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La pérdida de objetos indígenas en el museo de Río es "un nuevo genocidio"

En el incendio, quedaron reducidos a cenizas archivos que eran la memoria de los pueblos originarios
En el incendio, quedaron reducidos a cenizas archivos que eran la memoria de los pueblos originarios Fuente: Archivo
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15 de septiembre de 2018  

RÍO DE JANEIRO -. Un puñado de activistas e investigadores de pueblos originarios estaban celebrando un cumpleaños, acurrucados alrededor de una pequeña fogata, cuando advirtieron que las llamas devoraban un edificio a media cuadra de distancia."Se está quemando el museo", dijo José Urutau Guajajara, perteneciente a la tribu Tenetehára-Guajajara, que desde hace más de una década venía investigando el legado de su pueblo en los archivos del Museo Nacional de Brasil. "Todavía estamos a tiempo de apagarlo con baldes".

Pero cuando llegaron al palacio centenario que albergaba el mayor archivo del mundo de cultura e historia de los pueblos originarios del Brasil, las llamas ya habían llegado al corazón del edificio y una densa columna de humo negro ascendía ominosamente hacia el cielo.

Guajajara intentó dos veces entrar corriendo al edificio, pero los guardias lo frenaron, y después sus amigos. Esa noche del 2 de septiembre, juntos vieron reducirse a cenizas miles de documentos, artefactos y obras de arte.

Para los historiadores, arqueólogos y científicos brasileños, fue una pérdida inmensurable, pero para los descendientes de los antiguos habitantes de Brasil, que han luchado décadas para preservar su legado y sus tierras ancestrales, la destrucción de esos artefactos y documentos indígenas -incluidas las reliquias de pueblos extintos-, representa un golpe mucho más personal. "Es como un nuevo genocidio, como si hubiesen masacrado nuevamente a todas esas comunidades indígenas", dice Guajajara. "Porque ahí residía la memoria de nuestros pueblos". Y para muchos brasileños como Guajajara, fue una tragedia anunciada.

En los últimos años, Brasil hizo mucho por mostrarse como un país que mira al futuro. En los preparativos de la Copa del Mundo Brasil 2014, invirtió miles de millones de dólares en estadios de última generación, infraestructura deportiva e imponentes proyectos de obra pública que revelaron un país moderno y competente, a la par de las potencias globales. "Es nuestra oportunidad de demostrarle al mundo que podemos ser un gran país", dijo el entonces presidente Lula da Silva cuando Río de Janeiro fue declarada sede de los Juegos Olímpicos.

Tal vez nada ejemplifique más claramente ese anhelo de subirse al tren del futuro -con frecuencia a expensas del pasado- que el contraste entre el Museo del Mañana, un edificio futurista diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava, y el resto de los sitios históricos de Río. La reluciente creación de Calatrava, que parece sobrevolar la bahía de Río de Janeiro como una nave espacial, empezó a construirse en 2015, costó 59 millones de dólares, y tiene un presupuesto anual de 4 millones.

Queda a pocas cuadras de algunos lugares cruciales para entender los orígenes de Brasil: un embarcadero que alguna vez fue el puerto de esclavos más activo del continente americano, y una fosa común donde eran arrojados los cuerpos de esclavos y esclavas. Esos lugares reciben poca o nula atención y fondos del gobierno, y el predio del embarcadero, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, está sucio y abandonado.

Cuando Guajajara y sus amigos vieron las llamas en el Museo Nacional, estaban reunidos entre las ruinas de lo que fuera el Museo del Indio, abandonado desde hace décadas. También muy cerca está el edificio del Archivo Nacional, que según advirtió ya hace tiempo el departamento de bomberos, corre riesgo de incendio.

Pero incluso comparado con esos ejemplos, las décadas de abandono en que se encontraba el Museo Nacional -palacio que fue residencia de la familia real de Brasil-, son indignantes para los investigadores mal pagos que trabajaban ahí.

El desfinanciamiento crónico se evidenciaba en arreglos eléctricos caseros, techos con goteras y excremento de murciélago en paredes y vitrinas. Antonio Carlos de Souza Lima, historiador y antropólogo del museo, dice que la clase política de Brasil hace tiempo que ven la cultura como un commodity y que por lo tanto solo invierten en las áreas que pueden ser rentables.

La colección de artefactos indígenas del Museo Nacional incluía 40.000 objetos pertenecientes a más de 100 grupos étnicos distintos. Entre esos objetos había algunas piezas muy delicadas, recolectadas durante expediciones a los meandros más recónditos del Amazonas durante los siglos XIX y XX.

Una máscara realizada por la tribu de los Tikuna como regalo para el emperador brasileño Don Pedro I tal vez era la pieza más antigua de la colección, ya que según los investigadores fue recogida por científicos bávaros en 1821. También había un tocado plumario hecho por la tribu Munduruku y exhibida por primera vez en 1882.

Pero tal vez lo más trascendente para los investigadores de pueblos originarios sea la pérdida de la colección del etnólogo alemán Curt Nimuendajú. Nacido con el nombre de Curt Unckel en la ciudad alemana de Jena, en 1883, Nimuendajú fue adoptado por los guaraníes del estado de San Pablo, quienes lo rebautizaron con su nuevo nombre, que significa "el que creó su propio lugar". Nimuendajú murió entre los tikuna en 1945, dejando un tesoro de anotaciones, cartas, diarios de expedición, y mapas realizados apenas un año antes de su muerte, donde detalla la locación y los idiomas de los grupos indígenas con los que se había cruzado en su vida.

En los últimos años, el museo había recurrido en busca de ayuda al Banco Nacional de Desarrollo de Brasil. Tras largas negociaciones, el banco se había comprometido a una serie de desembolsos para realizar mejoras por un valor de 5 millones de dólares, que incluiría la instalación de un sistema contraincendios. Las obras iban a empezar a fin de año.

The New York Times - Traducción de Jaime Arrambide

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