de una autopista, puentes o en la entrada de edificios.)

Las bocas de tormenta no daban abasto y el agua que caía del cielo se convertía en un río. Cuando pasaban autos y camiones, veíamos subir la oleada que rebotaba contra las paredes. Con o sin valla, el agua se metía adentro. Si era una tormenta con vientos fuertes, desde las ventanas que daban a la calle contábamos ramas de árboles, carteles y residuos que flotaban como embarcaciones en una carrera sin un punto de llegada bien definido. Las copas de los árboles se sacudían y mi abuela materna rezaba por los parientes que no habían llegado. Las tormentas no respetaban horarios escolares ni laborales, nos enseñaban a esperar y revelaban un sentido distinto del temor.

Si aún era de día, en verano, los pájaros eran los primeros en retomar sus vidas emplumadas, hechas de canto y picoteo, después de la tormenta. Nosotros, menos leves, usábamos baldes y trapos de piso para limpiar el estropicio. Había que enderezar las plantas del jardín y recoger las frutas del suelo. Y siempre estaba la cuestión de la luz: cuándo volvería para poder leer, mirar televisión o escuchar la radio. Ese nunca dejó de ser uno de los grandes misterios de la vida en el país.

Florencia Lobo, una poeta que vivió en San Miguel de Tucumán, Ushuaia y La Plata, publicó este año El lento deambular de las tormentas en la editorial El Suri Porfiado. En los poemas de ese libro del tamaño de un celular (de un celular grande), las tormentas hacen sus derivas entre la niebla, fulguran en selvas o en medio del océano, crean turbulencias en el aire y en la tierra. Y sobreviven a sí mismas. "A veces, cansadas de existir, / levantan sus aguas/ y se marchan a otro lado. // Después vuelven, / a exigir los temblores y latidos/de los que se alimentan", se lee al inicio de "Nunca mueren las tormentas".

El poema "Tormenta" es más grave y permite imaginar el sentimiento de los que no están a salvo mientras la lluvia cae con fuerza. "Nada queda/ luego de la tormenta// nada queda// salvo el cantar/ de un pájaro oxidado/ salvo un cielo/ horadado por las lluvias// y el lamento// de una ciudad que cede/ ante el olvido". Para ser justos con Eduardo Wilde, habría que admitir que la intemperie también forja el sentido estético y que el lenguaje, incluso en el caso de los funcionarios que aman las metáforas, ayuda a crear más empatía.

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