Suscriptor digital

Echar sapos y culebras

María José Rodríguez Murguiondo
(0)
15 de septiembre de 2018  

Dormían. Pero no era la duermevela que apenas permiten el ajetreo del colectivo, el murmullo de la gente y el incesante sonar de los celulares, sino que dormían profundamente, reparando un cansancio que resultaba evidente que no era de los que se sanan con una breve siesta. Eran madre e hijo: el parecido era incuestionable. El niño estaba extendido sobre ella y casi la cubría por completo. Entonces, ella debía de ser bajita, pensé mientras los miraba con absoluta impunidad desde el asiento frente a ellos, a sabiendas de que podía observarlos escudada en que no se iban a sentir invadidos. Era sin duda un sueño que no merecía ser interrumpido, pero algo hizo que la madre de repente se pusiera en alerta, con preocupación y desconfianza. Miró confundida hacia afuera y desconoció el paisaje. Se asustó. Con gran esfuerzo, alzó a su hijo y preguntó dónde estaba. Sus temores se hicieron realidad. Debería haberse bajado veinte cuadras antes. Somnolienta, no reaccionó al comienzo. Hasta que el agobio de las consecuencias de ese descanso la estremeció. Debía bajarse y desandar sus pasos. Volver para atrás.

Advertí su desesperación y su esfuerzo por acomodarse a lo que debía enfrentar. Y era evidente que de placentero no tenía nada. Pensé que tal vez no sabía cómo volver o que no tenía dinero para hacerlo: sus ropas daban cuenta de su humildad. Finalmente se bajó apesadumbrada con el niño en brazos, que permanecía hundido en el más profundo de los sueños como si nada pudiera estremecer su placidez. La vi alejarse con paso cansino, abrumada por el peso de su hijo casi tan alto como ella. Y en ese momento me detesté, porque mientras observaba toda la escena fueron muchos mis pensamientos y muchas mis intenciones: me bajo con ella y la acompaño. Le pregunto si necesita plata para volver. Incluso hasta podría haberle pagado un taxi. Pero no hice nada. Me quedé agazapada en la comodidad de mi asiento, de mi rutina inalterada, justificándome con que, después de todo, yo estaba yendo a trabajar y no podía perder tiempo. Mentira, pura mentira, me estaba mintiendo. Bien podría haber hecho algo, pero preferí privilegiar mi conveniencia.

El costo de mi egoísmo fue, al comienzo, una incipiente pena, que se fue acrecentando y enquistando a medida que pasaban las horas. El fantasma de esa mujer y su niño desvalidos no dejaba de acosarme y así la pena fue dando paso al dolor. Y al intentar comprenderlo me di cuenta de que era ese dolor que siempre trae aparejado aquello que debimos hacer y que siempre por una razón (por más que nos deshagamos en excusas) injustificable no hicimos.

¿Cuántas veces en la vida dejamos pasar esos efímeros segundos que, si no sabemos aprovecharlos, después nos conducen inexorablemente al arrepentimiento? Supongo que algunos tienen mayor capacidad de reacción o menor margen de equivocación. Pero no creo que haya quien que no pueda evocar una situación en la que debió hacer lo contrario de lo que hizo o al menos debió hacer algo diferente. También existen esas ocasiones que ameritan la sabiduría de no hacer nada. O más bien de no decir nada. Callarse cuando uno sabe que lo único que pueden provocar aquellas palabras que pugnan por verbalizarse es una herida lacerante en el otro. Porque es una falacia aquello de que a las palabras se las lleva el viento. No se las lleva nadie ni se borran con nada. Y al momento de enunciarlas pueden ser muy catárticas para quien las profiere, pero basta un gesto en el rostro de quien las recibe o su pausa por falta de aliento para captar la inmensidad pasmosa de lo dicho. Ese echar sapos y culebras puede cobrar múltiples formas. A veces vociferamos sentencias que creemos inapelables o calificativos que de antemano somos conscientes de que van a resultar crueles para el destinatario de nuestros dichos. Por lo general, son esas supuestas verdades que nadie quiere escuchar sobre sí mismo, estiletes de los que nos valemos para punzar en los flancos más débiles del prójimo.

Es cierto que en todas estas ocasiones son apenas instantes con los que contamos para tomar una decisión: llamarnos a silencio, torcer el rumbo... o enderezarlo. Son esa suerte de match points que todo el tiempo se nos plantean y que definen el juego de nuestra existencia. Lamentablemente cuando, por la cuestión que sea, erramos o, peor aún, desperdiciamos esos match points, la daga en el corazón, la opresión en el pecho y el estrujamiento del alma son inevitables ante la equivocación, por acción o por omisión. Todas sensaciones y sentimientos imposibles de aliviar porque nos enfrentan a uno de los peores desgarros: lo irremediable.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?