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El cuatrero que voló en las serranías para huir de la ley

Ascochinga, en Córdoba
Ascochinga, en Córdoba Crédito: Denise Giovaneli/Lugares
Pablo Emilio Palermo
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15 de septiembre de 2018  • 01:00

La historia fue narrada de padre a hijo. La magnífica pluma de Lucio Vicente López dejó para siempre la aventura serrana vivida por Vicente Fidel López a comienzos de 1840: "El salto de Ascochinga". El relato apareció en la nacion en noviembre de 1894, meses antes de que un duelo a pistola tronchase la vida del autor de La gran aldea. Paul Groussac, en La Biblioteca, lo reprodujo a fines de 1896.

El peón de campo Zuasnával, "un guaso lleva y trae", entrometido, consentido, parlero y conductor de carrozas, que trabajaba en la casa de la familia Lozano, debía conducir al joven Vicente Fidel a la estancia de Ascochinga, cercana a la localidad de Jesús María. Por la noche, fue obligado hacer alto en una chacra vecina. El "colorido del paisaje" fue descripto con maestría por Lucio: "Hay cuadros que nos recuerdan los de la Biblia misma; los asnos cargando ánforas de tosca alfarería, llenas de vino, de arrope y de chicha; las tropillas de mulas con sus retobos de quesos y patay y otras menudencias empatilladas por mil guascas, y detrás el arriero, laxo y medio dormido sobre la cabalgadura, conducido por el instinto de las bestias, las piernas colgantes, la ojota mal amarrada al pie".

Llegado el día, cabalgaron seis horas, "indagando mi padre y charlando sin reato Zuasnával". Ya casi en plena sierra, a la entrada de un bosque donde dominaba la gritería de los loros barranqueros, "como si discutiesen un escándalo de familia", Zuasnával desensilló a las bestias, hizo fuego y preparó mate. El descubrimiento vino enseguida: en lo profundo del bosque poblado de arrayanes, mistoles y espinillos, el peón había descubierto el botín del célebre cuatrero Pancho Peralta. Se trataba de buenos caballos; dos de ellos tenían la marca de los Lozano.

Peralta era "un moro de hermosas proporciones"; llevaba la cabeza descubierta y lucía barba y abundante cabellera. Su cutis era bronceado, los ojos negros, y calzaba bota de potro. Robaba en Córdoba y vendía en San Luis, o viceversa. El coronel Perafán y su partida lo perseguían. El gaucho debió dejar el bosque y alcanzar el río Ascochinga para huir después hacia el oeste. Los soldados fueron dispuestos en semicírculo, como para detenerlo en la altura de cincuenta varas ubicada en el extremo del río. Encerrado, se hallaba "en la extremidad de entregarse o de rodar al profundo y bárbaro precipicio, hondísimo boquerón, donde el vértigo atrae al más osado".

Peralta, entonces, decidió jugarse la vida. Alzó el cuerpo en los estribos, soltó las riendas, envolvió la cabeza de su caballo en el poncho y le clavó las espuelas. Jinete y corcel volaron por el espacio y cayeron en el hondo remanso. El bruto pereció, pero el gaucho resultó ileso y "nadando fácilmente con una mano y con la otra golpeando la boca a sus perseguidores que se detienen atónitos, como petrificados en la altura, mientras el fugitivo se escurre como un lagarto entre las breñas de la orilla opuesta".

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