Lo quiero ya: el brillante musical de los millennials argentinos

Un grupo artístico excelente
Un grupo artístico excelente
Leni González
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16 de septiembre de 2018  

Lo quiero ya / Libro: Marcelo Caballero y Martín Goldber / Música y letras: Juan Pablo Schapira / Elenco: Andrés Passeri, Victoria Cáceres, Sacha Bercovich, Macarena Forrester, Candela Redín, Lucien Gilabert, Lala Rossi, Julieta Rapetta, Salvador Romano, Victoria Condomi, Juan Pablo Schapira y Nahuel Quimey Villarreal / Coreografía y vestuario: Marina Paiz / Dirección musical: Juan Pablo Schapira / Dirección de actores: Martín Goldber / Dirección y luces: Marcelo Caballero / Sala: Galpón de Guevara (Guevara 326) / Funciones: domingo, a las 19 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: excelente

La potencia de un musical fermenta en su recuerdo. Si somos capaces de reconocer esas canciones días más tarde, fuera del teatro y mientras cocinamos, es que la semilla germinó. Por pegadizas, porque dan ganas de bailar y gritar, porque dicen algo de nuestras vidas, porque nos dejaron felices, un efecto fiesta sin receta transferible hallado por el maestro Juan Pablo Schapira, creador de la música y las letras, y el director Marcelo Caballero, autor del libro junto con Martín Goldber. Los tres escarbaron en la obviedad del agobio diario para dar luz a Lo quiero ya, un mazazo a la generación sub-35, millennials apurados y aterrados por cumplir sus metas, pero también a cualquiera que transite una ciudad en busca de eso que quizá sea el éxito.

"Te juro que voy, bancame que llego, la calle está imposible pero ya me organicé. Yo puedo con todo, yo me encargo", dice la obertura. "¿Quién dijo que así no se puede vivir?", cantado por doce protagonistas que corren de un lado a otro, con el celular en la mano, por el laberinto Pacman armado como escenografía. Atrás, Franco de Paoli (batería), Pablo Barone (bajo) y Gabriel Mathus (guitarra), dirigidos por Schapira, que también actúa, parodiándose a sí mismo: es Kevin, el que quiere vivir de su música pero vende café detrás de un mostrador.

Igual que él, todos cumplen rutinas que no desean y sueñan lo que aún no consiguieron: Guadalupe es médica pero odia las guardias (Macarena Forrester); Inés es estudiante crónica mientras atiende mesas en un bar (Victoria Cáceres); Iván es mago pero le toca animar fiestas infantiles (Nahuel Quimey Villarreal); Giselle está perdida en la cabina del peaje (muy divertida Lala Rossi); Ana es la profesora de yoga que no consigue pareja (Julieta Rapetta); Mía, la actriz talentosa que recorre castings sin suerte (Lucien Gilabert, nominada a los Hugo como revelación); Sofía, la actriz y modelo elegida que no se siente valorada (Vicky Condomi); Walter, el director de casting que quiere ser influencer (Sacha Bercovich); Malena, una emprendedora insoportable que no consigue convencer a nadie (destacable Candela Redín), en pareja con Alejandro, más interesado en su apariencia que en la convivencia (Salvador Romano), y, por último, Luis (Andrés Passeri), el psicólogo que los coachea por teléfono a través de una aplicación que acompaña a los usuarios durante las 24 horas, tarea que también lo tiene encerrado en el sinsentido.

Cada uno canta su canción y todos son muy buenos intérpretes. Pero Lo quiero ya no es una reunión de individualidades que se lucen un poco más o menos cada una, sino que es en el funcionamiento grupal -coral, coreográfico, actoral, musical- donde se sacan brillo uno al otro, una locura coordinada como un reloj, sin desequilibrios y con una precisa dirección. Pero sobre todo lo que desbordan es entusiasmo y conexión con lo que dicen e interpretan: "resistir porque es temporal", "alcanzar la zanahoria", "estar en foco" y continuar y no parar son los mantras de estos personajes tan identificables en la realidad.

Reciente ganadora de dos premios Hugo a mejor musical del off y mejor director del off para Caballero, Lo quiero ya le canta con humor a la infelicidad histérica de los que creen que otro destino los espera. Porque ninguno está dispuesto a bajarse del formulario de objetivos, a no pagar internet, a sacarse la careta de proactivo y disponible. En ese laberinto, no hay salida ni en las drogas. "Preferiría estar muriendo lentamente atropellada por un tren pero no acá", dice. "No quiero estar acá", la que cantan todos al final, marcha no de la bronca sino de la rabia individual, vacía de culpables, asumida como regla del juego: "Seguro que a vos -repiten juntos- te pasa lo mismo".

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