Suscriptor digital

La corrupción de la verdad

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
(0)
15 de septiembre de 2018  

Durante años asistimos a la exposición de intelectuales que defendían con elocuencia la tarea que realizaba el kirchnerismo. Para ellos se trataba de una revolución ideológica, una reconversión de la juventud, un giro en la vida política argentina. Algo de eso hubo. Sin dudas, el campo científico, espacio de trabajo de académicos e intelectuales, se vio fortalecido por las políticas de ese gobierno. Algo loable, por cierto.

En esos mismos años, era también posible observar (para quien lo quisiera ver, claro está) que el kirchnerismo tenía impurezas en su recaudación interna.

Los cuadernos de Centeno vinieron a mostrarnos cuál era el recorrido de esos minicamiones de caudales que llevaban bolsos semanales hacia destinatarios muy específicos.

No había que ser Nostradamus para intuir esto cinco años atrás. Bastaba con indagar los prontuarios santacruceños, pispear declaraciones juradas inexplicables o escuchar a algún periodista independiente.

Posiblemente, desde ciertos sectores del campo científico e intelectual, la empatía optimista por los avances realizados en ese ámbito no permitió aguzar más los ojos para ver. Aunque acaso el problema no haya sido el no observar bien, sino el no querer mirar (la voluntad suele ser la que comanda los silencios del siga-siga intelectual).

Como Heidegger, que se dejaba cuestionar por los zapatos del cuadro de Van Gogh, podríamos así dejarnos interpelar por esos bolsos. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a defender un color político? ¿Existe algún límite moral para una idea? ¿Es lícito jugar al ajedrez intelectual, mientras el rey, la reina y sus alfiles van por todo y se comen parte del dinero de los peones a los que dicen proteger?

Preguntas incómodas que traspasan los ciclos políticos. Cuestionamientos que parte del campo intelectual le supo hacer temprano a la corrupción del menemismo. Por eso parece un tanto acomodaticio cambiar las preguntas hoy.

La corrupción no fue ni es magia, pero tal vez sí fue y es hija de esos ojos que no ven, de esos corazones que no sienten. Debemos estar atentos.

Lamentablemente, la trama de los contratos millonarios entre el Ministerio de Planificación, liderado por Julio De Vido, y algunas universidades, como la de La Matanza -que, como supo enseñarnos la expresidenta, no debe ser confundida con la de Harvard- es una deshonra para el campo académico, hoy ya tan maltratado en términos salariales y científicos.

Quizás haya que pensar que mientras los políticos robaban, era necesario que existieran intelectuales que creyeran honestamente que estábamos ante una revolución ideológica. Tal vez, por encontrarse insertos en un espacio de pertenencia novedoso e inesperado, fueron funcionales al poder y operaron cierta distracción social.

No sorprende. Durante todos estos años pasaron cosas muy graves, pero en el campo de las ideas no abundó la reflexión autónoma sobre el propio posicionamiento. Lo vimos todo, hasta intelectuales defendiendo a Milani, hoy preso por violación a los derechos humanos.

Aún hoy callan con descaro las cifras estrepitosas que faltan en escuelas, rutas u hospitales. Porque la corrupción mata.

Quizás sea costoso para quienes padecen de un Complejo de Electra con su padre político, aceptar que él les sacaba la comida de la boca. Siempre es doloroso advertir las sombras autoritarias o demagógicas de la propia familia (y eso vale para cualquier espacio político).

Hoy, los empresarios hacen fila para inmolarse, declaran haber pagado coimas y dañan sus nombres y sus futuros negocios. Aun así, algunos consideran que todo esto es un cerco mediático, que el GPS del chofer de Roberto Baratta se trababa y por eso todos los bolsos se estacionaban en Juncal y Uruguay.

Tal vez Centeno solo añoraba ser un García Márquez tardío (aunque el realismo mágico de José López armado, con monjas de madrugada y bolsos voladores parezca inigualable). Quizás, incluso, algún día se llegue al crápula cipayo que extorsionaba y obligaba a los Kirchner a enriquecerse ilícitamente en moneda extranjera.

Pasamos así de la posverdad emocional al negacionismo de la posmentira, donde algunos idealistas no quieren reconocer la primacía de lo real: bolsos llenos de dólares del pueblo.

Esta forma de negación de los hechos erigida por académicos e intelectuales fagocita el diálogo e inocula un nihilismo letal en la conversación pública. Como niños, para no oír, miran para otro lado, tapan sus oídos y cantan.

Filósofo y doctor en Ciencias Sociales

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?