El docente que con su motivación llevó a sus alumnos hasta la NASA

Soledad Vallejos
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14 de septiembre de 2018  • 18:35

Se graduó como ingeniero electrónico en la Universidad Nacional de Córdoba. Pero de su paso por la escuela secundaria, en Neuquén, recuerda que lo mejor de todo eran las prácticas: esas clases donde el profesor apelaba a su creatividad para desarrollar proyectos en los que pudiera aplicar todo lo que había aprendido. Hace cinco años, y con un buen trabajo en una empresa de tecnología, a Sebastián Prenna, de 32 años, le "picó el bichito" de la docencia, y comenzó a dar clases a los alumnos del último año del Instituto Tecnológico del Comahue, en Neuquén.

La materia de la que se hizo cargo se llama computadoras electrónicas, y al igual que en sus épocas de estudiante, Prenna confiesa que lo que más lo motiva como docente es la etapa en la que sus alumnos comienzan a trabajar en un proyecto. "Es la mejor parte del año. El curso se divide en grupos y cada uno piensa en una idea que quiera desarrollar. Hay libertad total, yo no les impongo nada, y el proceso de creación es fascinante. El objetivo es buscar una solución a una problemática determinada a través de un proyecto original, y a partir de ese momento todos los conocimientos se ponen en juego", cuenta durante una conversación telefónica Prenna, que en mayo pasado viajó con dos de sus alumnos para participar en la Feria Internacional de Ciencia e Ingeniería Intel-ISEF, que se realizó en Pittsburgh, Estados Unidos, y donde uno de esos proyectos que surgió en el aula -y él siguió paso a paso como tutor- recibió una mención especial de la NASA.

"Es la primera vez que mis alumnos reciben este premio. Ningún grupo de la escuela había llegado a esta instancia alguna vez, y para todos fue una felicidad enorme", dice Prenna con tono de satisfacción y orgullo por el logro alcanzado por sus con el proyecto Cuboide, que además recibió el tercer puesto en la categoría de Robótica y Máquinas Inteligentes. "Cuboide es un robot didáctico para que chicos de entre 3 y 9 años aprendan los primeros conceptos de programación. Desde el inicio la idea me pareció muy buena. Iniciar a los chicos que aún no saben leer y escribir en el mundo de la programación pero sin la necesidad de sentarlos frente a una computadora. Era ambicioso, pero jamás pensamos que llegaría tan lejos".

Matías Apablaza, Matías Muñóz e Ilan Goycochea pasaron muchas más horas de las que habían imaginado trabajando en el proyecto. Investigaron, se reunieron después de hora y hasta resolvieron dudas con su docente durante los fines de semana. "Es una caja pequeña de madera, de fibro fácil, con ruedas y ojos que cambian de color. No tiene ningún tipo de pantalla y funciona cuando un niño activa determinados mecanismos de movimiento al introducir en la caja una ficha con dibujos, que hay que ubicar en una base de programación donde están las acciones que se van a ejecutar. Y al apretar un botón, Cuboide responde. Va para adelante, gira, y sus ojos cambian de color", explica el maestro, que a pesar de trabajar de 8 a 16 en una oficina de lunes a viernes, llega todos los días al aula con las ganas de saber cómo fueron avanzando los proyectos de sus alumnos. "Ir a la escuela es mi cable a tierra. Hay días que salgo del trabajo y estoy más cansado, pero cuando llego al aula me enciendo. Yo siento a la docencia como una forma de romper estructuras -grafica Prenna-. Me gusta mucho enseñarle a los chicos y ver cómo aplican lo que aprendimos en el aula. Además me obliga a mí a tener que aggiornarme todo el tiempo".

Antes de llegar a la instancia final y recibir la mención de honor de la NASA, Cuboide fue presentado en ferias provinciales y nacionales. De su paso por Pittsburgh, Apablaza y Muñoz, que fueron en representación del equipo completo, se llevaron ideas y consejos de otros expertos, casi 2000 estudiantes de otros 75 países que participaron del evento. El proyecto de los estudiantes neuquinos fue el único que llegó en representación de la Argentina. Sus creadores ya egresaron del colegio, y a pesar de que los tres siguen su camino en distintas universidades, Prenna cuenta que, "de vez cuando", se reúnen para seguir mejorando el proyecto, con la idea de hacer un prototipo de bajo costo para que sea más accesible. La intención, luego de volver de Estados Unidos, era lograr un prototipo estable y que, en un futuro cercano, se pudiera liberar el código para que se pueda utilizar en las escuelas.

"Cuando ganaron el premio a los chicos les decían los pibes genios. Pero yo siempre les digo a mis alumnos que ellos, a pesar de ser muy inteligentes, eran parte de un grupo de alumnos donde todos tenían capacidades similares. Lo que yo intento transmitirles a mis alumnos, es que con dedicación y esfuerzo se puede llegar lejos", dice.

"¿Cómo hago para encender la motivación en mis alumnos? Estar al frente del aula es motivador para mí, me saca de la rutina y lo disfruto", insiste Prenna. Como aquel profesor que rompía estructuras cuando él era estudiante y les proponía poner toda su creatividad en la creación de un proyecto. "Este año venimos un poco atrasados, pero hay ideas que son geniales. Los chicos siempre me sorprenden. Yo solamente los guío. El crédito es de ellos".

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