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Economistas versus público masivo, ¿la pelea del siglo?

En los medios de comunicación hay un desfile de profesionales de esta ciencia que interesa a muchos pero que pocos comprenden; qué espera quien busca voces sobre el tema
En los medios de comunicación hay un desfile de profesionales de esta ciencia que interesa a muchos pero que pocos comprenden; qué espera quien busca voces sobre el tema
Pablo Mira
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16 de septiembre de 2018  

Hasta hace 40 años, un economista que aparecía en un medio era una rareza. Los escasos artículos de economía los escribían practicantes interesados, y en la TV opinaban más los contadores y los abogados que los especialistas en la denominada "ciencia sombría". Hoy, un desfile interminable de economistas participan en shows de todo tipo. La profesión está demandada pero... ¿alguien se preguntó si la gente les cree a estos nuevos reyes de los medios?

Público y economistas tienen una relación peculiar. El tema interesa a muchos, pero lo comprenden pocos (quizá como el fútbol), ¿será por eso que el lego ansía escuchar a los que saben? Lamentablemente, ignorancia no es sinónimo de neutralidad, y quizá el espectador solo quiere ver representadas sus ideas en un profesional. A veces la magia ocurre y se aprueba con entusiasmo la explicación del especialista. Otras ideas fruncen el ceño o incitan a lanzar el control remoto contra la pantalla.

En temas económicos, las diferentes percepciones entre expertos y no expertos están documentadas. Luigi Zingales, profesor de la Universidad de Chicago y editor del blog ProMarket descubrió con una encuesta que las creencias del público no comulgan con las teorías más consensuadas. La gente desconfía de los beneficios netos del comercio internacional, de los efectos positivos de la inmigración, de los planes sociales y de las ventajas de la competencia. Pero a la mayoría de los economistas estas creencias les parecen desconcertantes. Si bien hay excepciones, la posición del profesional medio es que el libre comercio, la competencia, los redes de asistencia social, los negocios y la inmigración traen beneficios sociales. ¿Cómo tomaron los economistas los resultados? La mayoría los ignoró. Algunos se sorprendieron. Otros se sintieron superiores. Y otros se ofendieron.

Diferencias de peso

Y mientras los economistas escrutaban la reacción adecuada, dos no economistas se pusieron a trabajar para identificar estas diferencias. Uno es Pascal Boyer, un antropólogo famoso por sus explicaciones evolutivas de la religión. Otro es Michael Petersen, politólogo danés interesado en el rol de la evolución en la conformación de las preferencias políticas. Juntos publicaron "Folk-Economic Beliefs" (Creencias Populares en la Economía), un artículo que plantea posibles razones de la equivocación de las masas: ignorancia, intereses egoístas y sesgos psicológicos.

De tratarse de falta de entrenamiento en economía, la disputa se solucionaría fácil: se manda a la gente a la facultad, ellos estudian, reconocen su error y los economistas aceptan humildemente las disculpas del resto del mundo. Lamentablemente, los prejuicios rara vez son por falta de información: están plagados de contenidos normativos e ideológicos. Para colmo, los argumentos contrarios a las ideas prefijadas suelen ser recibidos como ataques personales, lo que enciende defensas cerradas. Una segunda opción es que las creencias no sean sinceras, y que se defienden por los beneficios personales. Este interés egoísta puede ser una razón, pero la realidad nos cruza con clientes de shoppings que recelan de los mercados, con empleados públicos libertarios, y con socialistas que viven en Recoleta. El interés personal podría no ser lo único al moldear la opinión.

Boyer y Petersen abogan por la tercera justificación, los "sesgos cognitivos", que son los que impedirían al público pensar en idioma economista. Como dice el Nobel Richard Thaler, no es que la gente sea idiota, sino que el mundo es complicado. Los individuos hacen lo que pueden con su información imperfecta, sus limitaciones de cálculo, sus fallos lógicos, las estadísticas falaces o sus sesgos confirmatorios. La vuelta de tuerca de los autores es que, en lugar de juzgar erróneas estas conductas, las reconocen como propiedades intrínsecas a la naturaleza humana.

La evolución diseñó comportamientos cuyo fin no era pensar como un economista en el siglo XXI, sino actuar como un cavernícola en el paleolítico. La aptitud de estas conductas no deben ser minimizadas, porque gracias a ellas el público está aquí, discutiendo teorías económicas. Hoy varios de estos regalitos evolutivos resultan ineficaces, porque el mundo cambió rápido y la gente, todavía no. El académico debe prescindir de estos fallos en sus teorías, pero el público eventualmente sucumbe a su hechizo.

Los prejuicios económicos populares tienden a dividirse en dos: los que desconfían del paradigma liberal y los que señalan la ineficiencia de toda intervención estatal. Si bien el economista típico suele preferir el libre mercado, suele apoyar medidas para mitigar su acción. Para la mayoría de los economistas las redes de contención social son necesarias, como acción contracíclica o para evitar el deterioro social o técnico de los perceptores. Pero una porción del público cree que los planes constituyen un gasto público ineficiente, que da incentivos perversos, y que se usa para la extorsión política. ¿Qué hay tras esta percepción arraigada?

Boyer y Petersen sostienen que esta desconfianza proviene de una ética que evolucionó para asociar la recompensa con el esfuerzo y la capacidad individual. Las tareas del paleolítico funcionaban mejor con cooperación, como las expediciones de caza. El reparto posterior debía considerar el esfuerzo personal, según su capacidad relativa. Es esencial detectar a los free riders, los que pretenden recompensa sin aportar nada. La psicología de los recelosos de los planes sociales es consistente con esta lógica: un beneficiario es un potencial tramposo que se roba lo de todos, sin esfuerzo alguno (pues no tiene trabajo).

Petersen evaluó en un experimento si la opinión sobre los planes era diferente para estadounidenses y daneses, países con políticas sociales opuestas. Los participantes debían escribir sobre tres casos diferentes. A un primer grupo se le pidió opinar sobre una beneficiaria saludable que nunca había trabajado. Un segundo debía evaluar a un perceptor de un plan que había perdido su trabajo por una lesión. Al tercer grupo se le solicitó valorar a un beneficiario sin proveer información extra. Los americanos se mostraron más antiplán que los daneses solo en esta tercera condición. Pero con información específica sobre cada caso, todos, estadounidenses y daneses, contestaron lo mismo: 3 de 4 consideraron injusto que la persona que no había trabajado cobrara, y solo 1 de 3 se opuso al plan para la lesionada. Unas pocas referencias a los instintos naturales fueron más determinantes que 150 años de políticas sociales contrapuestas.

Hay más prejuicios económicos por presiones evolutivas. El comercio entre países contrasta con la visión natural de coalición, donde deben ganarse las "guerras comerciales" a toda costa. Un mercado impersonal y el poder de las corporaciones chocan contra la percepción evolutiva de que el comercio debe monitorearse personalmente para asegurar justicia y evitar trampas. La noción de que el capitalista explota al trabajador se asocia con la impresión paleolítica de que el aporte físico (el trabajo) es valioso y debe recompensarse.

Si Boyer y Petersen acertaron, el público seguirá empeñado en pelearse con los economistas y sus teorías. Con pocas dudas, los promercado y los pro-Estado no se pondrán de acuerdo. Pero cada grupo tampoco estaría en condiciones de ser convencido por el más sensato de los economistas. Economistas que, de paso, seguro tienen su corazoncito paleolítico en alguna de las dos tribus.

Por: Pablo Mira

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